LA BANCA CASTELLANA EN EL TORBELLINO DE LA MONARQUÍA HISPANA.

19.10.2018 16:38

                Durante la Baja Edad Media se consolidó plenamente el sistema financiero de las ferias de Castilla, que adquirió una relevancia mayor de la que a veces se ha supuesto. Para la economía castellana era un activo muy importante, aunque no contaran los banqueros y hombres de negocios castellanos con la fuerza de los genoveses.

                La política de la Monarquía, tan necesitada de dinero para la guerra, puso a la banca castellana en una situación muy apurada, que fue analizada en 1582 desde los medios de negocios de Cuenca, entonces un apreciable centro pañero y comercial.

                La economía castellana se encontraba bien trabada, y la declinación de las ferias de Medina del Campo había provocado una importante carencia de liquidez entre los mercaderes. Para evitar el pago de alcabalas, varias casas desplazaron sus actividades a plazas como la de Bilbao. Tal planteamiento sería un ejemplo madrugador de la crítica castellana a los privilegios forales de otros componentes de la Monarquía hispana.

                El descenso de los negocios expulsó hacia el exterior la formalización de muchas letras de cambio. Semejante retraimiento interior perjudicó la concesión de créditos y perjudicó la actividad económica general, que se evidenció en la recaudación fiscal. El rendimiento de las alcabalas y de los puertos secos y de la mar bajó. Se hicieron imperativas nuevas recaudaciones para cubrir los gastos, por mucho que el tesoro indiano avalara nuevos créditos, que al final debían ser pagados por los contribuyentes castellanos.

                La desanimación comercial dilató los plazos de pago de compras y devolución de préstamos. Aumentó la morosidad y la economía productiva se resintió de ello en un auténtico círculo vicioso.

                Los vínculos con las plazas internacionales de Besançon, Lyon y Amberes se resintieron de la dificultad de aceptar unos cambios dudosos, lo que dañó las oportunidades de Medina del Campo, Villalón y Medina de Rioseco. En el momento histórico en el que se iniciaba el despegue de la banca en Inglaterra y los Países Bajos, la castellana perdía fuerza de manera preocupante.

                Dentro de la misma Castilla, la actividad de los cambios se desplazó hacia centros como Alcalá de Henares y Madrid, algunos de claro carácter político. El crecimiento matritense no iría parejo al de la red urbana castellana, lo que algunos autores han puesto en relación.

                La decadencia de la banca castellana condujo a adoptar medidas legales, condenadas al fracaso a la larga. Tal fue el caso de los erarios municipales al comienzo del reinado de Felipe IV, cuando todavía se albergaban ideas de renovación.  En octubre de 1622, los prohombres de Soria se expresaron con tal conformidad:

                “En lo tocante a la erección y fundación de los erarios y montes de piedad de que tantos bienes se representan, parece se funden en la forma y manera que V. M. por su carta manda: con qué se sirva se declare que la veintena que se ha de dar para la dicha fundación haya de proceder y sea de lo que efectivamente rentaren los bienes y hacienda que cada uno tuviere, ora procedan de bienes vinculados o libres, quitando primero las cargas y deudas que cada hacienda tuviere y que en cuanto al género de personas que la tienen en trato y granjería, y no tienen renta fija hayan de pagar el mismo respecto, y conforme a él se haga la valoración que tienen en el dicho trato en granjería”

                Se pretendía forjar un sistema verdaderamente piramidal fundamentado en los hacendados castellanos, al servicio de las necesidades del Estado. Los intereses contrapuestos dieron al traste semejante proyecto. Carencias financieras, excesivos gravámenes tributarios y alteraciones del valor de las monedas condujeron a Castilla por el camino de la amargura en el siglo XVII.

                Fuentes.

                Archivo General de Simancas, Patronato Real, legajo 79 (10), 80 (425) y 85 (536).

                Víctor Manuel Galán Tendero.

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