LA MALLORCA DEL REINO PRIVATIVO.

11.05.2019 11:54

                Las Baleares fueron un archipiélago mercantilmente atractivo para los hombres de negocios del siglo XII, dada su estratégica posición en el Mediterráneo Occidental. Jaime I emprendió su conquista y se hizo con un verdadero reino en medio del mar. Como es bien sabido, también logró el dominio de Valencia y en varias ocasiones se planteó la división de sus territorios entre sus hijos. En 1276, su hijo Jaime II se convirtió en el monarca de las Baleares y de los condados de Rosellón y Cerdaña, además de Montpellier, que conformaron el reino privativo, con un total de 10.000 kilómetros cuadrados. Sus relaciones con su hermano Pedro III de Aragón fueron difíciles. En 1279 no tuvo más remedio que declararse su vasallo, algo que llevó a mal, y cuando Felipe III de Francia invadió la Corona de Aragón se puso a su lado. La suerte le fue adversa y en 1285 perdió su dominio.

                En 1295, recuperó el reino privativo por el tratado de Anagni, que puso paz temporalmente entre aragoneses y angevinos, pero en 1298 tuvo que volver a reconocer el señorío del rey de Aragón. La historiografía ha reconocido que a partir de este momento se aplicó a fomentar sus dominios mallorquines.

                La Ciudad de Mallorca contaba desde 1249 con un régimen de gobierno propio, bajo la supervisión del baile del rey. Cada año se escogían seis jurados para regirla, que tenían el derecho de escoger a sus consejeros, que también debían ser renovados anualmente. Pronto, la oligarquía urbana tan vinculada al comercio y a los negocios agrarios se haría con su control, al modo de otras ciudades de la Europa medieval. Jaime II le impuso su autoridad tras la recuperación del trono, acusando de deslealtad a sus dirigentes, y convirtió a sus jurados en sus servidores. Le impuso una sisa o contribución indirecta sobre el consumo en 1300-09. Consciente de la importancia de su Riera, que dividía la urbe entre su área de abajo y la de arriba, Jaime II se aplicó a sanearla.

                La capital y sus términos, el Pla, ganaron bríos a comienzos del siglo XIV, pero fora de les portes, en el resto de la isla, también lo hicieron sus núcleos de población, los de la Part Forana. Jaime II también los atendió. En localidades como Inca atendió a su mejora urbana. Petra cambió de emplazamiento. Se amuralló la expuesta Alcudia. San Juan fue fundado. El desarrollo foráneo comportó tensiones con la Ciudad por el reparto del poder y la gestión de los recursos. Bajo su hijo Sancho I, en 1315, se sentenció que en la comisión del Consejo General tomaran asientos diez síndicos o representantes foráneos. A la altura de 1329, se contabilizaron en la Ciudad unos 5.256 fuegos u hogares en la recaudación del morabatí y otros 6.984 en la Part Forana. La fuerza de la capital era evidente.

                El reino dispuso de su propia moneda, con sus reales de plata, y su propia red de cónsules. En 1302 se estableció un consulado en Bugía y en Argel en 1313, dada la importancia que tenía el Norte de África para su comercio. En aquel momento, ya asomaban los problemas de aprovisionamiento de cereales y de deudas, hasta tal punto que se tuvieron que aprobar moratorias de pago en 1307 para las localidades de la Serra de Tramuntana. Tales problemas y los distintos intereses de los grupos dominantes del reino privativo condujeron a importantes cambios políticos.

                Bibliografía.

                Cateura, Pau, “Municipi i Monarquia en la Mallorca dels segles XIII-XIV”, Anales de la Universidad de Alicante: Historia medieval, nº 13, 2000-2002, pp. 43-58.  

                Santamaría, Álvaro, “Mallorca en el siglo XIV”, Anuario de estudios medievales, nº 7, 1970-71, pp. 165-236.

               Víctor Manuel Galán Tendero.

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