GUERRA ENTRE IMPERIOS, GRAN BRETAÑA CONTRA ESPAÑA (1739-48).

10.02.2019 11:01

                España y Gran Bretaña, dos grandes potencias coloniales, se enfrentaron entre 1739 y 1748. No fue precisamente la primera vez ni sería la última, pues ambas mantenían una fuerte rivalidad. Tras la guerra de Sucesión, los británicos se hicieron con el control de Gibraltar y Menorca. También consiguieron el asiento o provisión de esclavos africanos a los dominios americanos de España, que les permitió enviar un navío de permiso con mercancías propias allí. Para el sistema comercial monopolista español era una importante brecha.

                La encargada de tales negocios fue la Compañía del Mar del Sur, patrocinada por el ministro de Hacienda Robert Harley. Los comerciantes británicos y los funcionarios españoles tuvieron lucrativos tratos entre 1717 y 1728, por lo que la posibilidad de guerra se alejó por aquel tiempo. Algunos historiadores han sostenido que se trató de una verdadera posibilidad de entendimiento entre ambos imperios, en particular para las colonias británicas de la América del Norte.

                Sin embargo, la situación no era favorable en otras cuestiones. El corte de palo en la América Central por los británicos, las trabas puestas a los pescadores españoles en el banco pesquero de Terranova y los avances británicos desde las Carolinas en dirección a la Florida española, origen de Georgia, provocaron desavenencias serias.

                La situación también se fue deteriorando en el aspecto comercial. Los políticos españoles deseaban reforzar la armada, que por aquellas fechas ya alcanzaba unos cuarenta barcos de línea y grandes fragatas, y conseguir sustanciales mejoras comerciales de los dominios americanos. Se postularon medidas mercantilistas. En 1728 se había fundado la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, operativa desde 1730, en lo que ciertos autores han considerado un intento de seguir los pasos de Gran Bretaña. Los guardacostas españoles procedieron con mayor efectividad contra los buques británicos, acusados de contrabando al aprovecharse de la concesión del navío de permiso.  

                En 1737 las quejas británicas subieron de tono. El secretario de Estado Sebastián de la Cuadra prometió moderar los excesos, y el gobierno británico propuso a los afectados la concesión de patentes de represalia por los bienes aprehendidos. De esta manera, el ministro Robert Walpole pensaba limitar el conflicto, reduciéndolo a litigios entre particulares, y evitar la ruptura de hostilidades con España. A cada uno de los agraciados con las patentes se le exigiría una fianza de 40.000 libras, algo que tiró por la borda el proyecto. En semejante ambiente prebélico, se hicieron importantes preparativos militares en la británica Jamaica.

                A despecho de tales escollos, ambas partes alcanzaron el convenio preliminar de Londres y en enero de 1739 la convención de El Pardo, por la que España pagaría por daños y perjuicios 95.000 libras, que serían adelantadas por la Compañía del Mar del Sur, que se negó a ello. Mientras tanto, las maniobras de los oponentes de Walpole en el Parlamento británico surtieron efecto. Los llamados patriotas le acusaron de debilidad ante España, y en la Cámara de los Comunes un joven William Pitt sostuvo:

                “¿Puede esta asamblea seguir considerándose un Parlamento inglés cuando, con más barcos en nuestros puertos que en toda Europa junta, con más de dos millones de habitantes en nuestras colonias de América, accedemos a considerar conveniente un acuerdo con España que no es ni seguro, ni satisfactorio, ni honorable?”

                Allí se presentó el capitán Jenkins para mostrar cómo se le había cortado la oreja por el guardacostas Julio León Fandiño, caracterizado de corsario que operaba desde Cuba. Se hizo una fuerte apelación al patriotismo de los británicos contra sus enemigos tradicionales los españoles, y la guerra fue llamada por ello la de la Oreja de Jenkins, la del rey Jorge en las colonias británicas de Norteamérica, la del Asiento en términos más jurídicos. El conflicto se solaparía en 1740 con el de la Sucesión de Austria, a la muerte de Carlos VI de Habsburgo (el famoso archiduque Carlos, rival de Felipe V) sin hijos varones.

                La declaración de guerra británica tuvo lugar en noviembre de 1739, pero desde antes se estaban haciendo preparativos militares contra los españoles. Con elementos que recordaban al Designio Occidental de Cromwell, el 4 de agosto de aquel mismo año salió de Portsmouth el almirante Vernon con la intención de atacar La Guaira venezolana, dirigirse a continuación contra Portobelo en el istmo panameño y descargar finalmente contra Cuba. Se pretendía colapsar el imperio español atacando la estratégica área caribeña, esencial para sus comunicaciones.

                Desde España se previno de tal expedición al gobernador de Cartagena de Indias Pedro Hidalgo y como teniente general de la plaza se nombró a Sebastián de Eslava. En sus célebres Noticias, posteriormente publicadas en 1826 en Londres, Jorge Juan y Antonio de Ulloa informaron reservadamente de las carencias militares de los principales puntos defensivos españoles en el área, como el escaso número de soldados profesionales.

                El 22 de octubre de 1739 Vernon fue derrotado en La Guaira. Sin embargo, tomó y arrasó entre el 20 y el 22 de noviembre Portobelo, cuyo gobernador Bernardo Gutiérrez Bocanegra terminó entregándoles los castillos de Todofierro, San Jerónimo y Gloria. Su siguiente objetivo era Cartagena de Indias, por lo que previamente marchó a Jamaica para preparar su ataque. Allí se le unirían las fuerzas del almirante Chaloner-Ogle, que transportaban a las del general Cathcart, y del comodoro Anson.

                El 13 de marzo de 1740 hizo su primer intento con ocho buques, dos brulotes y un paquebote, pero el teniente general de la armada española Blas de Lezo lo derrotó. Lo intentó nuevamente el 3 de mayo con doce navíos y una lombarda, cosechando idéntico resultado.

                En vista de la amenaza, los españoles concentraron doce navíos en la bahía de Cartagena al mando de Rodrigo de Torres, que se unieron a las unidades de Blas de Lezo a fines de 1740. En Santa Marta, el virrey del Perú convocó junta de guerra para decidir los movimientos más adecuados junto con la armada aliada de Francia.

                Mientras tanto, el gobernador de Carolina del Sur Oglethorpe atacó la Florida española con una fuerza de 1.000 voluntarios escoceses y 1.200 amerindios, aprovechando el declive de la influencia de España entre los pueblos indígenas de la región y la retirada de sus misioneros. Los españoles, poco numerosos, se encontraban casi reducidos a las riberas del San Juan, donde se erigía la plaza de San Agustín. De ser tomada por los británicos, podían irrumpir por la península de Florida hasta controlar una de las llaves del golfo de México, a escasa distancia de la estratégica Cuba.  Desde la isla, también acosada por los buques británicos, se envió ayuda al gobernador Manuel Montiano, que fue capaz de resistir y de contraatacar posteriormente. Avanzó hacia el Norte, pero en 1742 no logró desalojar a los británicos de la georgiana Frederica.

                Reforzado con las unidades de Chaloner-Ogle, Vernon atacó por tercera vez Cartagena de Indias el 15 de marzo de 1741. El citado Blas de Lezo y el coronel Gregorio Navarrete dirigieron su defensa junto al virrey. La resistencia opuesta desde el castillo de San Luis retrasó la entrada británica en Bocachica. Tomado el 5 de abril, los británicos se reagruparon en Punta Perico, desde donde decidieron atacar la plaza por las islas de Manzanillo y Manga. Nuevamente sus propósitos se estrellaron contra la resistencia española. Vernon ordenó precipitadamente acuñar medallas conmemorativas de su victoria, que fueron retiradas por el rey Jorge II. La tercera batalla por Cartagena ha sido considerada un punto de inflexión de esta guerra.

                Los británicos, a pesar de los pesares, dirigieron entonces sus principales esfuerzos contra Cuba. Con la vista puesta en Santiago, desembarcaron en Guantánamo a comienzos de agosto de 1741. Contaban con aclimatadas unidades de soldados negros de Jamaica, pero las tórridas condiciones y la tenaz resistencia de los defensores, dirigidos por el gobernador Cajigal de la Vega, les resultaron fatales. Los santiagueros se desplegaron en guerrilla y demostraron ser consumados tiradores. En diciembre, los británicos tuvieron que embarcar.

                Al año siguiente, Vernon (que terminaría expulsado de la armada británica) intentaría retomar sin éxito Portobelo, con la colaboración del comodoro Anson desde Panamá. Había irrumpido éste en 1741 en el Pacífico tras doblar el cabo de Hornos. Los tripulantes de su flota fueron mermadas por el escorbuto. Saqueó el puerto peruano de Paita entre el 13 y el 15 de noviembre, y se propuso interceptar el galeón español de Manila. El 20 de junio de 1743 conseguiría apresar el galeón Nuestra Señora de Covadonga, lo que le dispensó un gran botín, que engrosó considerablemente su fortuna personal.

                Ante estos ataques, los españoles fueron cautos a la hora de trasladar sus tesoros indianos, como los del situado o asignación de las Filipinas. En lugar de atenerse al sistema tradicional de los convoyes de la Carrera de Indias, emplearon de forma creciente los navíos sueltos, mucho más difíciles de interceptar. También favorecieron las acciones desde los puertos cubanos de sus corsarios, que infringieron sensibles pérdidas al comercio británico, incluso en aguas europeas. En tales circunstancias, los caudales del Nuestra Señora de Covadonga fueron comparativamente una modestísima compensación.

                Acariciaron igualmente los británicos la esperanza de sumar a su causa a los súbditos americanos del rey de España. De aceptar la autoridad de su monarca, podrían comerciar libremente con Gran Bretaña. Conocedores del descontento que la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas despertaba, atacaron La Guaira el 2 de marzo de 1743, esta vez comandados por el sustituto del desafortunado Vernon, el almirante Knowles. En 1741 había estallado el motín de San Felipe, secundado por terratenientes y comerciantes, pero los españoles americanos (los criollos) acreditaron su fidelidad a la corona.

                La guerra seguía su curso en Europa, y Francia proyectó un ataque contra las islas Británicas en 1744. Los combates entre españoles y británicos prosiguieron en Centroamérica, alrededor del actual Belice. Los británicos volvieron a atacar la Florida española en la primavera de 1747, año en el que Anson se alzó con la victoria frente a la armada francesa en la batalla del cabo de Finisterre.

                El conflicto entraba en su tramo final. En 1748 Knowles encajó una nueva derrota en Cuba, y en octubre de aquel año se firmó la paz de Aquisgrán, que puso término a la guerra de Sucesión de Austria. El secretario de Estado José de Carvajal y Lancaster tuvo la habilidad de separar las negociaciones particulares con Gran Bretaña de las generales. Sus esfuerzos y los del diplomático de familia irlandesa Ricardo Wall, que se ganó la confianza del duque de Newcastle, fueron coronados por el éxito. El tratado de Madrid de 1750 anulaba el Asiento a cambio de una indemnización de 100.000 libras.

                Bajo el nuevo rey Fernando VI, España trataría de acercar posiciones con Portugal y de mantenerse al margen del enfrentamiento entre Gran Bretaña y Francia. Los nueve años de la guerra de la Oreja habían demostrado que el imperio español podía y debía emprender cambios en su organización comercial, administrativa y militar. El Atlántico y el Pacífico del siglo XVIII eran demasiado peligrosos y porosos para su viejo sistema. El imperio británico también comprobó que su rival era más resistente y correoso de lo que suponía a veces, y que sus colonias norteamericanas gozaban de una gran vitalidad. La guerra del rey Jorge reafirmó su compromiso con la metrópoli, algo que con el paso de los años se quebrantaría, pues en las siguientes décadas se proseguirían librando en las Américas sensibles cuestiones del equilibrio mundial entre imperios.

              Bibliografía.

                Cerdá, J., Conflictos coloniales. La guerra de los Nueve Años: 1739-1748, Alicante, 2010.

                Finucane, A., The temptations of trade. Britain, Spain and the Struggle for Empire, Filadelfia, 2016.

                Moreyra, M., La toma de Portobelo por el almirante Vernon, Lima, 1948.

                Zapatero, J. M., La guerra del Caribe en el siglo XVIII, San Juan de Puerto Rico, 1964.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

                    

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