LA BATALLA DE CANNAS SEGÚN TITO LIVIO. Aportado por Javier Jordá.

10.07.2014 23:38

LIBRO 22 , TITO LIVIO, "Batalla de Cannas", 217 aC, 2ª Guerra Púnica. Al vencer Hannibal, tuvo  la posibilidad de entrar sin resistencia en Roma, pero la desaprovechó.

[22.40] La respuesta del cónsul estuvo lejos de ser agradable, pues admitió que el consejo recibido era la verdad, pero nada fácil de llevar a la práctica. Si el dictador había encontrado insoportable a su jefe de la caballería, ¿qué poder o autoridad podía tener un cónsul frente a un colega violento y obstinado? "En mi primer consulado", dijo, "escapé chamuscado del fuego de la furia popular. Espero y ruego porque todo termine con éxito, pero si nos ocurriera alguna desgracia, me expondré antes a las armas del enemigo que al veredicto de los enfurecidos ciudadanos". Con estas palabras partió Paulo, según se dice, acompañado por los más notables hombres de entre los patricios; al cónsul plebeyo le asistan sus plebeyos amigos, más notables por su número que por la calidad de los hombres que componían la multitud. Cuando llegaron al campamento, los reclutas y los veteranos se encuadraron en un solo ejército y se dispusieron dos campamentos separados; el nuevo, que era el más pequeño, más cercano a Aníbal, mientras que en el antiguo campamento se situaron la mayor parte del ejército y las mejores tropas. Marco Atlio, uno de los cónsules del año anterior, adujo su edad y fue enviado de vuelta a Roma; el otro, Gémino Servilio, fue puesto al mando del campamento más pequeño de las legiones romanas y dos mil jinetes e infantes aliados. Aunque Aníbal vio que el ejército que se le oponía era el doble de grande que el anterior, se alegró enormemente por la llegada de los cónsules [Livio dice, literalmente, "dimidia", la mitad más; pero con anterioridad, en el capítulo 36, declara que algunos autores hacen ascender las cifras hasta ochenta y siete mil doscientos hombres, lo que serían ocho legiones más las fuerzas auxiliares; esto supone duplicar el tamaño y no aumentarlo en una mitad, de ahí nuestra traducción.-N. del T.]. Pues no sólo no le quedaba nada de su diario saqueo, sino que ya no había nada que saquear en parte alguna, pues todo el grano, no siendo ya seguro el país, había sido en su totalidad almacenado en las ciudades. Apenas le quedaban raciones de grano para diez días, como se descubrió más tarde, y los hispanos dispuestos a desertar, debido a la falta de suministros, si los romanos hubiesen dejado que el tempo madurase las cosas.

[22.41] Ocurrió un incidente que aún alentó más el temperamento impetuoso y obcecado de Varrón. Se habían enviado partidas para ahuyentar a los forrajeadores y se libró un confuso combate, en el que los soldados corrían sin un plan previo ni órdenes de sus jefes, que no resultó en absoluto favorable a los cartagineses. Resultaron muertos unos mil setecientos de ellos, las pérdidas romanas y aliadas no ascendieron a más de cien. Los cónsules mandaban en días alternos y ese día resultaba ser el turno de Paulo. Retuvo a los vencedores, que perseguían al enemigo en gran desorden, pues temía una emboscada. Varrón estaba furioso, y a voz en grito exclamó que se había permitido escapar de entre las manos al enemigo y que si no se hubiera detenido la persecución se podría haber dado término a la guerra. Aníbal no lamentó mucho sus pérdidas, por el contrario, creía que servirían de cebo a la impetuosidad del cónsul y de sus tropas recién alistadas, y que sería más temerario que nunca. Cuanto ocurría en el campamento enemigo le era tan bien conocido como lo que pasaba en el suyo propio; estaba completamente al tanto de las diferencias y discusiones entre los comandantes y de que dos tercios del ejército consistan en bisoños. La noche siguiente, seleccionó lo que consideró una posición adecuada para una emboscada, dirigió a sus hombres fuera del campamento sin nada más que sus armas, dejando atrás todas sus propiedades, tanto públicas como privadas. A continuación, ocultó la fuerza detrás de las colinas que encerraban el valle, la infantería a la izquierda y la caballería a la derecha, y llevó el tren de equipajes por el centro del valle con la esperanza de sorprender a los romanos mientras saqueaban el campamento aparentemente desierto y obstaculizado con su botín. Se dejaron ardiendo numerosos fuegos en el campamento, para dar la impresión de que deseaba mantener a los cónsules en sus respectivas posiciones hasta que hubiera recorrido una distancia considerable en su retirada. Fabio había sido engañado por la misma estratagema el año anterior.

[22.42] Conforme se hacía de día, se vio que habían retirado los piquetes y luego, al acercarse, les sorprendió el inusual silencio. Cuando quedó definitivamente claro que el campamento estaba vacío, los hombres corrieron a una hacia el pretorio donde informaron a los cónsules de que el enemigo había huido tan deprisa que se habían dejado las tiendas en pie y para asegurarse más el secreto de su huida, se habían dejado numerosos fuegos encendidos. Se levantó entonces un griterío exigiendo que se diera orden de avanzar, que se iniciara la persecución y que se saqueara inmediatamente el campamento. Uno de los cónsules se comportó como si formase parte de la multitud vociferante; el otro, Paulo, afirmaba repetidamente la necesidad de ser cautos y prudentes. Por fin, incapaz de lidiar con la multitud amotinada y su líder de cualquier otra manera, envió al prefecto Mario Estatilio con sus fuerzas de caballería lucana a efectuar un reconocimiento. Cuando hubo cabalgado hasta las puertas del campamento ordenó a sus hombres detenerse fuera de las fortificaciones y él mismo, con dos de sus soldados, entraron al campamento y tras una completa y minuciosa inspección volvieron para informar de que allí había ciertamente una treta: los fuegos se habían encendido en la parte del campamento que daba a los romanos, las tiendas estaban abiertas con todo lo de valor a la vista y en algunas zonas había visto plata tirada por las vías, como puesta a modo de botín. Lejos de disuadir a los soldados de satisfacer su codicia, como era su intención, su informe sólo la infamó más y se levantó un griterío diciendo que si no se daba la señal, irían con o sin sus generales. No obstante, no les faltó un general, pues Varrón al instante dio señal de avanzar. Paulo, que dudaba, recibió el informe de que los pollos no daban un buen augurio y ordenó que se le comunicase inmediatamente a su colega, justo cuando salía por las puertas del campamento. Varrón quedó muy molesto, pero el recuerdo de la catástrofe que sobrevino a Flaminio y la derrota naval que sufrió el cónsul Claudio la Primera Guerra Púnica le produjeron un escrúpulo religioso [se refiere Livio al cónsul Publio Claudio Pulcro que, en 249 a.C. atacó con su flota a los cartagineses en Drepanum -actual Trapani, en Sicilia-, perdiéndola casi completamente tras haber ordenado arrojar por la borda a los pollos sagrados que se habían negado a comer, signo de mal augurio.-N. del T.]. Parecía como si los propios dioses, aquel día, retrasasen más que impidiesen el destino fatal que se cernía sobre los romanos. Porque sucedió que, mientras los soldados hacían caso omiso de la orden del cónsul para llevar los estandartes de vuelta al campamento, dos esclavos, uno perteneciente a un soldado de Formia y el otro a un jinete sidicino, que habían sido capturados con las partidas de forrajeo cuando Servilio y Atlio estaban al mando, se escaparon aquel día con sus antiguos amos. Fueron llevados ante el cónsul y le dijeron que todo el ejército de Aníbal se escondía tras los montes vecinos. La oportuna llegada de estos hombres restauró la autoridad de los cónsules, aunque uno de ellos, en su ansia de popularidad, había debilitado su autoridad por su complicidad sin escrúpulos en las faltas de disciplina.

[22.43] Cuando Aníbal vio que el temerario movimiento que los romanos habían iniciado no se completaba imprudentemente y que su ardid había sido descubierto, regresó al campamento. Debido a la falta de grano no podría permanecer allí muchos días, y aparecían continuamente nuevos planes, no sólo entre los soldados, que eran una mezcla de todas las naciones, sino incluso en la mente del propio general. Los murmullos crecieron poco a poco, hasta convertirse en fuertes protestas, conforme los hombres exigían sus pagas atrasadas y se quejaban del hambre que padecían; además, se extendió el rumor de que los mercenarios, principalmente los hispanos, habían tramado una conspiración para desertar. Incluso el propio Aníbal, se dice, pensó en alguna ocasión huir con su caballería a la Galia, dejando atrás a su infantería. Discutiéndose tales planes y con este ambiente entre los hombres, decidió trasladarse a la zona más cálida de Apulia, donde la cosecha era más temprana y donde, debido a la mayor distancia del enemigo, la deserción resultaría más difícil para los cambiantes pensamientos de parte de su ejército. Como en la ocasión anterior, ordenó que se encendieran fogatas y que se dejaran unas pocas tiendas donde pudieran ser vistas, para que los romanos, suponiendo una treta similar, fuesen reacios a moverse. Sin embargo, se envió nuevamente a Estatilio con sus lucanos para hacer un reconocimiento, y lo hizo a fondo más allá del campamento y sobre las montañas. Informó de que había visto de lejos al enemigo en columna de marcha y se discutió la cuestión de la persecución. Como de costumbre, las opiniones de los dos cónsules eran opuestas, pero casi todos los presentes apoyaron a Varrón; ni una sola voz se declaró a favor de Paulo, excepto la de Servilio, cónsul el año anterior. Prevaleció la opinión de la mayoría del consejo y, por lo tanto, impulsados por el destino, marcharon para hacer famosa a Cannas en los anales de las derrotas romanas. Fue en la proximidad de esta aldea donde Aníbal fijo su campamento, de espaldas al viento Volturno [es el siroco, viento del sudeste.-N. del T.] y llena las áridas planicies de nubes de polvo. Esta disposición era muy conveniente para su campamento, y demostró luego ser extremadamente ventajosa cuando formó su orden de batalla, pues sus propios hombres, con el viento por detrás, soplando solo sobre sus espaldas, pudieron luchar contra un enemigo cegado por grandes cantidades de polvo.

[22.44] Los cónsules siguieron a los cartagineses, examinando cuidadosamente los caminos por los que marchaban, y cuando llegaron a Cannas y tuvieron a la vista al enemigo montaron dos campamentos, separados por el mismo intervalo que en Gereonio y con la misma distribución de fuerzas en cada campamento. El río Ofanto [Aufidus en el original latino.-N. del T.], que fluía entre ambos campamentos, proporcionaba un suministro de agua que los soldados tomaban como mejor podían, teniendo generalmente que luchar por ella. Los hombres del campamento más pequeño, que estaba en el otro lado del río, tenían menos dificultades para aguar, pues aquella orilla no estaba ocupada por el enemigo. Aníbal veía ahora sus esperanzas cumplidas: que los cónsules le dieran oportunidad de luchar en un terreno naturalmente adaptado a los movimientos de la caballería, el arma con la que hasta ahora había sido invencible; por consiguiente, situó su ejército en orden de batalla y trató de provocar a su enemigo al combate con repetidas cargas de sus númidas. El campamento romano se alteró otra vez con la soldadesca rebelde y los cónsules en desacuerdo; Paulo recordaba a Varrón la fatal temeridad de Sempronio y de Flaminio, Varrón le acusaba presentándole a Fabio como modelo ejemplar de jefes cobardes e inactivos y poniendo a dioses y hombres por testigos de que no era por su culpa que Aníbal, por así decir, se hubiese adueñado de Italia; tenía las manos atadas por su colega y sus soldados, furiosos y ansiosos por combatir, las tenían apartadas de sus espadas y armas. Paulo, por su parte, contestaba que si algo les sucediera a las legiones por ser conducidas temerariamente en un acto imprudente e irreflexivo, él no tendría responsabilidad en ello, aunque hubiera de compartir todas las consecuencias. "Mira", dijo a Varrón, "que aquellos que tienen las lenguas tan sueltas y dispuestas, también tengan así sus manos el día de la batalla".

[22,45] Mientras perdían así el tempo con disputas, en vez de deliberar, Aníbal retiró el grueso de su ejército, que había permanecido la mayor parte del día formado para el combate, hacia el campamento. Él envió a sus númidas, sin embargo, cruzando el río, para que atacasen a los grupos de aguada del campamento más pequeño. Apenas habían ganado la orilla opuesta, cuando ya con sus gritos y tumulto pusieron en fuga a la multitud con gran desorden, llevándolos hasta los puestos de vigilancia frente a la empalizada y casi alcanzando las puertas del campamento. Se consideró un insulto que un campamento romano fuese de tal modo aterrorizado por fuerzas irregulares que una cosa, y solo una, impidió a los romanos cruzar inmediatamente el río y formar su línea de batalla: el mando aquel día correspondía a Paulo. Al día siguiente, Varrón, a quien le correspondía, sin consultar con su colega, exhibió la señal de batalla e hizo cruzar el río a sus tropas, formadas para el combate. Paulo le siguió, pues, aunque desaprobaba la medida, estaba obligado a apoyarle. Después de cruzar, reforzaron sus líneas con las tropas del campamento menor y completaron su formación. A la derecha, que estaba más próxima al río, se situó la caballería romana y luego la infantería; en el extremo izquierdo se colocó la caballería aliada, con su infantería entre ella y las legiones romanas. Los lanzadores de jabalinas, junto con el resto de los auxiliares ligeros, formaron la primera línea. Los cónsules ocuparon sus puestos en las alas, Terencio Varrón a la izquierda y Emilio Paulo a la derecha.

[22,46] Tan pronto amaneció, Aníbal envió por delante a los baleares y la demás infantería ligera. A continuación cruzó el río en persona y, conforme cruzaba cada unidad, le asignaba su puesto en la formación. Situó a la caballería gala e hispana cerca de la orilla, en el ala izquierda, frente a la caballería romana; el ala derecha se asignó a los jinetes númidas. El centro estaba compuesto por un fuerte cuerpo de infantería, con galos e hispanos en su mitad y los africanos a cada extremo de ellos. Se pudiera pensar que la mayor parte de los africanos eran romanos, dado su completo armamento que en parte habían obtenido en el Trebia, aunque la mayoría la consiguieron en el Trasimeno. Los galos y los hispanos llevaban escudos casi iguales, aunque sus espadas eran completamente diferentes; las de los galos eran muy largas y sin punta, los hispanos, acostumbrados a pinchar más que a cortar, llevaban una manejable espada corta y punzante. Estas naciones, más que ninguna otra, inspiraban terror por la inmensidad de su estatura y su aspecto terrible: los galos iban desnudos de cintura para arriba, los hispanos habían formado con sus blancas túnicas de lino bordadas de púrpura, de un brillo deslumbrante. El número total de infantería en el campo de batalla era de cuarenta mil, con diez mil de caballería. Asdrúbal estaba al mando del ala izquierda, Maharbal de la derecha; el propio Aníbal, con su hermano Magón, mandaba el centro. Fue una gran comodidad para ambos ejércitos que el sol brillara de lado sobre ellos; fuera porque se hubieran colocado así a propósito o por accidente, los romanos miraban al norte y los cartagineses al sur. El viento, llamado por los naturales Volturno, iba contra los romanos y lanzaba grandes nubes de polvo a sus caras, haciéndoles imposible ver frente a ellos.

[22.47] Cuando se lanzó el grito de guerra, los auxiliares avanzaron corriendo y la infantería ligera dio comienzo a la batalla. Entonces, los galos e hispanos de la izquierda se enfrentaron con la caballería romana de la derecha; la batalla no era una típica de caballería, pues no había espacio para maniobrar, el río a un lado y la infantería por el otro les contenían, obligándoles a luchar de frente. Cada lado trataba de abrirse camino hacia adelante, hasta que al fin los caballos quedaron en una masa tan estrechamente apretada que los jinetes se abrazaban a sus oponentes y trataban de tirarles de sus caballos. Aquello se había convertido totalmente en un combate de infantería, fiero pero corto, y la caballería romana fue rechazada y huyó. Justo cuando terminaba este combate de caballería, la infantería se enfrentaba y, mientras galos e hispanos mantuvieron firmes sus flas, ambos bandos permanecieron igualados en fuerza y valor. Por fin, después de largo y repetidos esfuerzos, los romanos cerraron flas y mediante el peso de su profunda columna dividieron la cuña enemiga, demasiado delgada y débil como para resistir la presión y sobresaliendo del resto. Sin un momento de pausa, siguieron al temeroso enemigo en su rápida retirada. Abriéndose paso a través de la masa de fugitivos, que no ofreció resistencia, penetraron hasta llegar a los africanos que estaban colocados en ambos extremos reducidos, algo más retrasados que los galos e hispanos que habían formado el centro adelantado. Al retroceder la cuña frontal, todo el frente se alineó y, conforme siguieron cediendo terreno, se volvió cóncavo y en forma de creciente, con los africanos en cada extremo formando los cuernos. Al precipitarse incautamente los romanos entre ellos quedaban enfilados por ambas alas, que se extendían y cerraban en torno a ellos por la retaguardia. Ante esto, los romanos, que habían librado una batalla en vano, dejaron a galos e hispanos, cuyas espaldas habían destrozado, y comenzaron un nuevo combate contra los africanos. La lucha resultó desigual, no solo por estar completamente rodeados sino porque, cansados por el combate anterior, se debían enfrentar a enemigos frescos y vigorosos.

[22.48] En este momento, en el ala izquierda romana, la caballería aliada enfrentaba a los númidas, pero la lucha fue débil al principio y comenzó con a una estratagema cartaginesa. Cerca de quinientos númidas, llevando espadas ocultas bajo la coraza además de sus armas y dardos habituales, salieron de su propia línea con sus armas colgadas de la espalda como si fueran desertores, y de repente saltaron de sus caballos y arrojaron escudos y jabalinas a los pies de sus enemigos. Fueron recibidos en sus flas, se les llevó a la retaguardia y se les ordenó permanecer en silencio. Mientras la batalla se extendía por las distintas zonas del campo de batalla se mantuvieron tranquilos, pero cuando los ojos y mentes de todos estaban completamente inmersos en los combates, se apoderaron de los grandes escudos romanos que yacían por todas partes entre los montones de muertos y dieron comienzo a un furioso ataque sobre la retaguardia de la línea romana. Acuchillando espaldas y caderas, hicieron una inmensa carnicería y aumentaron todavía más el pánico y la confusión. Entre el terror y la huida en una parte del campo de batalla y la obstinada pero desesperada lucha de la otra, Asdrúbal, que estaba al mando de aquella parte, sacó algunos númidas del centro, donde el combate se mantenía débilmente, y los envió en persecución de los fugitivos, enviando al mismo tempo a la caballería hispana y gala en ayuda de los africanos, que para entonces estaban ya cansados, más de masacrar que de luchar.

[22,49] Paulo combata al otro extremo del campo de batalla. A pesar de haber sido herido de gravedad al comienzo de la acción por un proyectil de honda, se enfrentó frecuentemente Aníbal con un grupo compacto de tropas, reanudando en varios lugares la batalla. La caballería romana formó una guardia de protección a su alrededor, pero al final, como se sentía demasiado débil para manejar su caballo, todos ellos desmontaron. Se dice que cuando alguien informó a Aníbal de que el cónsul había ordenado a sus hombres combatir a pie, él comentó: "¡Qué más quisiera que me los entregasen atados!". Ahora que ya no había duda sobre la victoria del enemigo, este combate de la caballería desmontada fue como se podía esperar cuando los hombres preferían morir en sus puestos antes que huir, y los vencedores, furiosos con ellos por retrasar su victoria, los masacraron sin piedad ya que no les podían desalojar. Rechazaron, sin embargo, a unos pocos supervivientes, exhaustos por el esfuerzo y sus heridas. Se dispersaron finalmente y, los que pudieron recuperar sus caballos, huyeron. Cneo Léntulo, un tribuno militar, vio mientras cabalgaba al cónsul cubierto de sangre y sentado en una roca. "Lucio Emilio," él dijo, "el único hombre a quien los dioses debían considerar inocente del desastre de este día, toma este caballo, mientras aún te quede alguna fuerza, monta y me mantendré a tu lado para protegerte. No hagas que este día sea aún más funesto por la muerte de un cónsul, ya hay bastante luto y lágrimas incluso sin eso". El cónsul respondió: "Vive mucho para poder realizar proezas, Cornelio, pero no gastes en inútiles piedades los pocos instantes que te quedan para escapar de manos del enemigo. Ve y anuncia públicamente al Senado que deben fortificar Roma y aumentar sus defensas antes de que se aproxime el enemigo victorioso; y di en privado a Quinto Fabio que siempre recordé sus preceptos, tanto al vivir como al morir. Déjame expirar entre mis soldados muertos, que no me tenga que defender nuevamente cuando ya no sea cónsul, ni que haya de aparecer como el acusador de mi colega y proteger mi inocencia echándole a otro la culpa". Mientras se producía esta conversación, llegó de repente una multitud de ciudadanos fugitivos junto a ellos, perseguidos por el enemigo que, no reconociendo quién era el cónsul, lo abrumaron con una lluvia de proyectiles. Léntulo escapó a caballo en la confusión. Luego siguió la huida en todas direcciones; siete mil hombres escaparon hacia el campamento más pequeño, diez mil al más grande y alrededor de dos mil a la aldea de Cannas. Estos últimos fueron inmediatamente rodeados por Cartalón y su caballería, ya que el pueblo no estaba fortificado. El otro cónsul, fuera accidental o intencionadamente, no se había unido a ninguno de aquellos grupos de fugitivos y escapó junto a unos cincuenta jinetes a Venosa [antigua Venusia.-N. del T.]; se dice que murieron cuarenta y cinco mil quinientos de infantería y dos mil setecientos de caballería, casi en la misma proporción romanos que aliados. Entre aquel número se encontraban los cuestores de ambos cónsules, Lucio Atlio y Lucio Furio Bibulco, veintinueve tribunos militares, varios antiguos cónsules, pretores y ediles, entre los que se hallaban Cneo Servilio Gémino y Marco Minucio, quien fuera jefe de la caballería el año anterior y, algunos años antes, cónsul; y además de estos, ochenta hombres que habían sido senadores o habían desempañado magistraturas que les calificaban para la elección al Senado y que se habían presentado voluntarios para servir como soldados. Los prisioneros tomados en la batalla se dice que ascendieron a tres mil infantes y mil quinientos jinetes.

[22.50] Tal fue la batalla de Cannas, una batalla tan famosa como el desastre en el Alia [Libro 5,37.-N. del T.]; no fue tan grave en su resultado, por la inacción del enemigo, pero sí lo fue en mayor grado y más terrible a la vista de la masacre del ejército. Pues la huida en el Alia salvó al ejército, pese a que se perdió la Ciudad, mientras que en Cannas apenas cincuenta hombres huyeron con el cónsul y casi todo el ejército encontró la muerte en compañía del otro cónsul. Como los que se habían refugiado en ambos campamentos eran sólo una multitud indefensa y sin líderes, los hombres del campo más grande enviaron un mensaje a los otros para pedirles que cruzasen con ellos durante la noche, cuando el enemigo, cansado después de la batalla y las fiestas en honor de su victoria, estaría sumido en el sueño. Luego marcharían en un solo grupo hasta Canosa di Puglia [antigua Canusio.-N. del T.]. Algunos rechazaron la propuesta con desprecio. "¿Por qué", se preguntaban, "no pueden los que enviaron el mensaje venir ellos mismos, ya que son tan capaces de unirse a nosotros como nosotros de ellos? Porque, desde luego, todo el territorio entre nosotros está patrullado por el enemigo y prefieren exponer a otros a ese peligro mortal que exponerse ellos mismos". Otros no desaprobaban la propuesta, pero carecían de valor para llevarla a efecto. Mas Publio Sempronio Tuditano, tribuno militar, les inquirió: "¿Preferís," les dijo, "ser hechos prisioneros por el enemigo más cruel y avaricioso, y que se ponga precio a vuestras cabezas y se os estime un valor tras haberos preguntado si sois ciudadanos romanos o aliados latinos, para que otros ganen honor con vuestra miseria y desgracia? Desde luego que no, si es realmente sois compatriotas de Lucio Emilio, que eligió una muerte noble y no una vida de deshonra, y de todos los hombres valientes que están yacen en montones a su alrededor. Pero, antes de que el amanecer nos alcance y que el enemigo se reúna en mayor cantidad para bloquear nuestro camino, abrámonos paso entre los hombres que gritan en desorden y confusión a nuestras puertas. Buenas espadas y corazones valientes crearán una vía a través de los enemigos, por más apretadas que estén sus flas. Si marcháis hombro con hombro, dispersaréis esa fuerza desordenada y desligada tan fácilmente como si nada se os opusiera. Venid, pues, conmigo, cuantos se quieran preservar a sí mismos y a la república". Con estas palabras, sacó su espada, y con sus hombres en formación cerrada marcharon por el centro mismo del enemigo. Cuando los númidas lanzaron sus jabalinas sobre su derecha, el lado no protegido, pasaron los escudos al lado derecho y así consiguieron abrirse paso hasta el campamento mayor unos seiscientos que lograron escapar en tal ocasión; después, sin parar, se les unió otro grupo mayor y lograron llegar indemnes hasta Canosa di Puglia. Esta acción, por parte de los derrotados, se debió más al impulso de su valor natural o a la casualidad, que a un plan concertado o a las órdenes de alguien.

[22.51] Todos los oficiales de Aníbal le rodearon y le felicitaron por su victoria, instándole a que después de un éxito tan magnífico permitiera descansar, a él y a sus exhaustos hombres, durante el resto del día y la noche siguiente. Maharbal, sin embargo, prefecto de la caballería, pensaba que no debían perder un instante. "Por el contrario,", le dijo a Aníbal "para que sepas lo se ha ganado con esta batalla, yo te digo que en cinco días estarás celebrándola como vencedor en el Capitolio. Sígueme, yo iré por delante con la caballería, y sabrán que has llegado antes de saber que estás viniendo". Para Aníbal la propuesta era demasiado optimista e importante como para aceptarla enseguida. Le dijo a Maharbal que elogiaba su celo, pero que necesitaba tiempo para pensar en sus planes. Maharbal le respondió: "Los dioses no han dado todos sus dones a un solo hombre. Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes qué hacer con la victoria". Es creencia general que la demora de aquel día salvó la Ciudad y el imperio.

Traducción de Antonio Diego Duarte Sánchez.

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