DOCUMENTO HISTÓRICO. Hannibal conquista Saguntum, el motivo de la 2ª Guerra Púnica (218 aC) , por Tito Livio (aportado por Javier Jordá)

29.05.2014 23:09

[21.6] La guerra no había sido formalmente declarada en contra de esta ciudad, pero ya había motivos para ella. Las semillas de la disputa estaban siendo sembradas entre sus vecinos, sobre todo entre los turdetanos. Dado que el objetivo de quien había sembrado la discordia no era, simplemente, arbitrar en el conflicto, sino instigar y provocar los disturbios, los saguntinos enviaron una delegación a Roma para pedir ayuda ante una guerra que se aproximaba inevitablemente. Los cónsules, en aquel momento, eran Publio Cornelio Escipión y Tiberio Sempronio Longo [hay aquí un error cronológico por parte de Tito Livio; estos cónsules lo fueron el 218 a.C., mientras que los hechos que narra sucedieron entre otoño del 220 a.C. y primeros de 218 a.C.- N. del T.]. Tras presentar a los embajadores, invitaron al Senado a que expusiera su opinión sobre qué política debía ser adoptada. Se decidió que se enviarían legados a Hispania para investigar las circunstancias y, si lo consideraban necesario, para advertir a Aníbal de que no interfiriese con los saguntinos, que eran aliados de Roma; luego deberían cruzar a África y exponer ante el consejo cartaginés las quejas que aquellos tenían. Pero antes de que partiese la legación, llegaron noticias de que el asedio de Sagunto había, en realidad y para sorpresa de todos, comenzado. Todas las circunstancias del asunto debían ser reexaminadas por el Senado; algunos estaban a favor de considerar campos de acción separados África e Hispania y pensaban que se debía proceder a la guerra por tierra y mar; otros creían que se debía limitar la guerra solamente a Aníbal en Hispania; otros más eran de la opinión de que una tarea tan enorme no debía ser afrontada con prisas y que debían esperar el regreso de la legación de Hispania. Esta última opinión parecía la más segura y fue la adoptada, enviándose a los delegados Publio Valerio Flaco y Quinto Bebio Tánflo sin más dilación ante Aníbal. Si se negaba a abandonar las hostilidades, debían seguir hasta Cartago para pedir la entrega del general en compensación por su violación del tratado.

[21.7] Mientras pasaban estas cosas en Roma, el asedio de Sagunto se proseguía con el mayor vigor. Esa ciudad era, con mucho, la más rica de todas la de más allá del Ebro; estaba situada a una milla de la costa [1480 metros.- N. del T.]. Se dice que fue fundada por colonos de la isla de Zacinto, con algún añadido de rútulos de Ardea [Zacinto es una isla jónica y Ardea era colonia romana desde el 442 a.C., ver libro 4,11.- N. del T.]. En poco tiempo, sin embargo, alcanzó gran prosperidad, en parte por su terra y por el comercio marítimo y en parte por el rápido aumento de su población, y también por mantener una

gran integridad política que le llevaba a actuar con aquella lealtad para con sus aliados que le llevaría a su ruina. Tras efectuar sus correrías por todo el territorio, Aníbal atacó la ciudad desde tres puntos distintos. Había un ángulo de la muralla que miraba sobre un valle más abierto y nivelado que el resto del terreno que rodeaba la ciudad, y aquí decidió colocar sus manteletes para proteger la aproximación de los arietes contra los muros. Pero aunque el terreno, hasta una distancia considerable de la muralla, era lo bastante nivelado como para admitir el acarreo de los manteletes, se encontraron con que, una vez hecho esto, no obtuvieron ningún progreso. Una enorme torre dominaba el lugar, y la muralla, estando aquí más expuesta a un ataque, se había elevado aún más que el resto de fortificaciones. Como la situación tenía un especial peligro, pues la resistencia ofrecida por un grupo selecto de defensores era de lo más resuelta. Al principio se limitaban a contener al enemigo lanzando proyectiles y haciéndoles imposible seguir operando con seguridad. Conforme pasaba el tempo, sin embargo, sus armas ya no destellaron sobre los muros o sobre la torre, sino que se aventuraron a efectuar una salida y atacar los puestos de avanzada y las obras de asedio enemigas. En el tumulto de estos choques los cartagineses perdieron casi tantos hombres como los saguntinos. El mismo Aníbal, acercándose a la muralla un tanto imprudentemente, cayó gravemente herido en la parte frontal del muslo por una jabalina, y tal fue la confusión y la consternación que esto produjo que los manteletes y obras de asedio casi fueron abandonados.

[21.8] Durante unos pocos días, hasta que sanó la herida del general, hubo más un bloqueo que un asedio ofensivo y durante este intervalo, aunque se dio un respiro en el combate, los trabajos de asedio y aproximación siguieron sin interrupción. Cuando la lucha se reanudó fue más feroz que nunca. A pesar de las dificultades del terreno, los manteletes se adelantaron y se colocaron los arietes contra las murallas. Los cartagineses tenían superioridad numérica (se cree con bastante certeza que pudieran haber sido ciento cincuenta mil hombres en armas), mientras que los defensores, obligados a vigilar y defenderse en todas partes, veían disipadas sus fuerzas y encontraban su número insuficiente para la tarea. Las murallas estaban siendo machacadas por los arietes, y en muchos lugares se había derrumbado. Una parte, en la que se había derrumbado un tramo bastante continuo de lienzo, dejó expuesta la ciudad; tres torres, en sucesión, y toda la muralla entre ellas, cayeron con tremendo estrépito. Los cartagineses, tras aquel derrumbe, consideraron la ciudad tomada, y ambos bandos se precipitaron por la brecha como si esta solo hubiese servido para protegerles a unos de otros. No se produjo ninguno de aquellos combates inconexos que acontecían cuando se asaltaba una ciudad y cada parte tenía oportunidad de atacar a la otra. Los dos cuerpos de combatientes se enfrentaron entre sí en el espacio entre la muralla en ruinas y las casas de la ciudad, en formación cerrada como si hubieran estado en campo abierto. De un lado estaba el coraje de la esperanza, del otro el valor de la desesperación. Los cartagineses creían que con un poco de esfuerzo por su parte, la ciudad sería suya; los saguntinos oponían sus cuerpos como un escudo para su patria, despojada ahora de sus murallas; ni un hombre cedió un palmo, por miedo a dejar entrar al enemigo por el hueco que él abría. Cuando más se encendía y se estrechaba el combate, mayor era el número de los heridos, pues ningún proyectil caía inocuo sobre las flas de la multitud. El proyectil empleado por los saguntinos era la falárica, una jabalina con un asta de abeto y redondeada hasta la punta donde sobresalía el hierro que, como en el pilo, tenía la punta de hierro de sección cuadrada. Esta parte estaba envuelta en estopa y untada con pez; la punta de hierro tenía tres pies de largo [88,8 centímetros.- N. del T.] y podía penetrar tanto la armadura como el cuerpo. Incluso si sólo quedaba atrapada en el escudo y no alcanzaba el cuerpo, era un arma de lo más formidable porque, cuando se lanzaba con la punta prendida en llamas, el fuego se avivaba con un calor feroz al atravesar el aire y obligaba al soldado a arrojar su escudo y quedar indefenso contra el ataque subsiguiente.

[21.9] El conflicto había transcurrido durante mucho tiempo sin ventaja para ningún bando; el valor de los saguntinos crecía conforme se veían mantener una inesperada resistencia, mientras los cartagineses, incapaces de vencer, empezaban a verse a sí mismo como derrotados. De repente, los defensores, lanzando su grito de guerra, expulsaron al enemigo más allá de la muralla en ruinas; allí, tropezando y en desorden, se vieron rechazados aún más atrás y, puestos finalmente en fuga, huyeron hasta su campamento. Entre tanto, se había anunciado que habían llegado embajadores desde Roma. Aníbal envió mensajeros al puerto para encontrarse con ellos e informarles de que no les resultaría seguro seguir más lejos, a través de tantas tribus salvajes en armas, y que Aníbal, en el crítico estado actual de

cosas, no tenía tempo de recibir embajadas. Era seguro que si no les recibía marcharían a Cartago. Por lo tanto, se adelantó enviando mensajeros con una carta dirigida a los dirigentes del partido bárquida, alertando a sus seguidores y en previsión de que el otro partido hiciera concesiones a Roma.

[21.10] El resultado fue que, aparte de ser recibida y escuchada por el Senado cartaginés, la embajada concluyó su misión con un fracaso. Solo Hanón, en contra de todo el Senado, se manifestó a favor de observar el tratado, y su discurso fue escuchado en silencio por respeto a su autoridad personal, no porque sus oyentes aprobasen sus sentimientos. Apeló a ellos en nombre de los dioses, que eran los testigos y árbitros de los tratados, para que no provocaran la guerra con Roma además de la que ya tenían con Sagunto. "Os insté," dijo, "y advertí para que no enviaseis al hijo de Amílcar al ejército. Ni los manes ni los descendientes de aquel hombre podían descansar; mientras viviera un descendiente de la sangre y nombre de los Barca, nuestros tratados con Roma nunca se respetarían. Habéis enviado al ejército, como echando combustible al fuego, a un joven consumido por la pasión del poder soberano y que reconoce que el único camino para alcanzarlo pasa por una vida rodeado de legiones en armas y removiendo constantemente nuevas guerras. Sois vosotros, por tanto, los que habéis alimentado este fuego que ahora os abrasa. Vuestros ejércitos están asediando Sagunto, al que los términos del tratado prohíben acercarse; antes que después, las legiones de Roma asediarán Cartago, conducidas por los mismos generales y bajo la misma guía divina con que vengaron vuestra ruptura de las cláusulas del tratado en la última guerra. ¿Sois ajenos al enemigo, a vosotros mismos, a la suerte de ambas naciones? Ese digno comandante vuestro rehusó recibir a los embajadores que venían de parte y en nombre de sus aliados; convirtió en nada el derecho de gentes. Esos hombres, rechazados de un lugar al que no se negaba el acceso ni a los embajadores del enemigo, han llegado ante nosotros; piden la satisfacción que prescribe el tratado; exigen la entrega del culpable para que el Estado pueda quedar limpio de toda mancha de culpa. Cuanto más tarden en tomar una decisión, en dar comienzo a la guerra, más determinados estarán y más persistirán, me temo, una vez empiece la guerra. Recordad las islas Égates y en Érice y todo lo que habéis pasado durante veinticuatro años [se refiere aquí Livio a la derrota naval del 241 a.C. en las Égates, junto a Sicilia, y la pérdida del monte Érice en la misma isla siciliana.- N. del T.]. Este muchacho no estaba al mando entonces, sino su padre Amílcar, un segundo Marte según sus amigos nos quieren hacer creer. Pero rompimos el tratado, entonces, igual que lo hemos hecho ahora; no apartamos en aquel momento nuestras manos de Tarento o, lo que es lo mismo, de Italia más de lo que las apartamos ahora de Sagunto; y así los dioses y los hombres unidos nos derrotarán y la cuestión en disputa, es decir, qué nación ha roto el tratado, se determinará mediante el resultado de la guerra que, como juez imparcial, pondrá la victoria del lado que tenga la razón. Es contra Cartago hacia donde conduce ahora Aníbal sus manteletes y torres, son las murallas de Cartago las que machaca con sus arietes. Las ruinas de Sagunto, ¡ojalá sea yo un falso profeta!, caerán sobre nuestras cabezas, y la guerra que se inició contra Sagunto habrá de proseguirse contra Roma".

"'¿Debemos entonces entregar a Aníbal?', dirá alguno. Soy consciente de que, por lo que a él se refiere, mi consejo tendrá poco peso debido a mis diferencias con su padre; pero en aquel momento me alegré al saber de la muerte de Amílcar, que si estuviera ahora vivo ya estaríamos en guerra con Roma, y ahora no siento nada más que odio y aborrecimiento por este joven, el loco incendiario que prenderá esta guerra. No sólo mantengo que se le debe entregar en expiación por la ruptura del tratado sino que, incluso aunque no se hubiera presentado demanda alguna para entregarle, considero que se le debe deportar al rincón más alejado de la Tierra, exiliado a algún lugar donde no nos alcance noticia alguna de él, ninguna mención de su nombre, y donde le resulte imposible perturbar el bienestar y la tranquilidad de nuestro Estado. Esto es, pues, lo que propongo: Que se envíe de inmediato una embajada a Roma para informar al Senado de nuestro cumplimiento de cuanto exigen, y una segunda a Aníbal ordenándole que retire su ejército de Sagunto y que se entregue luego a los romanos, de acuerdo con los términos del tratado; y propongo también que una tercera delegación sea enviada para compensar a los saguntinos".

[21.11] Cuando Hanón se sentó nadie consideró necesario dar ninguna respuesta, tan absolutamente estaba el Senado, a una, del lado de Aníbal. Acusaron a Hanón de hablar en un tono más hostilmente intransigente del que había empleado Valerio Flaco, el embajador romano. La respuesta que se decidió dar a las demandas romanas fue que la guerra había sido iniciada por los saguntinos, no por Aníbal, y que el pueblo romano cometería un acto de injusticia si tomaban parte por los saguntinos contra sus antiguos aliados, los cartagineses[debe recordarse que, más allá de la leyenda que relaciona a Dido, reina de Cartago, con Eneas, el 509 a.C. se había firmado un tratado entre ambas ciudades y otro en el 348 a.C.; ver Libro 7,27.- N. del T.]. Mientras que los romanos perdían el tempo enviando embajadores, las cosas permanecían tranquilas alrededor de Sagunto. Los hombres de Aníbal estaban fatigados por los combates y las labores de asedio, y tras situar destacamentos de guardia junto a los manteletes y las demás máquinas militares, concedió a su ejército unos días de asueto. Empleó este intervalo en animar el valor de sus hombres incitándoles contra el enemigo y encendiéndoles con la perspectiva de recompensas. Después que él hubiera concedido, en presencia de sus tropas reunidas, que el botín de la ciudad se les daría a ellos, estaban en un estado tal de excitación que si hubiera dado en ese instante la señal parecería imposible que nadie les resistiese. En cuanto a los saguntinos, a pesar de que tuvieron un respiro del combate durante algunos días, sin hacer ni recibir ataques, se dedicaron a reforzar sus defensas continuamente, de día y de noche, de manera que completaron una nueva muralla en el lugar donde la caída de la antigua había dejado expuesta a la ciudad.

 

El asalto se reanudó con mayor vigor que nunca. Por todas partes resonaba un clamor de gritos confusos, de manera que resultaba difícil determinar dónde se debían prestar refuerzos más rápidamente o dónde eran más necesarios. Aníbal estuvo presente en persona para alentar a sus hombres, que llevaban una torre sobre rodillos que sobrepasaba todas las fortificaciones de la ciudad. Se habían colocado catapultas y ballestas en todos sus pisos y, tras acercarla a las murallas, las limpió de defensores. Aprovechando su oportunidad, Aníbal ordenó a unos quinientos soldados africanos que minaran la muralla con dolabras [ver libro 9,37.- N. del T.], una tarea fácil pues las piedras no estaban fijadas con cemento, sino con capas de barro entre las hileras, según el modo antiguo de construir. La mayor parte de ella, por lo tanto, caía conforme se cavaba, y a través de los huecos entraron los guerreros armados en la ciudad. Se apoderaron de cierto terreno elevado y, tras concentrar allí sus catapultas y ballestas, las encerraron con un muro para disponer de un castillo, de hecho, dentro de la ciudad, que la dominase como una ciudadela. Los saguntinos, por su parte, construyeron una muralla interior alrededor de la parte de la ciudad que aún no había sido capturada. Ambas partes siguieron fortificándose y combatiendo con la mayor energía, pero, al tener que defender la parte interior de la ciudad, los saguntinos reducían continuamente sus dimensiones. Además de esto, hubo una creciente escasez de todo conforme se prolongaba el asedio y disminuía la expectativa de ayuda externa; los romanos, su única esperanza, estaban demasiado lejos y todo lo que había a su alrededor estaba en manos enemigas. Durante unos días, los decaídos ánimos revivieron por la repentina partida de Aníbal en una expedición contra los oretanos y los carpetanos. La forma rigurosa en que se habían alistado las tropas de estas dos tribus produjo gran malestar y habían mantenido a los oficiales que supervisaban el alistamiento prácticamente como prisioneros. Se temía una revuelta general, pero la rapidez de los inesperados movimientos de Aníbal les tomó por sorpresa y abandonaron su actitud hostil.

[21.12] El ataque contra Sagunto no se debilitó; Maharbal, el hijo de Himilcón, a quien Aníbal había dejado al mando, prosiguió las operaciones con tal energía que la ausencia del general no fue sentida ni por amigos ni por enemigos. Luchó con éxito en varias acciones y con la ayuda de tres arietes derribó una porción considerable de muralla; al regreso de Aníbal le mostró el terreno cubierto por los derrumbes. El ejército fue llevado en seguida al asalto de la ciudadela; dio comienzo un desesperado combate, con grandes pérdidas por ambas partes, y se capturó una porción de la ciudadela. Se hicieron luego intentos por conseguir la paz, aunque con muy pocas esperanzas de éxito. Dos hombres se encargaron de la misión, Alcón, un saguntino, y Alorco, un hispano. Alcón, pensando que sus ruegos pudieran tener algún efecto, cruzó hacia donde estaba Aníbal por la noche, sin el conocimiento de los saguntinos. Cuando vio que no iba a conseguir nada con sus lágrimas y que las condiciones ofrecidas eran duras y severas, como las de un vencedor exasperado por la resistencia, abandonó el papel de suplicante y desertó al enemigo, alegando que cualquiera que presentase a los sitiados aquellos términos encontraría la muerte. Las condiciones consistan en que restituyesen sus propiedades a los turdetanos, que entregasen todo el oro y la plata y que los habitantes saliesen con una sola prenda de ropa y morasen donde los cartagineses les ordenaran. Como Alcón insistiera en que los saguntinos no aceptarían la paz en tales términos, Alorco, convencido, como dijo, de que cuando todo lo demás se ha perdido también se pierde el valor, se encargó de mediar por una paz bajo aquellas condiciones. Por entonces, él era uno de los soldados de Aníbal, pero fue reconocido como huésped y amigo por la ciudad

de Sagunto. Comenzó su misión, entregó su arma ostensiblemente a la guardia, cruzó las líneas y fue llevado, tras solicitarlo, ante el pretor de Sagunto. Una multitud, procedente de todas las clases sociales, se reunió prontamente y tras haberse despejado el paso, Alorco fue llevado en audiencia ante el Senado. Se les dirigió en los siguientes términos:

[21.13] "Si vuestro conciudadano, Alcón, hubiera mostrado la misma valentía para traeros de vuelta las condiciones por las que Aníbal os concede la paz que la que demostró al ir junto a él a pedirla, este viaje mío habría sido innecesario. No vengo ante vosotros ni como defensor de Aníbal ni como desertor. Pero ya que él se ha quedado con el enemigo, sea por vuestra culpa o por la suya, por la suya si su miedo era fingido o por la vuestra si quienes os dicen la verdad arriesgan la vida, he venido hasta vosotros por los viejos lazos de hospitalidad que existe hacen tanto entre nosotros, para no dejaros en la ignorancia del hecho de que existen ciertas condiciones mediante las que podéis aseguraros la paz y conservar vuestras vidas. Ahora bien, que es por vuestro bien y no en nombre de cualquier otra persona lo que ahora diré se demuestra por el hecho de que, mientras tuvisteis la fuerza para sostener una resistencia con éxito y esperanzas de recibir ayuda de Roma, nunca dije una sola palabra sobre acordar la paz. Pero ahora que ya no esperáis nada de Roma, ahora que ni vuestras armas ni vuestras murallas bastan para protegeros, os traigo una paz más forzada por vuestra necesidad que recomendable por la justeza de sus condiciones. Así las esperanzas de paz, por débiles que sean, dependen de que aceptéis como hombres conquistados los términos que Aníbal, como conquistador, impone, y que no consideréis lo que os toma como un daño, pues todo queda a la merced del vencedor, sino que veáis cuanto os deja como un regalo suyo. La ciudad, cuya mayor parte yace en ruinas, y cuya mayor parte él ha capturado, os la quita; vuestros campos y tierras os los deja; y él os asignará un lugar donde podréis construir una nueva ciudad. Ordena que todo el oro y la plata, tanto el perteneciente al Estado como el de los individuos privados, se le entregue; a vuestras familias y a vuestras esposas e hijos les garantiza la inviolabilidad a condición de que consintáis en abandonar Sagunto con solo dos piezas de ropa [nótese la suavización de las condiciones de Aníbal desde el párrafo anterior, en que solo se les permite conservar un vestido por persona.- N. del T.] y sin armas. Estas son las demandas de vuestro enemigo victorioso; pesadas y amargas como resultan, vuestra miserable situación os urge a aceptarlas. No carezco de esperanzas de que, cuando todo haya pasado a su poder, él relaje algunas de estas condiciones, pero considero que aún así debéis someteros a ellas en vez de permitir que seáis masacrados y que vuestras esposas e hijos sean capturados y arrebatados ante vuestros ojos".

[21.14] Una gran multitud se había ido reuniendo poco a poco para escuchar al orador, y la Asamblea Popular se había mezclado con el Senado; los principales ciudadanos, sin advertencia previa, se retiraron sin dar ninguna contestación. Recogieron todo el oro y la plata, tanto de procedencia pública como privada, lo llevaron al Foro donde habían dispuesto apresuradamente un fuego, arrojándolo todo a las llamas y saltando luego la mayoría de ellos en ellas. El terror y la confusión que esto produjo en toda la ciudad se vieron acentuados por el ruido de un tumulto que venía en dirección de la ciudadela. Una torre, tras mucho maltrato, había caído, y por la brecha abierta por este derrumbe avanzó al ataque una cohorte cartaginesa que indicó a su comandante que los puestos de avanzada y las guardias habían desaparecido y que la ciudad estaba sin protección. Aníbal pensó que debía aprovechar la oportunidad y actuar con prontitud. Atacando con toda su fuerza, se apoderó de la ciudad en un momento. Se habían dado órdenes de matar a todos los jóvenes; una orden cruel, pero inevitable en aquellas circunstancias, como luego se vio; pues ¿a quién habría sido posible perdonar de los que se encerraron con sus esposas e hijos y quemaron sus casas sobre ellos, o que si luchaban lo harían hasta la muerte?

[21.15] Se encontró una enorme cantidad de botín en la ciudad capturada. Aunque la mayor parte de este había sido deliberadamente destruido por sus propietarios y los enfurecidos soldados apenas hicieron distinción de edad en la masacre general, y tras entregarles todos los prisioneros, aún así es seguro que se consiguió alguna cantidad por la venta de los bienes que se capturaron, siendo enviados los muebles y vestidos más valiosos a Cartago. Algunos autores afirman que Sagunto fue tomada al octavo mes de asedio y que Aníbal llevó a su fuerza desde allí hasta Cartagena para invernar, ocurriendo su llegada a Italia cinco meses después. De ser así, resulta imposible que hubieran sido Publio Cornelio y Tiberio Sempronio los cónsules ante quienes fueron enviados los embajadores saguntinos al principio del asedio y que, después, estando aún en el cargo, combatieron contra Aníbal, uno de ellos en el Tesino [Ticino en el original latino.- N. del T.] y los dos, un poco después, en el Trebia. O sucedieron todos

estos sucesos en un periodo más corto o no dio comienzo el asedio al empezar su año en el cargo -218 a.C.-, sino que fue entonces cuando se tomó la ciudad. Porque la batalla del Trebia no pudo haber tenido lugar tan tarde como en el año en que Cneo Servilio y Cayo Flaminio detentaron el cargo -217 a.C.-, pues Cayo Flaminio tomó posesión de su consulado en Rímini [Ariminum en el original latino.- N. del T.] y su elección se celebró bajo el cónsul Tiberio Sempronio, que llegó a Roma tras la batalla del Trebia para celebrar las elecciones consulares y, tras hacerlo, volvió junto a su ejército en los cuarteles de invierno.

[21.16] Los embajadores que habían sido enviados a Cartago, a su regreso a Roma, informaron del espíritu hostil que se respiraba. Casi el mismo día en que regresaron llegó la noticia de la caída de Sagunto, y fue tal la angustia del Senado por el cruel destino de sus aliados, tal fue su sentimiento de vergüenza por no haberles enviado ayuda, su ira contra los cartagineses y su inquietud por la seguridad del Estado, pues les parecía como si el enemigo estuviese ya a sus puertas, que no se sentían con ánimos para deliberar, agitados como estaban por tan contradictorias emociones. Había motivos suficientes para la alarma. Nunca se habían enfrentado a un enemigo más activo ni más combativo, y nunca había estado la república romana más falta de energía ni menos preparada para la guerra. Las operaciones contra los sardos, corsos e istrios, además de aquellas contra los ilirios, habían sido más una molesta que un entrenamiento para los soldados de Roma; contra los galos se mantuvo una lucha inconexa más que una guerra en regla. Pero los cartagineses, un enemigo veterano que durante veintitrés años había prestado un duro y áspero servicio entre las tribus hispanas, y que siempre había salido victorioso, acostumbrados a un general vigoroso, estaban ahora cruzando el Ebro, recién saqueada una muy rica ciudad, y traían con ellos a todas aquellas tribus hispanas, ansiosas de pelea. Estas levantarían a las distintas tribus galas, que siempre estaban dispuestas a tomar las armas; los romanos tendrían que luchar contra todo el mundo y combatir ante las murallas de Roma".

Traducción de Antonio Diego Duarte Sánchez.

 

 

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