LA SOCIEDAD DE LOS GALOS A OJOS ROMANOS.

17.03.2019 11:13

                La sumisión de la plebe a la aristocracia.

                “En toda la Galia dos son los estados de personas de que se hace alguna cuenta y estimación, puesto que los plebeyos son mirados como esclavos, que por sí nada emprenden ni son jamás admitidos a Consejo. Los más, en viéndose adeudados o apremiados del peso de los tributos o de la tiranía de los poderosos, se dedican al servicio de los nobles, que con ellos ejercitan los mismos derechos que los señores con sus esclavos.”

            

                Los medios de la alta autoridad de los druidas.

                “De los dos estados, uno es el de los druidas; el otro, de los caballeros. Aquéllos atienden al culto divino, ofrecen los sacrificios públicos y privados, interpretan los misterios de la religión. A su escuela concurren gran número de jóvenes a instruirse. El respeto que les tienen es grande. Ellos son los que sentencian casi todos los pleitos del Estado y de los particulares: si algún delito se comete, si sucede alguna muerte, si hay alguna disensión sobre herencia o sobre linderos, ellos son los que deciden; determinan los premios y los castigos, cualquiera persona, ora sea privada, ora sea pública, que no se rinde a su sentencia, es excomulgada, que para ellos es la pena más grave. Los tales excomulgados se miran como impíos y facinerosos; todos se esquivan de ellos rehuyendo su encuentro y conversación por no contaminarse; no se les hace justicia por más que la pidan ni se les fía cargo alguno honroso.”

                Organización de los druidas.

                “A todos los druidas preside uno con autoridad suprema. Muerto éste, le sucede quien a los demás se aventaja en prendas. En caso de haber muchos iguales, se hace la elección por votos de los druidas, y aun tal vez de mano armada se disputan la primacía. En cierta ocasión del año se congregan en el país de Chartres, tenido por centro de toda la Galia, en un lugar sagrado. Aquí concurren todos los que tienen pleitos y están a sus juicios y decisiones.”

                La instrucción de los druidas.

                “Créese que la tal ciencia fue inventada en Britania y trasladada de allí a la Galia. Aun hoy en día, los que quieren saberla a fondo, van allá por lo común a estudiarla. Los druidas no suelen ir a la guerra ni pagan tributos como los demás: están exentos de la milicia y de todas las cargas concejiles. Con el atractivo de tantos privilegios, son muchos los que se dedican a esta profesión; unos, por inclinación propia; otros, por destino de sus padres y parientes. Dícese que allí decoran gran número de versos. Así es que algunos gastan los veinte años en la escuela; no tienen por lícito escribir lo que aprenden, no obstante que en casi todo lo demás de negocios públicos y particulares se sirven de caracteres griegos. Por dos causas, según yo pienso, han establecido esta ley: porque ni quieren divulgar su doctrina ni tampoco que los estudiantes, fiados en los escritos, descuiden en el ejercicio de aprender y retener las cosas en la memoria.”

                Doctrinas y saberes de los druidas.

                “Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su transmigración de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan grandísimo incentivo para el valor, poniendo aparte el temor a la muerte. Otras muchas cosas disputan y enseñan a la juventud acerca de los astros y de su movimiento, de la grandeza del mundo y de la tierra, de la naturaleza de las cosas, del poder y soberanía de los dioses inmortales.”

                Las comitivas caballerescas.

                “El segundo estado es el de los caballeros. Todos éstos salen a campaña siempre que lo pide el caso u ocurre alguna guerra (y antes de la venida de César ocurría casi todos años, ya fuese ofensiva, ya defensiva); y cuanto uno es más noble y rico, tanto mayor acompañamiento lleva de dependientes y criados, lo cual tiene por único distintivo de su grandeza y poder.”

                Sacrificios humanos.

                “Toda la nación de los galos es supersticiosa en extremo, y por esta causa, los que padecen enfermedades graves y se hallan en batallas y peligros o sacrifican hombres o hacen votos de sacrificarlos, para cuyos sacrificios se valen del ministerio de los druidas, persuadidos a que no se pueden aplacar la ira de los dioses inmortales en orden a la conservación de la vida de un hombre si no hace ofrenda de la vida de otro, y por pública ley tienen ordenados sacrificios de esta misma especie. Otros forman de mimbres entretejidos ídolos colosales, cuyos huesos llenan de hombres vivos, y pegando fuego a los mimbres, rodeados ellos de las llamas, rinden el alma. En su estimación los sacrificios de ladrones, salteadores y otros delincuentes son los más gratos a los dioses inmortales, si bien a falta de éstos no reparan en sacrificar inocentes.”

                El panteón galo según la visión romana.

                “Su principal devoción es al dios Mercurio, de quien tienen muchísimos retratos: celébranle por inventor de todas las artes; por guía de los caminos y viajes; atribúyenle grandísima virtud para las ganancias de dinero y para el comercio. Después de éste, son sus dioses Apolo, Marte, Júpiter y Minerva, de los cuales sienten lo mismo que las demás naciones: que Apolo cura las enfermedades; que Minerva es maestra de las manufacturas y artefactos; que Júpiter gobierna el cielo y Marte preside la guerra. A éste, cuando entran en batalla, suelen ofrecer con voto los despojos del enemigo.”

                

                El destino del botín de guerra.

                “Los animales que sobran del pillaje son sacrificados; lo demás de la presa lo amontonan en un lugar. Y en muchas ciudades se ven rimeros de estas ofrendas en lugares sagrados. Rara vez se halla quien se atreva, despreciando la religión, a encubrir algo de lo que cogió o a hurtar lo depositado, que semejante delito se castiga con pena de muerte atrocísima.”

                Sentido del tiempo.

                “Blasonan los galos todos de tener por padre a Plutón, y dicen ser la tradición de los druidas. Por cuya causa hacen el cómputo de los tiempos no por días, sino por noches; y así en sus cumpleaños, en los principios de meses y años siempre la noche precede al día.”

                El régimen familiar.

                “En los demás estilos se diferencian particularmente de otros hombres en que no permiten a sus hijos el que se los presenten públicamente hasta haber llegado a la edad competente para la milicia; y es desdoro de un padre tener a su lado en público a su hijo todavía niño. Los maridos, al dote recibido de su mujer, añaden otro tanto caudal de la hacienda propia. Todo este caudal se administra por junto y se depositan los frutos: el que sobrevive al otro queda en posesión de todo el capital con los bienes gananciales del tiempo del matrimonio. Los maridos son dueños absolutos de la vida y muerte de sus mujeres, igualmente que de los hijos, y en muriendo algún padre de familia noble, se juntan los parientes, y sobre su muerte, caso que haya motivo de sospecha, ponen a la mujer a cuestión de tormento como si fuese esclava, y si resulta culpada, le quitan la vida con fuego y tormentos cruelísimos.”

               Los funerales.

                “Los entierros de los galos son, a su modo, magníficos y suntuosos, quemando con ellos todas las cosas que a su parecer amaban más en vida, incluso los animales; y no ha mucho tiempo que solían, acabadas las exequias de los difuntos, echar con ellos en la misma hoguera sus siervos y criados más queridos.”

                El control de la opinión pública.

                “Las Repúblicas más acreditadas por su buen gobierno tienen por ley inviolable que, cuando alguno entendiere de los comarcanos algún rumor o voz pública tocante al Estado, la declare al magistrado sin comunicarla con nadie, porque la experiencia enseña que muchas veces las personas inconsideradas y sencillas se asustan con los falsos rumores, dan en desafueros y toman resolución en asuntos de la mayor importancia. Los magistrados callan lo que les parece, y lo que juzgan conveniente propónenlo al pueblo. Del Gobierno no se puede hablar sino en consistorio.”

                Julio César, La guerra de las Galias. Traducción de Carlos Coloma. Madrid, 1982. Libro VI, pp. 114-117.

               Selección de Víctor Manuel Galán Tendero.

                    

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