LA HABILIDOSA CIVILIZACIÓN DEL NÍGER. Por Remedios Sala Galcerán.

16.08.2017 10:26

 

                En nuestros días el África Subsahariana se enfrenta a una situación notablemente complicada, que algunos analistas han juzgado sin solución (esperemos que de forma precipitada). Sus condiciones de desarrollo económico adolecen de numerosas y dolorosas deficiencias, lo que determina que una parte importante de su población juvenil emprenda una azarosa marcha hacia Europa. El riesgo de elevación de la temperatura global del planeta a lo largo del siglo XXI añade otro terrible inconveniente a esta castigada parte del mundo.

                La antropología y la historia se han esforzado en las últimas décadas para conocer las antiguas sociedades africanas, con la superación de los prejuicios y los lugares comunes alimentados por el colonialismo. Han descubierto comunidades sometidas en el pasado a la tiranía de las variaciones climáticas, pero con una enorme y envidiable capacidad para enfrentarse a las mismas.

                Los períodos de mayor aridez del Sáhara determinaron la expulsión de poblaciones hacia sus orillas meridionales, el Sahel. En la cuenca del río Níger muchos grupos encontraron acomodo, ya que su llanura media permitía el cultivo de muchos granos y brindaba importantes materias primas. Su riqueza pesquera también era apreciable. El idioma mandé, hoy hablado desde Gambia a Costa de Marfil, fue una nota común de varias comunidades de campesinos y pescadores.

                El asentamiento que quizá haya llamado más la atención a los modernos investigadores es el de Jenne-jeno, emplazado en la cuenca superior del Níger y fundado hacia el 300 antes de Jesucristo, con enormes posibilidades para cultivar distintas variedades de arroz adaptadas a la irregularidad de las lluvias. Sus recursos pesqueros también eran importantes y su territorio era accesible al pastoreo. La apertura del comercio transahariano también le dispensó notables oportunidades. Estuvo habitado durante el lapso de mil seiscientos años.

                Las razones de su éxito estriban en su inteligente aprovechamiento del territorio, según los criterios de la antropología comparada. No se han constatado en el registro arqueológico vestigios de grandes ciudades ni de importantes obras hidráulicas a modo de presas o canalizaciones, consideradas inapropiadas para la conservación del capital ecológico por algunos especialistas. Se ha descubierto que en un radio de cuatro kilómetros alrededor del núcleo principal se establecieron hasta sesenta y nueve poblados capaces de aprovechar el terreno con mimo, de forma cuidadosa. Sus gentes supieron diversificar sus opciones económicas desde la pesca a la trashumancia, pasando por la agricultura, la artesanía y el comercio.

                Los estudiosos también han puesto en valor el papel desempeñado por las sociedades secretas de los komotigi, los encargados de ver el futuro y preparar remedios curativos según sus creencias, en las que nyama o la fuerza de la Tierra fluía por todas las cosas. Con la adopción de la metalurgia, los herreros desplazaron a los cazadores como grandes conocedores de aquella fuerza. Ciertos estudiosos actuales los consideran observadores cuidadosos de las oscilaciones climáticas, capaces de aconsejar las mejores opciones ante los cambios de la naturaleza.

                Hacia el año mil, el clima se hizo más árido y se tuvo que ir sustituyendo el arroz por el mijo. La intensificación del comercio sahariano fue otra baza para unas sociedades que demostraron su perspicacia en más de una ocasión.

 

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