LOS FUNDAMENTOS NEOLÍTICOS DEL ESTADO CHINO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

14.07.2014 17:22

    El Estado de China y su civilización no se improvisaron ni fueron obra de la genialidad creadora de algún mítico emperador. Son el producto de milenios de callado trabajo campesino.

    La vida de las sociedades humanas experimentó una transformación más que notable cuando desarrollaron o adoptaron la agricultura y la ganadería, cuando se neolitizaron. Uno de los hogares de tan trascendental cambio se ubicó en la China Central.

    Desde el 7.000 antes de Jesucristo comenzaron a florecer en los valles de las altiplanicies del Oeste como Shansi una serie de aldeas de viviendas agrupadas que buscaban el dominio de las bajas terrazas fluviales. En la aldea de Yang Shao se encontró una cerámica no hecha a torno, de mejor calidad que las precedentes de tonos grises y rojizos. Sus habitantes cultivaban el mijo y criaban perros y cerdos, depositando a sus fallecidos en sepulcros de fosa rectangular.

    En las áreas bajas del río Yangtsé se empezó a cultivar el arroz, quizá aprovechando el nuevo sistema de disciplina social gestado en las comunidades agrarias. Hacia el Noroeste del actual espacio sínico se han descubierto grandes urnas pintadas, que algunos autores han relacionado con influencias culturales llegadas desde el Cáucaso.

    Con el horizonte cultural de Lung Shan (llamado así en honor a tan señero yacimiento) el neolítico avanzó hacia el Este desde el 4.000 antes de nuestra era. Los poblados buscaron la altura de los cerros dominantes de la llanura, multiplicando las hachas pulimentadas y surgiendo la adivinación a través de los huesos con signos grabados.

    El final del neolítico y el arranque de la edad de los metales ha sido identificado por algunos historiadores con la dinastía Hsia de los relatos tradicionales chinos, aunque no sea cosa segura. Lo cierto es que a partir del 1.600 antes de Jesucristo surgió en Honan una refinada cultura capaz de emplear el bronce con maestría, la del Gran Shang.

    En el yacimiento de Hsiao T´un se localizaron unas fabulosas sepulturas con cadáveres sacrificados que sostenían vasijas e instrumentos de bronce, acompañados de restos equinos. Era la evidencia de tumbas principescas, las de un Estado emergido de las comunidades neolíticas capaz de controlar un vasto territorio a través de un elaborado sistema de alianzas. A esta confederación principesca con frecuencia se le ha considerado el imperio de la dinastía Shang, que mudó su capital o emplazamiento de poder principal varias veces.

    Su autoridad no fue más allá del Yagtsé, acompañándose de elaborados rituales adivinatorios y propiciatorios en los que ya aparece el primer sistema de escritura sínico. Mientras la minoría rectora ya asumía funciones sacerdotales y principescas, la mayoría de campesinos todavía labraban sus terruños con instrumentos de piedra pulimentada y afilados palos, reservándose el prestigioso bronce a papeles más relevantes.

    Las bases de la confederación (o imperio para muchos) no dejaron de ser frágiles, y desde el Oeste un nuevo poder impuso su dominio a partir del 1027 antes de nuestra era, el de los Chou. La expansión de las sociedades de agricultores trastocó el nicho ecológico de los nómadas, que reaccionaron a veces de forma agresiva. Pese a que se han establecido paralelos entre los Chou y las culturas del Sur de Siberia de los sepulcros de carros, no es nada seguro que fueran nómadas. Es más sus rituales políticos, forma de confederación principesca y fundación de nuevos enclaves agrícolas nos hablan más de la vieja herencia del neolítico chino, basamento de la civilización del coloso asiático.

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