UNA GRAN CIUDAD DEL JAPÓN DEL SHOGÚN. Por Esteban Martínez Escrig.

19.06.2017 15:20

                

                A finales del siglo XVI Tokugawa Ieyasu, el que se convertiría finalmente en shogún, conquistó la llanura de la bahía de Tokio. Ordenó la construcción de una fortaleza en las cercanías de la localidad marinera de Edo. Tales fueron los orígenes de la actual capital de Japón.

                Aunque se mantuvo la figura del emperador, el shogún ejerció verdaderamente la autoridad y su capital Edo creció notablemente en los siglos XVII y XVIII.

                La nueva ciudad tuvo su centro en la primigenia fortaleza, que se convirtió en un magnífico castillo palaciega de recias murallas y muchos fosos. Allí residió el shogún y su familia directa.

                Alrededor del castillo, los grandes señores o daimios aliados inicialmente de los Tokugawa pudieron erigir sus palacios, ya que eran los auxiliares principales del shogún. En el siguiente círculo de viviendas tuvieron cabida sus servidores más modestos: los aposentadores y los portaestandartes.

                Los daimios que habían opuesto resistencia a los Tokugawa tuvieron la obligación de alzar residencias palaciegas en el círculo que venía a continuación. Se les impuso residir en años alternos en Edo y a dejar aquí a su familia más próxima.

                El resto de la población se organizaba en barrios muy estructurados, provistos de muros y puertas de seguridad.

                Además de capital política, Edo fue también una gran ciudad de servicios. En el área de los templos budistas y de los santuarios sintoístas se establecieron animados comercios, donde los mercaderes a veces tuvieron su residencia.

                Edo llegó a sobrepasar el millón de habitantes y se dotó de una organización quisquillosa para mantener el orden. Dos magistrados o responsables de la justicia solo dispusieron de trescientos guardias para semejante población, ya que los habitantes colaboraron en las tareas de la paz pública, dirigidas por los samuráis y los ancianos venerables.

                Los vecinos de los barrios se organizaron en grupos de cinco familias bajo la autoridad de un jefe. Cada barrio dispuso de su propia guardia para custodiar sus calles y puertas. En Edo hubo hasta novecientas fuerzas de guardia. Todos los jefes de barrio se subordinaron a tres jefes supremos, de condición hereditaria.

                El principal enemigo de Edo fueron los incendios, como el temible de 1675, por el enorme crecimiento de la ciudad, el hacinamiento de las viviendas, la proliferación de almacenes y el empleo de la madera en abundancia.

                Para evitar catástrofes como la de 1675, que dañó el propio castillo y dejó a más de 50.000 personas sin hogar, se tomaron distintas medidas. Se intentó planificar mejor los barrios de nueva construcción y algunos de los incendiados no se reedificaron, destinándose a cortafuegos.

                La más famosa área de cortafuegos fue la de Edobashi, con un icónico puente y gran importancia comercial antes de la catástrofe. A parte de los vecinos se les autorizó a volver a levantar sus domicilios a cambio de mantener una exigente guardia. Para cubrir sus gastos, se les permitió alquilar parcelas a vendedores ambulantes de ramas de pino y cañas de bambú, adornos muy solicitados para las fiestas de Año Nuevo. Fue el comienzo de la animación de las casas de té, los adivinos y la venta de libros de segunda mano. Edo no solo fue la urbe del poder, sino también la ciudad de muchos placeres.

 

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