LA FRUSTRADA ALIANZA CASTELLANO-ARAGONESA (1352-55).

05.08.2019 15:31

                La Cristiandad vivía un tiempo de tribulaciones a mediados del siglo XIV, cuando la peste negra había hecho terribles estragos entre sus gentes. De resultas de la misma, murió el mismo Alfonso XI en el asedio de Gibraltar en la Semana Santa de 1350. Enfermedad, escasez y guerra se combinaron de forma inapelable en los primeros compases de la guerra de los Cien Años, en la que los infantes ingleses lograron imponerse a la caballería francesa en la batalla de Crécy de 1346. Tomaron parte en la misma varios caballeros navarros y mallorquines del lado francés. La suerte de la monarquía francesa no resultaba indiferente a los reinos hispánicos.

                Castilla y Portugal habían unido fuerzas contra benimerines y granadinos en la gran batalla del Salado (1340) y Aragón también se había sumado al esfuerzo del Estrecho con altibajos. Derrotados los benimerines, la Granada de Yusuf I todavía era temible a castellanos y aragoneses. Tenían buenos motivos para la colaboración, más allá de los lazos familiares, capaces de imponerse puntualmente a las disputas fronterizas en las que se dirimía la hegemonía hispánica.

                El 16 de octubre de 1352, Pedro IV de Aragón firmó el convenio de paz con Pedro I de Castilla, presentado como beneficioso para la fe católica. A favor del mismo habían trabajado Juan Alfonso de Alburquerque, por el lado castellano, y Bernat Cabrera, por el aragonés. Se acordó entonces no acoger disidentes ni secundar ningún alzamiento en los dominios del otro de forma muy oportuna, pues si Pedro I se enfrentaba al desafío de sus hermanastros (como el conde Enrique de Trastámara) y de varios ricos hombres, el de Aragón también se las veía con sus hermanastros, los infantes Fernando y Juan, que se habían sumado a la pasada revuelta de las uniones aragonesa y valenciana. Ambos reyes pretendían fortalecer su autoridad más allá de lo meramente nominal.

                La cooperación entre ambas Coronas también era beneficiosa, cuando Castilla tenía una expuesta frontera con Granada y Aragón combatía denodadamente para dominar Cerdeña y contra los genoveses en el Mediterráneo. La alianza, no obstante, tuvo una serie de excepciones. Castilla no apoyaría a Aragón contra Francia o Portugal, ni Aragón a Castilla contra Navarra o Francia, la gran beneficiaria de las simpatías hispánicas. Tampoco se podría invocar la ayuda militar cuando una de las Coronas se encontrara en lucha contra un poder musulmán.

                Tales propósitos chocaron con una realidad muy inestable. El 28 de noviembre de 1354, aprovechando que Pedro IV se encontraba en Cerdeña, se temió por el lado aragonés que el de Trastámara uniera sus fuerzas con el infante Fernando de Aragón para atacar por territorio soriano, con la complacencia de la corte castellana para quitarse problemas de encima, según algunos informadores. A principios de 1355, Pedro IV conocía bien los problemas de Pedro I en Castilla, mostrándose dispuesto a ayudarlo. No obstante, las noticias de ofrecimiento de Orihuela y Alicante a Pedro I por su señor el infante don Fernando envenenaron las relaciones, llegándose a la ruptura entre ambas Coronas al año siguiente. No fue posible la paz.

                Fuentes.

                ARCHIVO DE LA CORONA DE ARAGÓN, Real Cancillería, Registro 557, ff. 142v-147r.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

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