ILUSIONES DE UN PAÍS QUE HA TERMINADO DESILUSIONADO. Por Antonio Parra García.

24.05.2020 20:38

               

                Hubo una vez un país que vivía atormentado por su pasado. Sus guerras y sus miserias le avergonzaban ante sus vecinos. Nadie era tan desgraciado como él mismo, nadie parecía ser más tonto ni haber perdido tantas oportunidades. Sus glorias, si alguna vez las tuvo, se contenían en libros que pocos leían y los triunfos contra moros y franceses se antojaban tan lejanos como fugaces. Aquella España de hace medio siglo todavía vivía bajo Franco y muchos de sus hijos vivían en el extranjero, como exiliados o emigrantes. Todavía se contaban las crónicas de un pueblo.

                En los barrios de muchas ciudades se iban apiñando gentes con modos ancestrales, mantenidos en la intimidad familiar, y pretensiones de mejorar. España se había subido al final al carro de la industria, la carroza de la Cenicienta a la fiesta del príncipe, donde las veladas de tortilla ante la televisión hacían las delicias de grandes y menudos. En los suburbios el día a día era duro, sacrificado, pero también se soñaba con un mundo mejor.

                A la sombra de muchos miedos se perdió el temor a muchas cosas. Se llegó a la democracia parlamentaria sin una nueva guerra civil y las costumbres se relajaron. Se vivió un cambio, más allá de las consignas electorales. España ingresó en la Europa comunitaria. Nuestro rumbo se corregía y volvimos a sentirnos orgullosos. Ahora éramos extraordinarios, capaces de aleccionar a la URSS. Nuestro deporte era maravilloso, genial nuestra forma de vida y eficaz nuestra economía. El león español tenía bien afiladas las garras.

                Alzamos nuestra torre de Babel por obra y gracia de la burbuja inmobiliaria. Atrajimos a miles de inmigrantes y de turistas. Nada nos frenaría. Tirios y troyanos creyeron todo aquello con ingenuidad. Ignoramos que algún día vendría el futuro con nosotros a tomar café.

                El desnutrido país de antaño había ingerido demasiado estupefaciente en su frenética ruta del bacalao, dejándose por el camino la industria y la educación eficiente. Bajo su sol gozaron oligarcas del ladrillo y la gestión. Aquel intenso verano tocó a su fin en el 2007.

                El barco se hundía y muchos, demasiados, gritaron el sálvese quien pueda. Los estudiantes de inciertísimo porvenir, los sufridos profesionales y los catalanistas pidieron otro estado de cosas. Nuestro sistema político se conmovía, subía el paro.

                En medio de una crisis mundial, España no terminó hundiéndose del todo, pero las reclamaciones catalanistas de independencia trajeron movilizaciones y disputas, que quizá hayan servido de escuela. El coronavirus ha atacado un organismo frágil, con muchas discrepancias políticas y demasiadas dependencias económicas. Ya veremos qué sucede. Esperemos que nuestras desilusiones estén tejidas de la misma materia etérea que nuestras ilusiones y una favorable realidad quizá más terca, más tenaz, menos aparente se imponga. Lo cierto es que en este 2020 no vivimos tiempos históricos vulgares y España vuelve a vivir uno de sus vaivenes anímicos.

    

 

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