LA POLÉMICA FIESTA RELIGIOSA.

20.05.2019 20:00

                Bajo la presidencia del conde de Aranda (1766-73), el Consejo de Castilla desplegó una importante actuación reformista. Tras la expulsión de los dominios españoles de la Compañía de Jesús en febrero de 1767, acusada de promover la sedición, se tomaron otras medidas de carácter ilustrado. Las actitudes y los gastos de las cofradías fueron objeto de revisión por parte de unos dirigentes que no vieron con buenos ojos varios elementos asociados a la cultura popular de la Contrarreforma.

                En 1770, se mandó tomar razón de las hermandades, congregaciones, cofradías y gremios, definiéndose tales como “gente colegiada que celebra fiestas con función de Iglesia que conlleva gasto y profusión”. Dentro del moralismo económico de su tiempo, preocupaban los dispendios individuales de sus miembros, de sus principales responsables (priores, mayordomos o hermanos mayores) o a costa del común de las haciendas municipales. La economía no dejaba de ser ética a su modo.

                Por aquella época, el Consejo de Castilla se había convertido, según varios historiadores, en un verdadero ministerio de Interior de España, con todas las reservas que se quiera, pues tras los decretos de Nueva Planta se había suprimido el Consejo de Aragón.

                Así pues, el 15 de octubre de 1770 se dieron cuenta de las quince hermandades y setenta y siete cofradías de las localidades del partido de Denia, en el reino de Valencia. Con ciento treinta y seis fiestas, sus gastos sobrepasaban con creces las cuatro mil libras valencianas.

                El carácter festivo de las gentes del territorio se hacía patente en festividades en cada calle con nueve días de iluminación, acompañadas de danzas y fuegos que se consideraron perjudiciales para el buen orden público, una tendencia gubernamental que se acusó tras los motines de Esquilache. Las corridas y las peleas de gallos tampoco merecieron mayor aprobación, por lo que de dispendioso tenía para las gentes.

                En vista de ello, solo subsistirían las fiestas aprobadas por el Consejo con la preceptiva moderación de gastos. La celebración, además, se reduciría a función de misa si lo deseara el devoto. Solo mereció la aprobación la Hermandad de San Francisco por su corta limosna, así como la Cofradía del Santísimo Sacramento, la de la Virgen del Rosario y la de la Virgen del Carmen de Denia por igual motivo. Para el Despotismo Ilustrado, la religión debería de guiar el comportamiento popular sin dar voz a sus expresiones más íntimas e intransferibles.

                Fuentes.

                Archivo Histórico Nacional. Consejos, 7105, Expediente 63, nº 11.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

            

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