LO QUE ENTENDEMOS POR FRANCIA. Por Antonio Parra García.

07.05.2017 20:21

                

                Europa está marcada por las personalidades colectivas fuertes, que han protagonizado su Historia. Francia es una de ellas.

                Los francos que le dieron nombre nunca pensaron en forjar un Estado-Nación, pero con el paso de los siglos se consagró como tal al ordenarse la decapitación de Luis XVI. Los liberales del siglo XIX pensaron que se trataba de un proceso lineal el que conducía del reino a la nación, pero los intelectuales actuales nos avisan que se trató de un camino mucho más sinuoso. Se llega a la conclusión que Francia es el fruto de la Historia.

                En las últimas elecciones presidenciales se han enfrentado distintas maneras de entender Francia, resultado de esa misma Historia, tan llena de complejidades. De todos modos, los que reclaman el legado de Juana de Arco se asemejan más de lo que parece a los que en nombre de la Declaración de los Derechos del Hombre defienden la multiculturalidad: ambos son hijos de nuestro tiempo, al que le place envolver sus alegatos con argumentos históricos. Ambos quieren que su Francia sea protagonista de nuestra época.

                La globalización ha abierto un debate sobre las identidades nacionales, al que los españoles estamos muy acostumbrados. Francia ha servido a veces de modelo a otras naciones, lo que no significa que no haya conocido una situación compleja.

                La Galia era una parte de la Europa de cultura celta que abarcaba también Suiza y Bélgica. En su interior se desarrollaron varios poderes. Roma terminó dominándolos, aunque su cultura se asimiló de manera distinta en cada parte. Hablar para aquella época de Francia al modo de los eruditos de tiempos de Napoleón III es una proyección nacionalista hacia el pasado o una mera ilusión. Varias generaciones de franceses, incluso los que crecieron en la Argelia colonial, fueron educadas en esta creencia.

                Francia como reino se forja no solo por la irrupción de las poblaciones francas, que se opusieron con éxito a los visigodos y a otros pueblos germanos. Se formó por la disolución del imperio carolingio, en el que la Francia Occidental se encontraba separada de la Oriental por la Lotaringia, y por la imposición sobre otros poderes como el de los duques de Aquitania o Normandía, que no eran supervivencias regionales. Desde este punto de vista, Francia es uno de los reinos medievales que cosecharon mayores éxitos, lo que no significa que tuviera sonoros fracasos y padeciera terribles crisis políticas.

                Su expansionismo y prestigio cultural le dieron una gran proyección, que a menudo se expresó con fórmulas romanas. Toda expansión era acompañada de una afirmación en el interior. Las Cruzadas se emprendieron a la par que se fortaleció la autoridad de los reyes de Francia. El expansionismo de Luis XIV fue paralelo a la consagración del absolutismo. El amanecer de la idea nacional contemporánea asistió a las guerras de la Revolución y del Imperio. La III República alcanzó su cénit en la época del imperialismo.

                En aquellos momentos de triunfo se proclamó la idea del reino de Francia, de las fronteras naturales o del Hexágono. En consecuencia, es lógico que en los momentos de fracaso o de sensación de fracaso los franceses entren en cavilaciones acerca de su destino.

                Cuando el Estado del Bienestar acusa su necesidad de adaptación a los nuevos tiempos, cuando muchos ciudadanos se preguntan sobre su identidad cultural, cuando se replantea la ligazón con la Unión Europea, los franceses votan su nueva presidencia. Aquí también los partidos políticos que hasta hace poco han protagonizado la vida de la República viven un momento amargo, de decadencia, y se habla de la necesidad de nuevas voces, de otras soluciones, del anti-sistema dentro del sistema mismo.

                Emmanuel Macron, nacido en Amiens en 1977, prolonga a su manera la vida pública establecida, con su acusada tecnocracia, aunque renegando de sus prácticas corruptas. Su rival, Marine Le Pen, nacida en Neuilly-sur-Seine en 1968, representa la negación de muchos aspectos de la V República, demasiado proclive a las influencias extranjeras según su opinión. ¿Nos encontramos ante una disputa entre los herederos de Charles de Gaulle y Raoul Salan? En parte, pues hoy la controversia se dirime por vías democráticas y en la Francia del euro.

                La campaña electoral ha sacado a relucir ideas sobre Francia y los franceses que demuestran que todas las naciones están sometidas a los vaivenes de la Historia, por mucho que puedan parecer piedras que se yerguen orgullosamente sobre las aguas de un río caudaloso.

                El triunfo de Macron supone un respiro para la Francia europeísta, que no puede ni debe perder de vista la importancia de sus problemas y el descontento de parte de la población con el destino de la pluricentenaria y compleja Francia.

                El triunfo de Le Pen hubiera sido un sobresalto en toda regla para la Unión Europea, que hubiera coincidido con el Brexit. La Historia de Francia y Europa a partir del 2017 puede ser de todo menos vulgar, pero siempre se tendrá que tener presente que los franceses forman parte de la gran familia europea y que no pueden evitar la globalización como aquel que no pudo poner puertas al campo, al igual que emprender reformas que son inevitables.

                        

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