LOS ORÍGENES DEL FASCISMO FRANCÉS. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

30.05.2014 18:34

    El fuerte resultado cosechado por Jean-Marie Le Pen en las pasadas elecciones al Parlamento Europeo nos enfrenta a una incómoda realidad, la del fascismo francés. Habitualmente se ha presentado al país vecino como ejemplo de respeto a los Derechos Humanos y de racionalismo, emanados de la Gran Revolución. En la nación de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad las consignas fascistas carecerían de importancia histórica, en una visión muy elemental, y el auge de la extrema derecha sería atribuible a la desorientación ciudadana ocasionada por la crisis económica, capaz de agitar el temor a los inmigrantes.

    La crisis ha removido los posos más indeseables del pasado, a los que los franceses no permanecen ajenos. Cuando se clama ante la invasión extranjera trastocadora de venerables tradiciones se actualiza la defensa de la Gran Nación revolucionaria. El legado de 1789 paradójicamente fue asimilado y criticado por sus detractores, empleando los medios de la nueva política de partidos y de masas al servicio de la bandera contrarrevolucionaria.

    A fines del XIX el monárquico Charles Maurras se encontró entre los primeros teóricos del llamado posteriormente fascismo. Consideró la Iglesia Católica un elemento esencial de disciplina social y gozó de gran predicamento entre los catalanistas conservadores coetáneos. Contrario a la III República, sus seguidores intentaron tomar el poder el 6 de febrero de 1934 en París con un golpe de fuerza fallido inspirado en la Marcha sobre Roma.

    Su derrota no fue definitiva y dieron la bienvenida a la ocupación nacionalsocialista durante la II Guerra Mundial. Algunos autores explicaron el abatimiento francés ante el III Reich en 1940 en clave de desmoralizadora falta de confianza en el régimen republicano. Los fascistas franceses apoyaron a De Gaulle y la política genocida contra los judíos, con claros precedentes en la Historia de Francia. España padeció una terrible guerra civil abierta y Francia una encubierta bajo la Ocupación.

    La entrada en París del general De Gaulle, de tendencias conservadoras, parecía relegar a los fascistas al pozo del olvido, pero el propio De Gaulle se enfrentó en la Argelia colonial con una nueva cabeza de la hidra, la OAS de Raoul Salan contrario a la autodeterminación argelina. Su racismo y arabofóbia no lograron asesinar a De Gaulle, pero sí transmitirse a muchos jóvenes de los cinturones industriales de las ciudades, anteriormente decantados hacia la izquierda socialista y comunista.

    Tradicionalismo, antirrepublicanismo, fundamentalismo, racismo y jerarquismo se combinan en una ideología que se presenta como la tabla de salvación de muchos desorientados de la Postmodernidad, hastiados de un sistema político vistos en términos de corrupción y despilfarro. Renan sostenía que toda nación era una plebiscito diario, y los luchadores de la Resistencia que la Democracia se ganaba golpe a golpe en un esfuerzo constante. El cuestionamiento de la Francia de 1789 es un drama nacional y europeo, al que no somos ajenos los herederos de la Ilustración, tan necesaria para derrotar a los monstruos de la razón, los que atormentaron a Goya en su exilio francés.

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