LA ESPAÑA RURAL NO QUIERE SUICIDARSE.

22.10.2018 17:52

                Por estos días otoñales pasan las ovejas merinas por las calles del gran Madrid, una urbe que hubiera pasmado al mismísimo Felipe II. La trashumancia nos recuerda un pasado tan complejo como rico, anterior incluso al Concejo de la Mesta, cuando muchas personas se ganaban la vida como ganaderos. Los expertos rabadanes que capitaneaban a los pastores más mozos eran cotizados profesionales, bien especializados, capaces de labrarse un buen porvenir, pues sus jornales los invertían en rebaños propios, tierras y casas en animadas villas y ciudades de la geografía hispana. Los grupos pastoriles emprendían todos los años con regularidad verdaderas expediciones a comarcas muy alejadas de sus hogares, con cuyas autoridades negociaban el necesario cultivo de su cereal y el aprovechamiento del monte bajo y del bosque, cotizados bienes del municipio de turno. En aquella España anterior a la industrialización no siempre Caín mató a Abel. Sabemos que ganaderos y labradores supieron convivir. Por sus caminos los arrieros y los carreteros trasladaron un sinfín de mercancías, a despecho de engorrosos tributos. Transitaron por las rutas de don Quijote muchos tipos de personas que dieron idea de la humanidad de la España rural de recias construcciones y secretos artesanos.

                El ingenioso hidalgo y su buen Sancho recorrieron mucho terreno con escasos habitantes, pues por entonces España se encontraba menos poblada que su rival Francia. Bien sabido es que la primacía demográfica correspondía al interior, y no al litoral como a día de hoy, pero de todos modos las Españas se consideraban faltas de gentes por propios y extraños. Ha sido habitual responsabilizar de ello a los grandes desplazamientos de la Repoblación. Nadie sabe lo que hubiera sucedido si hubiera perdurado la Hispania visigoda. ¿Estaría más habitada España actualmente? Lo cierto es que la estructura económica imponía unos umbrales: los veinte millones de Francia, más o menos, marcaron un límite antes del siglo XIX. Con posterioridad, el desarrollo industrial y urbano han vaciado en muchos países de seres humanos los campos, crecientemente mecanizados.

                Sin embargo, el despoblamiento de la España rural es tan grave a estas alturas del siglo XXI que ya se habla de un país vacío, de la Laponia hispana por culpa de factores más sociales que físicos. Las heladas primaverales pueden ser terribles, pero no han sido los principales agentes de expulsión. En cada comarca podemos encontrar causas de despoblación específicas, aunque desde un punto de vista general se comprueba que la concentración urbana ha impuesto un severo resultado.

                La población española envejece cada vez más, lo que plantea un agudo problema al Estado del Bienestar, y muchos pueblos que hasta hace poco atesoraron vida yacen en un estado lastimoso, con espléndidas construcciones que van cayendo a diario. Aquí los muros de la patria mía se concretan con dramatismo. Con su derrumbe se pierde patrimonio, Historia y paisaje de gran valor. Todos se empobrecen.

                Las partidas de la agricultura son un activo para las exportaciones españolas y el patrimonio histórico-cultural atrae un turismo de gran interés. No se puede prescindir de esta España vacía que ha nutrido a las grandes urbes de vecindario y que suministra bienes tan valiosos como el agua. Los ganados que han transitado por las calles madrileñas nos recuerdan el vínculo entre campo y ciudad, áreas claramente hermanas y que se necesitan mutuamente para vivir.

                Desde movimientos de renovación locales y de carácter neorrural se han planteado distintas iniciativas que pasan por exigir mejores infraestructuras y comunicaciones para dar pie a mayores oportunidades. Las escuelas, los centros sanitarios y otros puntos de atención comunitaria no deben abandonarse, sino primarse. Son el fuego sagrado de muchos pueblos que luchan por sobrevivir, la representación diáfana del Estado del Bienestar en el territorio no abandonado a la mano de Dios, que pide justicia y no mendiga caridad. Los impuestos aplicados también son examinados, así como el sistema de ayudas de la Unión Europea. En el Senado se ha creado una comisión para la despoblación. A la luz de distintas iniciativas se reinterpreta el pasado, poniendo en valor nuevamente las cartas pueblas, pues se considera que la Historia nos puede ayudar a ganar un futuro mejor para todos.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

        

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