TEMORES ESPAÑOLES ANTE LA GUERRA ENTRE MÉXICO Y ESTADOS UNIDOS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

19.08.2017 15:39

                

                La España de 1843, la de la joven reina Isabel II, ya no era la potencia de finales del siglo XVIII, una vez perdidos los virreinatos de la América continental. En el Caribe todavía conservaba Puerto Rico y Cuba, la perla de las Antillas que había incrementado su producción azucarera desde comienzos del XIX. Librada la primera guerra carlista, España era una potencia secundaria en Europa, muy atenta a las relaciones entre Gran Bretaña y Francia, teóricas aliadas deseosas de incrementar su influencia sobre la nación española.

                Los Estados Unidos ya habían planteado problemas al imperio español desde los tiempos de Carlos IV. Entre sus grupos dirigentes se ambicionaba la incorporación de la Cuba española, especialmente en los Estados esclavistas del Sur. Para mantener sus posiciones en el Caribe, España necesitaba de la buena voluntad de Gran Bretaña. En 1837 la rebelión independentista de Toronto había puesto a prueba sus relaciones con los Estados Unidos, que también habían pretendido el Canadá. El entendimiento que finalmente se logró con el presidente Van Buren se rompió con Polk, que lanzó su lema 54 grados, 40 minutos o lucha por el dominio de Oregón.

                En este momento, la república de Texas (separada de México) se incorporó a los Estados Unidos, lo que dio pie a problemas fronterizos con un indignado México. En 1845 la amenaza de guerra en la América del Norte era evidente.

                A finales de agosto de 1845 el plenipotenciario español en Gran Bretaña avisó a Madrid de una comunicación llegada a Liverpool por vapor. A partir del 17 de septiembre el Ministerio de Ultramar trató el problema de la guerra entre México y Estados Unidos por la anexión de Texas, una guerra que podía perjudicar los intereses españoles en la zona.

                Se reconoció desde el primer momento que México carecía de medios ofensivos terrestres a la altura de las circunstancias e inevitablemente necesitaría la asistencia británica, que podía materializarse en forma de ayuda económica más o menos encubierta. Se tenía noticia que una escuadra de Gran Bretaña había salido hacia el golfo de México sin pretensiones de reconocer en modo alguno el bloqueo estadounidense. Pese a ello, el ministro de Estado Martínez de la Rosa no se inclinó a que España se uniera a un acuerdo franco-británico que garantizara sus posesiones en el Caribe frente a Estados Unidos, por razones que iban más allá de la mera confianza en la hostilidad entre Londres y Washington. Con la cuestión del matrimonio de la reina pendiente, las relaciones hispano-británicas estaban marcadas desde 1844 por la tirantez al considerar Gran Bretaña que sus comerciantes recibían en los puertos españoles un trato arancelario discriminatorio en relación a los franceses. En represalia, Londres había impuesto al azúcar de Puerto Rico unos aranceles más elevados. El cumplimiento por parte española del tratado de abolición del tráfico de esclavos añadía más motivos de discordia.

                En estas circunstancias, se pensó en los círculos ministeriales españoles que México podía acudir a dos medios para atacar a su rival. Era muy probable que concediera patentes de corso a todos los aventureros del mundo y que promoviera un levantamiento de los esclavos negros. Lo último se consideró muy poco probable, dadas las prevenciones de los Estados esclavistas de la Unión, pero se pensó con firmeza que Gran Bretaña la animara con insistencia por el impulso que daría en las Américas a la abolición de la esclavitud, con la que los británicos se encontraban firmemente comprometidos por razones morales y de conveniencia. Sería una forma de acabar con la competencia económica de la Cuba española en un momento en que la producción colonialista de Jamaica pasaba por horas bajas, ya que los libertos con tierras cultivaban pensando en sus necesidades y no en la de los hombres de negocios británicos.

                 Los Estados Unidos actuaron con astucia y el 15 de junio de 1846 alcanzaron un tratado de partición con Gran Bretaña sobre el extenso territorio de Oregón. Londres no se comprometería a priori por México. Sus hostilidades con Estados Unidos comenzaron a fines de abril de aquel año y el 13 de mayo tuvo lugar la declaración oficial de guerra.

                La rebelión de los esclavos no se produjo y los corsarios de México solo consiguieron apresar un buque estadounidense a lo largo de toda la guerra. Washington realizó una demostración de fuerza naval en las aguas del golfo. El secretario de la Armada Bancroft compró cinco barcos de vapor que se habían construido en los astilleros de Nueva York precisamente para la flota mexicana y marinos como el comodoro Conner dispusieron de naves de vapor de poco calado para irrumpir en los ríos y de otros de mayor tonelaje para atacar el estratégico puerto de Veracruz. El 9 de marzo de 1847 lo bombardeó una escuadra compuesta por un navío de línea, una fragata de vapor, dos fragatas, dos bergantines, seis pequeños vapores y seis corbetas. Los estadounidenses, al mando del general Scott, lograron desembarcar más de 8.600 soldados sin bajas.

                La suerte de México no era indiferente para España, que temió que el conflicto pusiera Cuba en manos de un imperio estadounidense extendido hasta Panamá. La presencia española en México era importante, unas cinco mil personas que gozaban de gran influencia y que despertaban a veces serios recelos. El ministro plenipotenciario español Bermúdez de Castro había participado en la conspiración monárquica de 1845-46 y la legación diplomática de España había conseguido 1847 de un México golpeado mejores condiciones del pago de la deuda. Ante los Estados Unidos, la modesta España se declaró neutral, aunque algunos de sus hombres públicos hicieron ostentación de sentimiento pan-hispanista. Por aquel entonces, la flota mercante estadounidense superaba a la española. Algunos españoles residentes en México participaron en las milicias ciudadanas de defensa, a veces aquejadas de serios problemas, aunque también españoles de origen catalán residentes en Nueva Orleans formaron en las filas del ejército de Estados Unidos.

                La guerra duró oficialmente hasta el 3 de febrero de 1848. México perdió enormes extensiones al Norte del río Grande, pero pudo haber sido conquistado por las tropas estadounidenses, que llegaron a entrar en su capital siguiendo la antigua ruta de Cortés desde Veracruz, según las indicaciones de la obra sobre el particular de 1843 del hispanista William H. Prescott. El racismo de los grandes propietarios del Sur, que consideraban a los mexicanos inferiores a sus esclavos afroamericanos, y los recelos de los políticos del Norte ante un hipotético engrandecimiento esclavista frustró mayores anexiones.

                España buscó entonces garantías para sus dominios americanos, ya que en 1848 se temió una conspiración de Estados Unidos y Gran Bretaña para acabar con su soberanía sobre Cuba. En 1852 el secretario de Estado Edward Everett no se mostró conforme en garantizar con Gran Bretaña y Francia el control español de Cuba. En un tiempo de fuertes rivalidades entre el Norte y el Sur (el posible beneficiario de la anexión cubana), se mostró conforme en no alterar el estatuto político de la isla, aunque avisaba que su suerte no era nada indiferente para Washington. La realidad es que los Estados Unidos habían reforzado su posición en el golfo mexicano gracias al acuerdo con Gran Bretaña, un verdadero aviso para la Cuba española que no vio con indiferencia el triste destino de México.

                

                

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