LOS CONFESORES QUE SUSURRABAN A LAS MUJERES. Por Carmen Pastor Sirvent.

10.08.2014 18:49

 

                Las intimidades carnales de los eclesiásticos han servido de carnaza a los lectores de innumerables obras, algunas de gran interés. Cayeron en la sensual tentación desde Santos Padres a modestos párrocos, olvidándose de los deberes del celibato. Los polemistas de todo género y clase han reprochado con insistencia a los eclesiásticos esta contradicción entre su naturaleza humana y su obligación.

                Pese a que tuvieron vedado desde fechas tempranas en la Iglesia de Occidente contraer matrimonio, en tierras como las de Castilla se les reconoció legalmente durante la Baja Edad Media el mantener barraganas o compañeras sentimentales. El luteranismo terminó aceptando el matrimonio de los sacerdotes, pero el catolicismo de la Contrarreforma insistió en el celibato y en la dedicación personal exclusiva de los religiosos a su santo ministerio.

                En sociedades tan celosas de su honor como las del Antiguo Régimen acercarse libremente a las mujeres no siempre resultaba sencillo. Los maridos, prometidos, hermanos y padres desconfiaban con vivacidad de los curas que permanecían cerca de sus mujeres durante sus ausencias laborales y militares, insistiendo las autoridades de algunas localidades de las provincias vascas en que ningún sacerdote entrara en sus términos mientras no fuera acompañado de su barragana. El momento de la confesión brindaba una oportunidad de oro a los más inquietos hombres de Dios.

                Entre 1561 y 1577, bajo la poderosa influencia del Concilio de Trento, la Iglesia católica definió y tipificó con mayor detalle el crimen sollicitationis. Toda palabra o acto de un confesor que incitara a una feligresa a entregarse a actos sexuales se consideró un grave pecado contra el Sexto Mandamiento, atacando directamente el sacramento de la penitencia. Como no quedó muy claro si se cometía semejante pecado antes o después de la confesión, el Papa Gregorio XV incluyó los dos supuestos en su Bula de 1622.

                Los tribunales del Santo Oficio ya disponían de la legislación canónica oportuna para punir la solicitación, inclusa en los procesos de fe en los que también se castigaba la bigamia o la blasfemia. En el mundo hispánico disponemos de valiosos estudios territoriales para Sevilla, México o Cartagena de Indias.

                La indiscreción de las conversaciones de algún amigo llevó ante la Inquisición a más de un sacerdote, según apunta con acierto Juan Antonio Alejandre para Sevilla. En Cartagena de Indias los chismes resultaron más que temibles. Según el fundamentado estudio de René González Marmolejo sobre México, los solicitantes fueron mayoritariamente frailes y curas jóvenes, no registrándose casos de miembros del alto clero, que gozarían de otras vías de satisfacción de sus pulsiones mucho más discretas.

                Los casos de homosexualidad fueron minoritarios, y los solicitantes fijaron especialmente su atención en las féminas, mayoritariamente pobres y analfabetas que accedieron a cambio de obsequios, ropas o dinero, aunque no faltaran las de más elevada posición social. Entre los sacerdotes novohispanos incursos abundaron los hijos de comerciantes minoristas y artesanos llegados de la Península que se labraron con perseverancia su posición, casándose con mujeres de la tierra. Destinar a uno de sus hijos al sacerdocio ayudó a descargar la hacienda familiar, mostrando de paso su promoción social aunque fuera a riesgo de no enviar un santo a la Iglesia.

                Los condenados por solicitación tenían que hacer penitencia en un convento como acto de contrición, algo que los más espabilados intentaron esquivar alegando falta de dinero para su pertinente manutención. Ciertamente el vaivén de solicitantes y solicitadas dejó un amargo sabor de boca a nivel popular, nutriendo relatos y ocurrencias muy perjudiciales a la imagen de la Iglesia. Como ya apuntara con su certeza habitual Julio Caro Baroja, la solicitación fue una de las vías de paso del anticlericalismo clerical al laico. En los actos de sadismo cometidos contra algunos sacerdotes durante la Guerra Civil aparecen a veces mujeres que los increpan por su pasada vida sexual, real o supuesta. Indiscutiblemente los estudios locales nos abren perspectivas más ciertas de conocimiento de temas tan extensos como el del anticlericalismo o la Inquisición.

 

                    

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