LOS ESTADOS UNIDOS CONQUISTAN CALIFORNIA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

12.08.2014 15:41

 

                Asomada al Pacífico, California tentaba a los Estados Unidos nacidos en la costa atlántica. Sus naves doblaban el cabo de Hornos desde fines del siglo XVIII a la búsqueda de tratos comerciales con la América del Sur de la Emancipación y la lejana China.

                En 1821 el poder español se hundió definitivamente en el hasta entonces virreinato de Nueva España. Temerosos de la insurrección mestiza y amerindia, los aristócratas criollos rechazaron el liberalismo de la Constitución de Cádiz y proclamaron la independencia mexicana. La Alta y la Baja California no se desgajaron del nuevo Estado a diferencia de lo que acontecería con las tierras de la América Central. Su gobernador José Figueroa puso en ejecución en 1834 la desamortización de los bienes de las misiones de las órdenes religiosas, pilar de la anterior colonización hispánica. Las promesas de reparto entre las comunidades amerindias y los colonos recién llegados fueron un brindis al sol, y los hacendados terminaron por apropiárselos en su mayoría siguiendo la misma pauta que la de la española desamortización de Mendizábal. Los menos favorecidos se convirtieron en rancheros y trabajadores a su servicio.

                A esta California del Zorro fueron llegando aventureros de los Estados Unidos, los tradicionalmente temidos anglo-americanos por los militares españoles. Desde 1842 empezaron a alcanzar tierras californianas las caravanas que se aventuraban a atravesar el interior continental. Más al Norte el territorio de Oregón también atraía su mirada. El avispado John Marsh, que se presentó como médico ante las autoridades mexicanas, supo hacer buena propaganda entre sus compatriotas de la empresa californiana.

                Acostumbraba a seguir a los colonos la ambición política de la joven república norteamericana, que anhelaba convertirse en un imperio continental. La separación de la república de Texas de México y su posterior incorporación a la Unión se convirtió en un acicate para mayores expansiones. El inestable y menospreciado México no se antojaba un rival muy serio.

                El presidente Polk ya anunció en su toma de posesión su deseo de incorporar las dos Californias. En principio se decantó por el método pacífico del ofrecimiento de compra a México, cuya hacienda se encontraba a la sazón muy quebrantada. La fórmula había sido empleada con éxito tras la irrupción militar de Jackson en la península de Florida, y se mostraría muy oportuna en relación a Alaska. Se ofreció la condonación de los 4 millones y  medio de dólares en concepto de daños y perjuicios sufridos por los ciudadanos de la Unión durante la pasada guerra de independencia mexicana, además de cerca de 30 millones por la adquisición en sí. El gobierno de México no convino en el trato por razones de orgullo político y patriótico, y la guerra estalló entre las dos águilas de la América Septentrional.

                El cónsul estadounidense en Monterrey Larkin intentó preservar la paz entre unos y otros, pero los acontecimientos lo desbordaron ampliamente en el verano de 1846. El explorador y aventurero Frémont tomó con decisión la iniciativa. Formó una fuerza miliciana con la ayuda de los ingleses afincados y de los californios de origen hispano, y no tuvo empacho en proclamar una república propia.

                Su intención no era la de forjar un nuevo Estado, sino facilitar su anexión a EE. UU.  aprovechándose de los deseos de emancipación de los californios. Asistió complacido a la llegada de la flota del comodoro Sloat, que tomó la bahía de Yerba Buena, la futura San Francisco. Al final fue otro oficial, Stockton, el que tomaría el mando de todas las fuerzas estadounidenses, reunidas en el batallón California que fue capaz de conquistar Monterrey y Los Ángeles entre julio y agosto del 46.

                Sin embargo, los conquistadores no contaron con la resistencia de sus viejos aliados californios, con un proyecto político propio, al igual que acontecería con los independentistas cubanos y filipinos de 1898. Reunidos bajo el caudillaje de José María Flores, alcanzaron la victoria en la batalla del Rancho Domínguez el 7 de octubre.

                La situación se complicaba para la causa de Estados Unidos, y a finales de diciembre llegó tras una fatigosa marcha por el camino de Santa Fe el escuadrón de dragones de Kearny, capaces de luchar con igual pericia a caballo y desmontados. Consiguieron imponerse a sus adversarios en las batallas del río San Gabriel y de La Mesa.

                La Alta California tuvo su primer presidente, Ide, tan fugaz como su república. Los Estados Unidos no querían una experiencia como la texana de ningún modo. Frémont actuó con su habitual contundencia, incorporando a la Unión el territorio, del que se proclamó gobernador militar, desatando las iras del también ambicioso Kearny, que se creía con mayor derecho al cargo por su graduación militar. Las peleas entre los conquistadores eran una constante en el Nuevo Mundo (o Hemisferio Occidental de Monroe) desde la llegada de los españoles. Acusado de insubordinación, Frémont tuvo que defenderse de las acusaciones, iniciando una carrera política ambiciosa. Atrás dejaba por el momento una California a punto de experimentar la fiebre del oro.

   

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