JOSEPH PÉREZ, EL MAESTRO DE LA GUERRA DE LAS COMUNIDADES. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

10.10.2020 17:12

               

                Joseph Pérez fue un gran historiador. Supo unir la investigación con la divulgación, ganándose el favor tanto de los especialistas como del gran público. Dedicó su talento y atención especialmente a una etapa de nuestra Historia de gran interés, pero también marcada por las distorsiones, la del comienzo de la Edad Moderna. Isabel de Castilla, Fernando de Aragón, Torquemada, el cardenal Cisneros, Carlos V, Padilla, Bravo o Maldonado fueron algunos de sus protagonistas.

                Aquel investigador atento a los documentos supo verlos en su verdadera dimensión histórica, la de la formación de la Monarquía hispánica, cuyo autoritarismo suscitó no pocos problemas. La guerra de las Comunidades fue su culminación y a la misma le dedicó un estudio monumental.

                Las revoluciones tienen un atractivo especial para la historiografía, ya que descubren las tensiones y los anhelos de una sociedad que los ha ido conteniendo por largo tiempo. En cierta forma, nos permiten hacernos una idea precisa acerca de la naturaleza de tales gentes.

                Las causas profundas de una revolución, sus desencadenantes, las fuerzas sociales que las protagonizaron, sus formas de pensar, su cultura política, su desenlace y consecuencias se abordaron con meticulosidad por la historiografía francesa del siglo XX. En el país de la Marsellesa se hizo honor a la Revolución desde el punto de vista científico, lográndose un bagaje intelectual ciertamente considerable. Hijo de españoles y educado en Francia, Pérez lo aplicó con acierto al movimiento de los Comuneros.

                De sus estudios se desprende que la Castilla de comienzos del siglo XVI no era una sociedad monolítica ni condenada a seguir un camino ya prefijado. Las ideas y los intereses de los comerciantes de Burgos no eran las mismas que la de los artesanos de Segovia. Aquella Castilla variopinta no debe de ser simplificada, reducida a una serie de estereotipos ociosos.

                A la llegada de Carlos V hervía de inquietud. La regencia del cardenal Cisneros no había logrado embridar todas las tensiones y el destino de la lana marcaba distintas inclinaciones, la de los partidarios de su comercialización y la de los de su transformación artesana, simplificando mucho las cosas. Joseph Pérez nos hizo ver a muchos que la guerra de las Comunidades distó enormemente de ser una simple pataleta ante la magnificencia imperial del César Carlos. Estuvo en juego el control del poder real por los representantes del reino, en línea con el parlamentarismo de otros lugares de la Cristiandad.

                A este respecto, restituyó el valor de la tradición liberal española, la que ensalzaba a los comuneros como defensores de libertades. Él destacó una España posible, que fue abortada en un punto del camino. A este respecto, la peculiaridad española no radicaría tanto en sus componentes como en sus ritmos. Se expulsó a los judíos cuando otros reinos ya lo habían hecho, se libró una guerra revolucionaria antes que otros lo hicieran. Tal tradición contestataria pasó a las Américas, con sus comuneros del Paraguay, y no deja de mermar el discreto valor de una Leyenda Negra, de la que también se ocupó.

                Joseph Pérez nos enseñó a ver los elementos de la realidad y a apreciar la oportunidad de su momento, de la realidad del tiempo histórico. Para algunos de nosotros, su lección será imperecedera.

 

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