LA CRUZADA CONTRA LOS DOMINIOS HAFSÍES (1390).

06.05.2019 10:24

               

                En el último tercio del siglo XIV, los Estados cruzados del Mediterráneo Oriental se circunscribían al reino de Chipre. El de Jerusalén ya era un venerable recuerdo y la orden del Temple había sufrido un penoso final. Aunque genoveses y venecianos se mostraban activos, los turcos acometían importantes conquistas y los días de la Gran Compañía de los almogávares se antojaban lejanos. Sin embargo, el ideal de cruzada todavía estaba vivo, a despecho de las tribulaciones del cisma que dividía a la Iglesia católica. Para los caballeros de los reinos de la Cristiandad era la cruzada una oportunidad para alcanzar nombradía y riquezas en un tiempo de adversidades económicas, cuando las rentas señoriales no deparaban los beneficios esperados. El cese temporal de hostilidades entre los reyes de Francia e Inglaterra dejó a no pocos caballeros inactivos y con ganas de combatir. El duque Luis II de Borbón, tío de Carlos VI de Francia, había emprendido el camino hacia la península Ibérica en 1374 para combatir contra los musulmanes granadinos junto a los castellanos, pero el deseo de Enrique II de Trastámara de emplear sus fuerzas contra Portugal le hizo desistir del empeño y retornó a Francia. Años más tarde se le presentaría una nueva oportunidad.

                En el territorio tunecino, el poder de la dinastía hafsí se había consolidado tras el hundimiento del imperio almohade. En 1270 habían quebrantado el empeño cruzado de Luis IX de Francia, pero la epidemia de peste de 1348 también castigó sus dominios. Ubicados en una encrucijada comercial entre el Mediterráneo y el Sáhara, sus ricas ciudades cada vez obedecieron menos a sus sultanes. La piratería y el corso adquirieron nuevos bríos entre los poderes islámicos necesitados de recursos. Desde Bugía, Mahdia y la isla de Djerba partieron expediciones corsarias contra los cristianos. Génova protestó en 1383 ante el sultán, que no fue capaz de hacer cumplir sus promesas. En 1388, los genoveses se coaligaron con María de Sicilia (en la órbita aragonesa) e intentaron vanamente que venecianos y pisanos entraran en la coalición. En junio de aquel año se logró tomar Djerba y los sicilianos volvieron a establecer una guarnición en su castillo. Los genoveses lograron un gran botín, pero pensaron conseguir más. Su gobernante, Antoniotto Adorno, recurrió a la Cruzada para serenar las aguas políticas y favorecer los intereses mercantiles de Génova.

                Froissart nos cuenta en sus Crónicas y D´Orville en su Crónica del buen duque Luis de Borbón la cruzada que genoveses y franceses emprendieron contra la plaza de Mahdia. Génova movilizó sus recursos navales y humanos, que se han cifrado en 12.000 arqueros y 8.000 peones. Con Carlos VI de Francia, que recibió a sus embajadores el 29 de noviembre de 1389 en Tolouse, negociaron una alianza para disponer de la oportuna fuerza de caballería, algo que agradó a muchos guerreros en un momento de relativa tregua con Inglaterra. El citado Luis II de Borbón capitanearía los 1.500 caballeros de una expedición que recibió la categoría de cruzada. Se quiso conquistar el honor y junto a los caballeros de Francia también tomaron parte algunos de Inglaterra y de Aragón.

                Como la Iglesia padecía el Cisma, se impetró la bendición de ambos Papas. Desde fines de junio, los franceses se trasladaron desde Marsella a Génova por mar. A 1 de julio de 1390 zarparon desde el puerto genovés unas cien galeras, que alcanzaron la costa de Mahdia a finales del mismo mes. Los expedicionarios desembarcaron sin oposición y le pusieron asedio a la plaza, pero no dispusieron de las máquinas de sitio suficientes para conquistarla con presteza.

                Aquello dio tiempo al sultán Abu al-Abbas a movilizar un ejército de 40.000 soldados, con la ayuda de otros gobernantes musulmanes de la región. Tales fuerzas fueron capaces de copar a los atacantes, que no lograron ni conquistar Mahdia ni mejorar su aprovisionamiento. La falta de agua se dejó sentir penosamente en el campamento de los cruzados. Entre musulmanes y cristianos se entabló un combate dialéctico a propósito de los principios religiosos en ausencia de una lucha más directa.

                Tras casi dos meses de campañas, se terminó negociando un acuerdo. La tregua entre cristianos y musulmanes duraría teóricamente diez años. El sultán se comprometió a pagar ciertos tributos a Génova y Luis II de Borbón fue compensado por sus dispendios. Aquella campaña no decidió nada. Los hafsíes y sus aliados prosiguieron lanzando incursiones marítimas y los cristianos las suyas con éxito variable. En 1398, el empeño de valencianos y mallorquines contra el Norte de África fracasó, pero en 1415 los portugueses tomaron Ceuta. En aquel mundo de verdades religiosos indiscutidas, vivieron de todos modos personas como Joan Navarro, súbdito de Alfonso V de Aragón que fue vicealmirante del sultán hafsí en 1417. La cruzada, en el fondo, se deslizó por un mundo de guerras y comercio, tan violento como creativo.

                Bibliografía.

                Louis Binz, Brève histoire de Genève, Génova, 2000.

                Mohamed Hédi Chérif, Histoire de la Tunisie. De la préhistoire à la indépendance, Túnez, 2008.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

                               

 

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