LAS HUESTES CIUDADANAS EN LA AMÉRICA ESPAÑOLA.

17.02.2019 11:42

               

                Los conquistadores españoles de América formaron verdaderas sociedades para llevar a cabo sus expediciones, unas compañías que tenían importantes precedentes en la Reconquista hispánica y en sus navegaciones. Cuando una fuerza de tales características se disolvía, sus soldados podían convertirse en pobladores, en vecinos, de una nueva comunidad urbana en el mejor de los casos.

                Los flamantes ciudadanos, al igual que sucedía en la Península, también asumieron obligaciones militares de carácter defensivo. Nacía de esta manera la hueste o milicia urbana en las Indias. En 1524 Hernán Cortés dio ordenanzas a la Tenochtitlán convertida en México en las que se les obligaba a mantener caballo y armas. No podían rehuir de tal deber los españoles que quisieran disfrutar de una encomienda.

                A pesar de ello, obligar a cumplir a los nuevos vecinos con sus deberes militares fue tan complicado en América como en la propia España. En México se tuvo que insistir en la realización de los alardes. Los municipios de las ciudades sin guarnición tuvieron que amenazarlos con multas a veces. De hecho, en la frontera chilena la obligación de una campaña anual se prestó a abusos de sus gobernadores. Para paliar los problemas de reclutamiento en tiempos de peligro, se ofrecieron recompensas y compensaciones fiscales.

                En esta estructura miliciana los amerindios fueron obligados a participar como servidores de pesadas tareas de transporte e intendencia o en calidad de amigos, de aliados militares.

                En la extensa América española se dispuso en 1563 que los municipios y las provincias se ayudarían mutuamente. Los encomenderos deberían pedir licencia para ausentarse en 1571 y contar con un suplente para sus deberes militares. Más allá de los conflictos con las sociedades amerindias del otro lado de la frontera, los españoles de Indias tuvieron que enfrentarse a la creciente hostilidad de ingleses y otras naciones de Europa.

                La situación no mejoró en el siglo XVII realmente. Se dedicaron rentas de las encomiendas para cuestiones defensivas y se concedió el Fuero de Milicias, con patentes de capitán de infantería, que facultaban a regir una unidad con la ayuda de un alférez y un sargento. Tales medidas tuvieron un efecto limitado, y desde 1650 se reforzaron los puntos más sensibles con tropas regulares. La reorganización de las fuerzas de la América española y el compromiso de la población con la defensa local sería una tarea a acometer por las autoridades borbónicas del XVIII.

                Jorge Juan y Antonio de Ulloa denunciaron la penosa situación de las unidades regulares enviadas desde la Península, minadas por las deserciones, por lo que al final el comportamiento bravo de las fuerzas milicianas fue un elemento clave para que plazas fuertes como Santiago de Cuba no cayeran en manos británicas durante la guerra de la Oreja de Jenkins (1739-48). No era precisamente poco.

                Bibliografía.

                García Gallo, A., “El servicio militar en Indias”, Anuario de la Historia del Derecho Español, 26, Madrid, 1956.

                Suárez, S. G., El ordenamiento militar en Indias, Caracas, 1972.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

            

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