LA CONQUISTADORA GÉNOVA DEL SIGLO XIII.

13.05.2019 10:25

                La Plena Edad Media asistió al resurgimiento de la vida urbana en Europa Occidental. En la disputada Italia, entre los partidarios del emperador y los del Papa, el fenómeno fue particularmente visible. A diferencia de otras áreas del continente, las ciudades se habían mantenido en los tiempos más recios, pues la aristocracia territorial no las había abandonado precisamente. Los nobles no desdeñaron el comercio y los mercaderes fueron hábiles en el manejo de las armas. Algunas ciudades italianas consiguieron erigirse en centros de riqueza y de poder, capaces de lanzar expediciones navales para imponer las condiciones comerciales más propicias a sus intereses. Las Cruzadas las favorecieron en el Mediterráneo Oriental, en el que el imperio bizantino fue duramente golpeado. En el Occidental, supieron pactar con los distintos poderes ibéricos, sin dejar de tomar parte en algunas campañas contra los musulmanes. Génova fue uno de esos poderes, bien emplazada en la Liguria y atenta al Mediterráneo.

                A mediados del siglo XIII, los genoveses comerciaban con la rica Alejandría musulmana, centro económico de primer orden, a la par que con el Ultramar cruzado y los dominios bizantinos. Allí la situación era políticamente complicada, pero llena de oportunidades. Los sucesos de la península Ibérica y el Norte de África, con el derrumbe del imperio almohade, también había atraído su atención. Con el tiempo, afianzarían su alianza con Castilla y su penetración mercantil en el emirato de Granada, además de su rivalidad con las gentes de la órbita de la Corona de Aragón. Con Pisa y Venecia las relaciones también serían tempestuosas, fruto de la competencia.

                En la rica y ambiciosa Génova gobernaban de hecho una serie de linajes, seguidos por importantes comitivas de servidores. Aunque un podestá culminaba su ordenación política, los consejos y las facciones formaban parte de la vida pública genovesa. Mientras una parte de la aristocracia era partidaria, por razones muy propias, del emperador (del partido gibelino), otra lo era del Papa, del güelfo. En este ambiente de enfrentamiento, Guglielmo Boccanegra se convirtió en 1257 en capitán del pueblo gracias a una insurrección popular instigada en parte por los gibelinos.

                Su gobierno, que apenas duró un lustro, se ha considerado de gran importancia por la historiografía. Aprovechándose de la lucha contra los güelfos, pudo ajustar cuentas con los grupos más poderosos de la comunidad. Redujo pagos señoriales y logró rescatar para la ciudad los derechos que el obispo cobraba sobre el comercio. La deuda fue estabilizada y consolidada por medio del establecimiento público de un interés fijo. Para acrecentar los recursos financieros genoveses, se terminó de imponer un gravamen sobre las distintas fortunas de los ciudadanos.

                Tales medidas internas se acompañaron de una activa política exterior, pensada para arrinconar a sus más directos competidores, como Venecia y Pisa. Se llegó a un acuerdo con el emperador bizantino Miguel VIII Paleólogo para reconquistar Constantinopla de los latinos y de paso marginar a los venecianos. Aunque sus contrarios consiguieron apartarlo de poder y que marchara a Francia, Boccanegra se convirtió en uno de los grandes arquitectos de la grandeza de Génova, que tanto daría que hablar del siglo XIV al XVI.

                Bibliografía.

                Annali genovesi di Caffaro e de suoi continuatori. Edición de L.T. Belgrano, Génova, 1890.

                Epstein, S. A., Genoa and the Genoese, 958-1528, University of North Carolina Press, 1996.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

 

                               

 

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