GUERRA NUCLEAR EN EL CINE ESTADOUNIDENSE. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

26.05.2020 17:39

 

                La Historia dio un vuelco trágico cuando en 1945 se lanzaron las bombas atómicas contra Japón. El arma nuclear fue tempranamente considerada tan fatal como letal y marcó la angustiosa atmósfera de la Guerra Fría. El conflicto entre las grandes potencias no terminaría al modo de los anteriores, con vencedores y vencidos, sino en un verdadero apocalipsis.

                Estados Unidos no renunció a su arsenal nuclear. Durante décadas, se encontró atrapado en el dilema atómico. No se deberían emplear armas nucleares, pero tampoco se podía renunciar a las mismas en la competición con la URSS. Tras la II Guerra Mundial, su Estado había logrado una fuerza de la que carecía anteriormente y su ciudadanía expresaría vivos deseos de mejorar sus vidas, de cambiar. El choque entre los imperativos políticos y los afanes de libertad se haría cada vez más evidente a lo largo de los años.

                Hollywood, la Meca del cine, tomó parte activa en estas cuestiones, como ya lo hiciera durante la II Guerra Mundial. Sus películas, algunos verdaderos clásicos de la cultura contemporánea, nos presentan los miedos y las esperanzas de los Estados Unidos encadenados a la roca atómica.

                La contundente fuerza de la energía nuclear fue ponderada en La guerra de los mundos (1953), dirigida por Byron Haskin. En este clásico de la ciencia ficción, los invasores marcianos son capaces de resistir a la radiación de las bombas de USA y de proseguir su guerra de conquista, hasta ser detenidos por las bacterias terrestres. La fuerza alzada por el orgullo humano no es capaz de alcanzar la de la Creación.

                De ser un simple elemento, el tema nuclear ganó protagonismo a fines de los años cincuenta. En 1958 se inició el programa espacial estadounidense y en 1960 el mundo se sobresaltó con el derribo del avión espía estadounidense U-2 sobre territorio soviético. La guerra podía iniciarse en cualquier momento a ojos de la opinión pública, más allá de los informes confidenciales del Alto Mando.

                Stanley Kramer rodó en 1959 La hora final, adaptando la novela de Nevil Shute. Su visión de la guerra nuclear contempla una Australia libre temporalmente de radiación, donde los últimos seres humanos aguardan a su extinción, al llegar las nubes nucleares. Su grito final a favor de la cordura de la paz, en una ciudad que opta mayoritariamente por la eutanasia, es ciertamente impactante.

                Precisamente, la pérdida del sentido común y de la confianza en un progreso ordenado, asociado ingenuamente a la Era Victoriana, fue denunciada por otro maestro de la ciencia ficción, George Pal, en El tiempo en sus manos (1960). Basada en otra célebre novela de H. G. Wells, su protagonista de 1900 observa desde su máquina del tiempo la guerra nuclear de 1967 y el destino de los descendientes de los supervivientes muchos siglos más tarde, divididos entre gentes aborregadas y sus depredadores caníbales del mundo subterráneo infernal. A su modo, recuerda al Benedetto Croce que criticó la aparición del militarismo alemán que hizo trizas los sueños liberales de la unificación italiana.

                El tiempo de la Gran barbacoa tocaba a su fin y los estadounidenses se plantearon embarazosas preguntas sobre su sistema político y su forma de vida. En una película histórica de la talla de Espartaco de Stanley Kubrik y Kirk Douglas (1960) emergía con fuerza la lucha por los derechos civiles, denunciándose algunos de los entresijos más oscuros de una República imperial, cuestión que se desarrollaría con brillantez en Tempestad sobre Washington (1962) del cardenal Otto Preminger o en la inquietante cinta del mismo año El mensajero del miedo, dirigida por John Frankenheimer y protagonizada por Frank Sinatra.

                Este espíritu crítico se encararía resueltamente con la amenaza nuclear tras la dramática Crisis de los Misiles de octubre de 1962, llevada a la pequeña y a la gran pantalla en numerosas ocasiones. El asesinato de J. F. Kennedy el 22 de noviembre de 1963 añadió no escasa angustia al espíritu público estadounidense.

                De 1964 datan tres grandes películas: ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú de Kubrik, Siete días de mayo de Frankenheimer y Punto límite de Sidney Lumet. En la primera, la paranoia militar pone en marcha una rueda fatal que concluye en hecatombe, la misma paranoia que en Siete días de mayo pretende imponer en Washington el gobierno de un general, con la complicidad sintomática de altos mandos destinados en Gibraltar y en la España de Franco. En estas películas resuena la voz de Eisenhower advirtiendo sobre la peligrosa influencia del complejo industrial-militar. Si Estados Unidos no terminaba incinerado en una guerra atómica, podía verse privado de sus libertades más apreciadas, podía perder su verdadera alma. Para evitar la aniquilación total, se sacrifica en Punto límite la misma Nueva York  a cambio de la destrucción involuntaria de Moscú. En sentido goyesco, el sueño de la razón engendra monstruos y las armas nucleares, en una verdadera anticipación de Terminator, imponen su cruel ley a unos humanos obcecados por los cálculos de posibles ganancias, bien ilusorias.

                El mensaje era claro. Se debía evitar la guerra nuclear. Sus consecuencias serían funestas y más allá de lo más tangible la ciencia ficción volvería a recordarlo en tiempos de Contracultura y rebeldía. En el soberbio y perturbador final de El planeta de los simios (1968) la evolución natural ha sido trastocada a la sombra de una mutilada Estatua de la Libertad. Por aquellos años, Charlton Heston protagonizó distintas distopías, como El último hombre vivo (1971), en el que la variante de la guerra bacteriológica desatada entre la URSS y China condena al mundo al apocalipsis más sórdido.

                Con la II Guerra Fría y el auge de los movimientos pacifistas en los años ochenta, la denuncia de las armas nucleares volvió a manifestarse en el cine. En 1983 se estrenaron El día después y Juegos de guerra. Mientras que en la primera asistimos a cómo el horror nuclear alcanza el interior de Estados Unidos, en la segunda llegamos a la misma conclusión que el gran ordenador, todos perderán la guerra atómica.

                La disolución en 1991 de la URSS puso fin a la Guerra Fría sin el tan temido intercambio de misiles. Entonces comenzó otro tiempo distinto al del clásico Equilibrio del Terror, en el que la amenaza nuclear podía ser esgrimida por numerosos grupos terroristas. Del recuerdo de aquellos tiempos recios de la Guerra Fría nos queda una discreta película de gusto retro, Buscando a Eva de Hugh Wilson, en el que el hijo de unos científicos del tiempo de la Crisis de los Misiles emerge desde su refugio antinuclear de su infancia a los cambiados Estados Unidos de 1999.

                La espada de Damocles atómica contuvo en numerosas ocasiones la respiración de la ciudadanía estadounidense. Perturbó su vida política y entró a formar parte de su cultura popular, con imágenes tan icónicas como las del vaquero montado en una bomba recién lanzada. El mensaje de su cine, más allá de circunstancias históricas puntuales, nos habla de la necesidad de mantener la sensatez de la paz y alejar la locura de la guerra.

                    

 

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