SANTIAGO Y CIERRA ESPAÑA. LA LEYENDA. Por Pedro Montoya García.

12.05.2017 15:25

                               ¡Santiago y cierra España! La leyenda.

    Robin Williams protagoniza en la película El Club de los poetas muertos a un díscolo profesor de literatura. Un recién llegado con maneras poco convencionales para una elitista escuela de alumnos. Recordamos el paseo con sus pupilos hasta la sala de fotos de antiguos alumnos, quiénes desde esas fotos colgadas susurran  a los presentes el Carpe Diem: aprovecha el tiempo.  En otra de sus clases obliga a los alumnos a romper una hoja de un libro, en la que se trata de valorar de forma matemática a la poesía.  La película es la adaptación de una magnífica novela: Dead Poets Society  de Nancy H. Kleinbaum. 

    Rompamos unas cuantas hojas de los libros de historia y escuchemos nosotros, a aquéllos guerreros que nos hablan desde el año del señor de 844.  Escuchemos la leyenda:

    En toda leyenda que se precie por un lado los buenos: los cristianos; por el otro,  los malos: los moros. Malísimos que exigían el pago de un tributo infame: la entrega de cien doncellas hispanas.

    Por el lado de los buenos debe surgir el héroe: Ramiro I. Un héroe no consentiría que más lágrimas de una  mujer partieran el corazón y sonrojaran el honor y la dignidad de los nobles y hombres del reino. La respuesta, altiva y de justísima dignidad: «Mandarían hombres con espadas a morir y no mujeres honestas a la esclavitud». Respuestas parecidas se repetirían en otros momentos de la Reconquista.

    Después de que nuestro héroe y sus buenos hayan sido obligados a la guerra, deberán someterse a dificultades, a misiones casi imposibles, porque los malos eran más y con mayores pertrechos. Se presentaba una batalla desigual, pero era Ramiro I un hombre de honor y valiente, igualmente un gran general (vamos el héroe); no obstante, no quedó remedio más  que  buscar  repliegue cristiano a una mejor defensa. La derrota en Clavijo era casi inminente.

    Entonces,  el momento de mayor  idealismo, los sarracenos con la guadaña de la muerte segaban las vidas de los guerreros cristianos, quienes espigas vencidas bajo el cruel filo silabeaban el maternal nombre de María e invocaban al Apóstol de España… Entonces,  un jinete sobre un corcel blanco,  en su diestra una espada de fuego con la que comenzó a sembrar la muerte a diestro y siniestro en su celestial cabalgada.  Un estandarte resplandeciente con la Cruz rodeaba la gloria de la victoria…

    ¿Quién era aquel héroe que traía la providencia? Era la providencia en sí misma. Entonces, mientras ese caballero invencible empujaba a los sarracenos, las espadas cristianas recobraban el  ardor, para reanudar con denuedo y redoblar el ímpetu, con  el poco aliento restaba a los soldados hispanos se escuchó un grito al viento:

—¡Santiago con nosotros! ¡El Apóstol por España!...

—¡Santiago y cierra España!

    Y los guerreros cerraron el combate, para cuando se consumó la victoria el jinete desaparecería de igual forma que apareció. Y todo héroe es agradecido, Ramiro I hizo voto solemne para ofrendar al Santo Apóstol, protector de la cristiandad hispana.

    «Santiago y cierra España» recorrerá nuestra historia.  Lo recuperarían para la literatura grandes como Calderón, Lope, Cervantes… en la actualidad Pérez Reverte; por el contrario, en tiempos recientes, la imagen del Santo, con su espada atravesando algún enemigo postrado, ha sido retirada de algunas iglesias, quedaba feo en santos lugares…

    Los historiadores — sin, ni tan siquiera,  la necesidad de ampararse en las frases típicas: «no consta en ningún…»,  «no hay pruebas que…», etc. — afirman, por supuesto,  que es una leyenda y que el cuento del Clavijo es tan cierto como los cuentos inventaron para el Guerrero del Antifaz o el Capitán Trueno,  por cierto también invocaban a Santiago. Aún más, el Apóstol Santiago nunca pisó tierras hispanas… Tal como si un científico buscara sirenas o unicornios…

    En todo caso, no olvidemos que hemos abierto un libro de poesía y que hemos roto las primeras páginas, y como pedía Robin Williams a sus alumnos: pensemos libremente, que la razón no impida idealizar; para cuando visitemos las joyas románicas del Camino podamos sentir el alma se guarda dentro sus piedras y los relieves insertados entre ellas;  el misticismo del Medievo a través de las sombras y luces de las colegiatas;  helarnos con el frío y la humedad de los patios tal como los sentirían nobles y vasallos; tras las almenas mirad… ¡Qué las leyendas nos ayuden a poetizar la historia!

    Decía Cervantes:

—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías.

    Don Quijote, a pesar de leer muchas de caballerías, se sabía que lo locos eran otros; y dado que Clavijo se asienta en la Rioja, donde nació la lengua de Cervantes: ¡Santiago y cierra España!    

 

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