ESTADOS UNIDOS Y EL PESO DEL IMPERIO.

13.12.2018 12:57

               

                El imperio de comienzos del siglo XXI.

                La pregunta acerca de si los Estados Unidos son realmente un imperio resulta superflua e innecesaria, ya que lo más sensato sería interrogarse sobre la clase de imperio que constituyen. Reúnen la mayor acumulación de riqueza mundial con un PIB total estimado en 17.248.296 millones de dólares en el 2017, equivalentes a más de cinco veces el de todo el continente africano, pesando indiscutiblemente en una vida internacional remodelado y pautada por ellos. La ONU y el FMI emanan en gran medida de sus experiencias de Entreguerras, cuando el pensamiento del presidente Wilson no fue debidamente atendido por sus adversarios republicanos. La II Guerra Mundial y la Guerra Fría les confirieron su actual forma imperial, inicialmente americana y pacífica. Antes de 1991 se encontraban sólidamente acantonados en la Europa Occidental, Península Arábiga y Extremo Oriente a través de organizaciones como la OTAN y de acuerdos diplomáticos puntuales. Hundido su rival soviético, y a veces al calor de la lucha contra el terrorismo islamista, han acrecido su círculo en África, Europa Oriental, Próximo Oriente y Asia Central, adquiriendo nuevas bases aéreas en Kosovo y en Kirguizistán.

                Sus fuerzas armadas disponen de alrededor de un millón de soldados, gozando de la mayor tasa de dedicación de efectivos a las armas aéreas (el 26´24% frente al 17´7% chino). Su despliegue dibuja a lo largo del globo una cadena prieta. El territorio nacional norteamericano constituye su pilar, cobijando su potencial atómico básico en cinco grandes áreas de emplazamientos nucleares: el escudo de Ohio mirando hacia la Nueva Inglaterra y los Grandes Lagos, la diagonal Kentucky-Tennessee-Carolina del Sur, el gran círculo de Nuevo México (que comprende Kansas City), las avanzadas pacíficas de California y Washington, y la avanzada de Florida. Desde la presidencia de Carter se asienta en territorio metropolitano la Fuerza de Despliegue Rápido en tiempos de paz (compuesta por cerca de 80.000 soldados), junto a las Fuerzas Estratégicas y de Transporte. En el espacio atlántico actúa la II Flota, cobrando Islandia una gran valía estratégica. En la Europa Occidental se estacionan 180.000 soldados (la tercera parte en Alemania antes de la intervención en Irak). La VI Flota se encarga de custodiar el agitado Mediterráneo. Arabia Saudí y Kuwait son vitales para el despliegue en Asia Occidental, disponiendo en el Índico de la base insular de Diego García. La III Flota vigila desde Filipinas las inmediaciones del Mar de la China. Desde las islas Hawái  la VII Flota custodia el Pacífico y apoya las fuerzas acuarteladas en Japón y en Corea del Sur. Se estiman en 10.000 los soldados desplegados en 2005-06 en Afganistán y en 100.000 en Irak.

            

                Pese a todo EE. UU., se ajusta más a un imperio de dominio indirecto que al más clásico y reconocible directo, haciendo uso de fórmulas de tutela que van desde el protectorado a la presión diplomática según las circunstancias, no descartándose intervenciones pretorianas de gran variedad. Su influencia imperial dibuja una serie de círculos cada vez menos intensos y hostiles. Si combinamos los parámetros de opinión pública, relaciones económicas y presencia militar podríamos diferenciar entre sus auxiliares, sus aliados y sus vasallos. Los primeros comparten ideas y opiniones muy comunes con los EE. UU., fruto de una relación histórica muy moldeada por la cultura (caso de Gran Bretaña, Canadá y Australia), o bien del interés estratégico perentorio, como Israel. Una relación menos íntima enlazaría a los aliados con Washington, que pese a tener ideas e intereses comunes topan con desconfianzas, disputas y rivalidades. Francia en lo político y Japón en lo económico resultan paradigmáticas. En un escalafón inferior se situarían aquellos países carentes de un Estado sólido y en exceso mediatizados por grupos de presión foráneos en estrecho maridaje con el poder estadounidense. Las tristemente célebres repúblicas bananeras centroamericanas encajan en este sórdido nivel. A veces el encuadramiento dentro de estas categorías imperiales es dinámico. Tras la derrota en la II Guerra Mundial la Alemania ocupada no pasaría en teoría de la condición vasalla, pero su valor geoestratégico y su potencialidad económica convirtieron la RFA a veces en auxiliar, retrocediendo a la más fría condición aliada la reunificada nación durante los prolegómenos de la invasión de Irak. Al mismo tiempo España, bajo el gobierno de Aznar, procuraría brincar de la alianza a la categoría auxiliar, que una parte importante de la opinión pública juzgaba de vasalla. Intereses y visiones pueden colisionar a propósito del vínculo con Washington en cualquier país. La expansión de un imperio, como ya acreditó la Persia Aqueménida y Roma, no opera en un vacío social.

                Parte inevitable de la carga imperial son los adversarios de toda laya. Toda posición de fuerza engendra antagonismos básicos. Hoy en día EE. UU. se enfrenta a rivales, enemigos reales y potenciales. Los Estados rivales son aquellos que ostentan una posición de cierto poder sin simpatizar con USA, tratando de evitar un enfrentamiento a mayor escala perjudicial a sus intereses: Rusia y China, los viejos enemigos de la Guerra Fría que se mantienen cautelosamente en esta posición. Otros países menores y organizaciones internacionales cargan con el fardo de la enemistad declarada al imperio, algunos a su pesar y otros con verdadera vocación. Claro que toda intervención estadounidense puede traducirse en un aumento de enemigos, amenazados u ofendidos por la nueva situación, caso de ciertos países africanos en un incierto futuro.

                Los vencedores de la última Guerra de los Cien Años.

                A escala mundial el cetro de Washington parece bien asegurado después de una centuria de guerras sin precedentes. A partir de 1870 emergieron una serie de nuevas potencias que disputaron la primacía a otras más veteranas. Alemania eclipsaba a la caduca Austria-Hungría, y amenazaba a Francia, Gran Bretaña y Rusia. Italia participaba a una escala considerablemente menor de esta lucha europea. Antes de la recuperación de la fortaleza china, Japón anunciaba su candidatura imperial asiática atacando a Rusia y a otras potencias. Tras la Guerra de Secesión, USA materializaba la Doctrina Monroe a costa de la amargada España del 98. Las guerras mundiales reducirían a las potencias europeas y al Japón a una condición menor, a la par que los choques se teñían de un fuerte color ideológico. EE. UU. y la URSS se encararon durante la Guerra Fría con denuedo, seguidos a distancia por un renacida China roja. Hundida la Unión Soviética, USA se erigiría en el poder dominante de un mundo marcado políticamente por la Descolonización, con potencias en ciernes que a veces recuerdan las de 1815 a ciertos autores.

                No pocos factores los han beneficiado. La notable capacidad industrial y los recursos de sus tierras metropolitanas han sido gestionados por un vigoroso y puntilloso Estado muy alejado de las imágenes del liberalismo económico más clásico. La II Guerra Mundial consolidó el sistema emanado del New Deal, con una intensa relación entre corporaciones privadas y agencias públicas. La Guerra Fría fortaleció el modelo alrededor de la industria armamentística y de la investigación avanzada. Su más acabado heraldo es el Pentágono, el centro del aparato militar del Departamento de Defensa y de los estados mayores, que puede disponer de una plantilla de más de 29.000 personas. De esta manera el teorizado Estado industrial de J. K. Galbraith que preserva la cultura liberal, a través de leyes como las de antimonopolio y de organismos del estilo de la Comisión de valores mobiliarios y de las bolsas de valores, ha concertado una alianza con la cultura científica, una vez que los intelectuales de Entreguerras dejaron paso a los investigadores más especializados. Entre 1950 y 1965 el gasto en investigación creció en un extraordinario 700%, beneficiando los programas del Departamento de Defensa, de la NASA y de la Comisión de la Energía Atómica. Las Fundaciones le han permitido escapar de las presiones ideológicas universitarias, particularmente intensas en los sesenta, e invertir en los sectores de su interés estratégico. El montante de las compras estatales puede sobrepasar la quinta parte del PIB, doblando las adquisiciones de las empresas de capital fijo. Tradicionalmente la mitad de esa inversión se ha destinado a la defensa y a la investigación espacial. Durante la Guerra Fría los pedidos estatales absorbían el 90% de la producción de la aeronáutica espacial, el 60% de la construcción naval, y el 40% de las industrias de radio y transmisión. Tal capacidad rectora y financiera posibilita que el Estado oriente no pocas tendencias económicas, contribuyendo al cambio de equilibrio entre sectores y firmas, y reforzando la superioridad económica del Noreste, del corredor pacífico y del enclave texano. Un poder semejante parece escapar de cualquier presión, incluso de sus propias leyes, pero en una nación donde la concentración empresarial es particularmente fuerte, de multinacionales dotadas de tentaculares filiales, el ascendiente de los grupos empresariales resulta acusado en ciertas decisiones políticas, originando los lobbies especializados. En las compañías los managers ya consiguieron desbancar del dominio a los inversionistas desde hace décadas, endureciendo la imagen oligárquica (y en ocasiones meritocrática) del sistema. Pese a intervenir en los conflictos sindicales más alambicados con procedimientos de urgencia expeditivos, célebres durante la Era Reagan, las inversiones sociales del Estado no dejan de ser todavía un tardío ajuste a los desequilibrios del crecimiento, según diagnosticó el propio Galbraith, en una nación que confía más en la mentalidad caritativa de raigambre religiosa que en un Estado del bienestar a la europea, pese a la censura de ciertos excesos asistenciales. Las dificultades no han empañado seriamente su fuerte capacidad de seducción, y la acumulación de poder y de ventajas ha conseguido capturar valiosísimos aportes de trabajo, capital y conocimientos aplicados desde 1945. Además, la posición geográfica los ha mantenido convenientemente apartados de los grandes campos de batalla mundiales del siglo XX, sin daños para su infraestructura productiva. Cabe estudiar desde esta óptica el pavor ocasionado por los aviones suicidas del 11-S.

                ¿Aísla el aislacionismo?

                Con una cierta insistencia se ha mantenido que Estados Unidos ha tendido a aislarse del resto del planeta, desentendiéndose de los problemas mundiales en demasiadas ocasiones. El hecho de ser una isla-continente en lo geográfico, proteccionista en lo económico durante muchas décadas, y no partícipe de la Sociedad de Naciones apadrinada por Wilson han sustentado la idea con una cierta razón. Cuando el gigante adopta una postura más doméstica se cree retornar al aislacionismo irresponsable, que sumerge al resto de la especie humana en una densa jungla. Curioso contrapunto a las quejas de agresión imperialista.

                La creencia en una excepcionalidad de nacimiento y de destino ha apuntalado esta impresión, que tiene mucho de ficticia o de aparente si se quiere. El general Washington no recomendó por gusto pueblerino no inmiscuirse en las guerras entre potencias europeas, de las que era un viejo veterano, sino por temor a ver desbordada a la flamante y aún frágil república por acontecimientos ajenos. Librarse de la tutela francesa no había resultado sencillo, y todavía Gran Bretaña conservaba instrumentos de presión económica considerables y tropas en las fronteras a la altura de 1789. La Revolución Francesa acrecentó las preocupaciones de división nacional entre conservadores y radicales, mientras el comercio con la agitada Europa conducía a choques con los piratas berberiscos en el Mediterráneo y a la nueva guerra con Gran Bretaña en 1812-14, tras haber estado a punto de iniciarla contra Napoleón. En sus orígenes el aislacionismo fue más una aspiración que una realidad. El siglo comenzado con la proclamación de la Doctrina Monroe se cerró con la agresión al disminuido imperio español, menudeando durante aquella centuria las conquistas y los severos roces diplomáticos con el Reino Unido, Francia y España. La emergente república, lejos de aislarse, dibujaba su propio círculo de tiza caucasiano, el Hemisferio Occidental, sin dejar de navegar por aguas pacíficas hasta el Japón y la China y de crear en el Golfo de Guinea la curiosa Liberia. En 1885 no se resistiría a participar en el Congreso de Berlín sobre el reparto colonial africano.

                La I Guerra Mundial no principiaría una nueva tendencia de su vida internacional, simplemente la manifestaría en Europa. El aislacionismo de Entreguerras tendría poco en común con los residuos del idealizado siglo XIX, y profetizaría la paranoia de la posterior Caza de Brujas, de una sociedad conflictiva tensionada por ideas revolucionarias, de tal manera que si la II República española no mereció su ayuda no fue por mero neutralismo, sino por miedo a la consolidación de un nuevo foco anticapitalista en Europa, cuando ciertos empresarios estadounidenses no vacilaban en invertir en la Alemania nazi. La expansión hitleriana amenazaba sus intereses europeos directamente, y mucho antes del sonado ataque japonés de 1941 el camino de la guerra ya había estado decidido. En el fondo, su aislacionismo se ha asemejado mucho más al de la intervencionista Gran Bretaña victoriana que al del Japón anterior a 1868.

                La guerra republicana.

                Los Estados Unidos han distado de conformar una sociedad pacífica. Su expansión ha sido letal para las culturas amerindias, y ecológicamente agotadora en muchas ocasiones. Sus ciudades decimonónicas superaron en desorden y alboroto a las europeas coetáneas. Su atento liberalismo a la división de poderes no ha dejado de adoptar perfiles autoritarios en los momentos más delicados, movilizando a la Guardia Nacional. Los legendarios sheriffs decían preservar los derechos individuales con medidas de fuerte contundencia. Entre la Gran Depresión y la Guerra de Corea el general MacArthur sería contemplado como el hombre providencial que rescataría la nación de las garras del caos social y de la capitulación exterior. La presidencia ha sido ocupada varias veces por victoriosos generales, y su alta oficialidad ha ejercido con frecuencia misiones proconsulares. La carrera militar goza todavía de un elevado prestigio social, a pesar de las oportunidades que brinda la sociedad civil y la subordinación castrense a las autoridades constitucionales. No olvidemos que sus orígenes se remontan a una guerra revolucionaria y que su unidad ha sido mantenida por la espada.

                La combativa República norteamericana ha seguido de forma puntillosa una serie de rituales formalidades legales con la clara intención de legitimar el empleo de la fuerza en el exterior. Más que concitarse la benevolencia de los dioses, se trata de ganar la de la ciudadanía y la de otras fuerzas extranjeras. La Declaración de Independencia de una nación diseñada por abogados ya formulaba una extensa enunciación de motivos que habían empujado al combate. La agresión exterior acciona la guerra defensiva, que en no pocas ocasiones ha encubierto una campaña de conquista en toda regla. La explosión del Maine, las cañoneras del Golfo de Tonkín y las armas de destrucción masiva de Saddam, nunca localizadas, apuntan en esa misma dirección.

                La movilización ciudadana en todos los órdenes vitales resulta, en conclusión, prioritaria. El reclutamiento voluntario en ciertas ocasiones no suple la amplia necesidad de guerreros y trabajadores gustosamente entregados a la causa por elemental patriotismo. El empleo de mano de obra femenina fue la otra cara de la moneda del consentimiento ciudadano durante la II Guerra Mundial. Al fin y al cabo el pueblo de valientes es el depositario teórico de la soberanía nacional. La guerra a medias denunciada por los halcones de Vietnam procedería de la fragilidad de este compromiso, ya puesto a prueba durante la Guerra Civil, cuando no pocos ciudadanos de los Estados del Norte encontraron absurda la continuación de la lucha contra un Sur con derecho a separarse. La necesidad de consumir guerras justas se muestra perentoria a veces, máxime cuando los más acaudalados son con frecuencia acusados de promoverlas ante el tribunal de la opinión pública (a veces con bastante razón), desde los especuladores de tierras de principios del XIX  a los actuales barones del petróleo. Simplificando mucho la cosa, Estados Unidos ejemplificaría mejor que nadie el esquema de la guerra de expansión del imperialismo capitalista de los más rabiosos marxistas, corriendo el riesgo de incurrir en la más grosera caricatura si no se tiene presente el componente de unidad nacional con el que se reviste, susceptible de convertir la guerra en la manifestación cultural de un pueblo dinámicamente agresivo que se deja conducir al campo de Marte.

                Estados Unidos han combatido directamente y por poderes contra toda clase de adversarios. En la primera forma se han enfrentado contra fuerzas en teoría más débiles, pero correosas, sin descartar alianzas: pueblos amerindios como los diestros guerrilleros apaches, fuerzas mexicanas y españolas no siempre desacertadas, resistentes nacionalistas filipinos, etcétera. Estas campañas han estado frecuentemente marcadas por la crueldad de las guerras coloniales, y en el caso de Vietnam por el fracaso más sonado. En conflictos con rivales más poderosos su fuerza industrial (capaz de derrotar a la naciente Confederación) puede ser ayudada por la inestimable colaboración de valiosos aliados. La rebelión cubana contribuyó decisivamente a minar las fuerzas españolas, la Triple Alianza agotó a la Alemania del II Imperio, y la URSS contuvo la feroz embestida hitleriana. Combatir por poderes demostró ser muy útil durante la Guerra Fría: es una forma flexible de guerrear sin que el pacto social sufra en exceso cuando se han de pagar los platos rotos.

                La llamada Doctrina Weinberger (nunca se ha de luchar a medias como en Vietnam) ha tratado de pulir los defectos de esta clase de guerra vicaria, pero no ha evitado sus contradicciones, que la crítica atribuye a la falta de una verdadera estrategia. La fulminante intervención apoyada por la superioridad tecnológica cede su protagonismo con los meses a la campaña cuerpo a cuerpo que pone a prueba la paciencia ciudadana, requiriendo la cooperación de aliados que preserven el consenso nacional, pero que en un futuro pueden crear delicados problemas, caso de los triunfantes soviéticos de 1945 o de los integristas islámicos eufóricos en Afganistán. Estos métodos de guerra se avienen con su imperio informal, y resultaron acertados durante la I Guerra del Golfo e insatisfactorios en la reciente intervención en Irak, dependiendo de los objetivos perseguidos, de la capacidad de los aliados y de los rivales. La simple operación de castigo a veces conocida como política de la cañonera o del garrote (Big stick ) se situaría en sus umbrales. Ciertos problemas no han de hacer olvidar que esta gran potencia no sea capaz de librar muchos tipos de enfrentamientos (desde el económico al nuclear) y de adaptarse a las realidades de un mundo complejo.

                El codiciado mantenimiento de la reputación.

                Todo imperio navega entre Escila y Caribdis, entre el almíbar de la propaganda y la denigración del acíbar. La propaganda nutre junto a la economía una de las nervaduras esenciales de la guerra desde Tucídides al menos. Antes de las formulaciones de Owens y Nye acerca del poder blando, la cuestión no había suscitado mayores controversias en los Estados Unidos. La España imperial puntillosa de su reputación y de la apariencia celosa ofrece un modelo de comparación más interesante que el liberal imperio británico, objeto de referencia traído a colación habitualmente en los análisis del poder estadounidense. La Monarquía hispánica dispuso de propagandistas y de acerbos críticos que bebieron de la Leyenda Negra, una sombra que también se proyecta sobre USA.

                Los mitos de la República Imperial abundan alrededor del Sueño americano y de la Tierra de las oportunidades, que derivan de una visión social e histórica muy determinada de Estados Unidos, de su canon o esquema patriótico, que sintetizamos a continuación. Tras una guerra por la libertad, sus padres fundadores establecieron un justo gobierno constitucional por y para el pueblo, que al permitir la libre iniciativa individual alentó el crecimiento económico y la prosperidad. Las duras pruebas de la Historia sirvieron para aquilatar la fortaleza de la mayor democracia del mundo, que tiene el deber filantrópico y la obligación moral de extender la buena nueva liberal entre las naciones remisas, transformando la Tierra en una razonable zona de libre comercio supervisada por razonables tribunales de paz. Si alguien perturba tan ilustrado ideario y opta por la imposición agresiva de sus principios, Estados Unidos se situará en su contra, y lo combatirá en una cruzada por la libertad. El contenido religioso impregna fuertemente estas consignas, y en las versiones más integristas se hace intervenir a Dios en las cosas terrenales a través de la entrega de un mandato excepcional moral a la predestinada Norteamérica. En estos casos de emergencia se erigirá en la cabeza hegemónica de una liga de pueblos (que preconizan la hermandad de las Naciones Unidas), formando parte de una suerte de sacralizada Sociedad Anónima altruista como principal inversor. Estos procedimientos fueron utilizados con éxito en Europa, encubriendo el imperio con la liberación del nazismo y la protección contra el comunismo soviético, de la misma manera que el de España en las Italias invocando la enemiga de los turcos otomanos. La dimensión internacional de la Patria de la Libertad se gestó a lo largo del siglo XIX, se enunció con determinación tras la I Guerra Mundial, se aplicó sistemáticamente acabada la II, y es versionada hoy en día en clave más conservadora, menos convincente y carente de la pasada efectividad. Fuera del consumo interno, su credibilidad va estrechamente enlazada a la desnuda conveniencia del elemental cálculo de fuerzas de aliados y enemigos. La potentísima industria audiovisual estadounidense es uno de sus grandes propagadores, distinguida con la asesoría  militar a veces. Pero las imágenes cinematográficas en muchos casos no neutralizan las de informativos transmisores de una bestial realidad depurada de maniqueísmos y saturada de responsabilidades.

                En el terreno de la indignación, de la crítica y de la hostilidad florece la Leyenda Negra. Cabría diferenciar la simple crítica propagandística de las potencias rivales de la Leyenda propiamente dicha, dimanando ésta de censuras formuladas por ciudadanos estadounidenses, imbuidos en los valores liberales del canon enunciado, que no se muestran conformes con la ruta emprendida por su nación. En nombre de los evangélicos principios del catolicismo castellano fray Bartolomé de las Casas acusó de tiránicos crímenes a los conquistadores de las Indias, que se juzgaban dignos del gran Alejandro. De forma menos noble, Antonio Pérez, el antiguo secretario de Felipe II, criticó en los países rivales al Diablo del Mediodía, microcosmos del degenerado poder de los españoles. Estas acusaciones fueron utilizadas a discreción por las potencias contrarias distantes de la virtud intachable. En Estados Unidos la izquierda favorable a la ampliación de los derechos civiles fulminó la discriminación racial y sexual, el materialismo depredador de personas y del medio ambiente, y la política expansiva de la República (aireando los menos confesables y nobles motivos del lanzamiento de las bombas atómicas sobre el Japón), no por antiamericanismo, sino por entender que la vida pública nacional padecía una perversión que la apartaba de sus altos ideales, imponiéndose la corrección y el propósito de enmienda, máxime en una sociedad autoproclama pluralista. Cuando los enemigos de USA recurren a sus críticos surge la verdadera Leyenda Negra. Los rivales la amplían como arma arrojadiza y presentan un contramodelo que más bien nos ilumina más sobre su propia alma que la de los Estados Unidos cubiertos de una espesa niebla de odio. La aristocrática Francia de Napoleón III los consideraba de tumultuosos y gregarios. Nuestra España de la Restauración de porcina falta de hidalguía característica de mercachifles. La Alemania nazi de aberración racial que amenazaba el buen orden del mundo. El Japón samurái de cobarde debilidad humana en exceso propensa al sensual goce. La URSS de codicioso imperialismo capitalista explotador de la raza humana. Al-Qaeda de irreligioso e intolerable dominio sobre los buenos creyentes. En todas estas disputas adocenadas y plenas de falsos tópicos, Estados Unidos han pasado de ser una potencia más al aborrecido representante de una detestable sociedad capitalista y de una amenazadora civilización, estratagema a veces contraproducente para sus alentadores.

                La guerra de opiniones es feroz dentro y fuera de casa, como ha recordado Chomsky. Los luctuosos atentados del 11-S forjaron una nueva forma religiosa, revestida de laica, de mártires de la libertad, sacrificadas en aras de los demás, si bien el terreno donde lidiaron con mayor denuedo canon patriótico, Leyenda Negra y crítica enemiga fue Irak, que emergió como una penosa reedición del denostado Vietnam, cuidadosamente evitado en Granada, Panamá y Kuwait, huyendo de su persecución en Somalia. Llámese así, Afganistán o Líbano representa el cenagal que puede ser aprovechado por adversarios menos poderosos para sangrar al imperio dominante, picado en su orgullo y en su respetabilidad. El imperio español de los Austrias se encontró con un problema así en Flandes, aunque en el Oriente Próximo actual no se den las condiciones para el surgimiento de unas dinámicas Provincias Unidas que naveguen del Mediterráneo a Indonesia, con independencia de los golpes del terrorismo islamista a lo largo del globo. Sobre una zona así se discutió y se discute acerca del mantenimiento de las relaciones comerciales y financieras, de la oportunidad de la solución negociada, del peso del mantenimiento de las tropas destinadas, de la necesidad de luchar allí para evitar hacerlo en la metrópoli, y de su uso como plataforma expansiva. Los dilemas que atormentaron al conde-duque de Olivares tras la Tregua de los Doce Años parecen proyectarse en el imaginario de los neoconservadores de Washington. Si las evidencias de Guantánamo y Abu Ghraib alzaron tempestades ideológicas, el sangriento rosario de atentados en Irak paralizó en gran medida a los émulos de Alatriste. Claro que los paralelismos tienen sus límites: los Países Bajos de los siglos XVI-XVII eran uno de los grandes polos económicos del continente europeo, y superó a la dominante Castilla, posición no ostentada ni de lejos una potencia como Irán. Asimismo, cabe recordar que Vietnam golpeó sin hundir al gigante norteamericano.

                ¿Jeremiadas?

                La crítica moderna trata con más deferencia a los arbitristas que lo hicieran Cervantes y Quevedo, puesto que enunciaron algunos de los problemas esenciales que atenazaron a la España barroca. Detectar dolencias puede resultar provechoso para un imperio disperso y complejo, angustiado por un alud de dificultades. A principios de nuestro siglo los Estados Unidos no luchan en un combate igual de peligroso que la España de 1598. Disponen de un brillante elenco universitario, de procedencia variadamente rica, capaz de asesorar una razonable política exterior. Los politólogos estadounidenses son muy conscientes de la caducidad del poder imperial de su nación, muy acostumbrada a las previsiones desde, parece ser, nuestro conde de Aranda, y a las guerras socioculturales que gravitan alrededor de la fibra moral patria.

                Las perspectivas más serias, sistematizadas con maestría por Paul Kennedy, consideran la solidez de la potencia económica, la conflictividad de su sociedad y la rivalidad de otras potencias. La economía ya no presume de la extraordinaria musculatura de 1945, inevitablemente. Su industria ha declinado en beneficio de las actividades más terciarias, descendiendo considerablemente su superávit en alta tecnología. Las partidas “invisibles” no aciertan a saciar el considerable déficit comercial, especialmente con Japón (que ha llegado a representar el 37´3% del total), Canadá y México (21´1%), y otras naciones asiáticas, entre ellas China (18´8%). Su deuda externa adquirió en 2005 la preocupante dimensión de 8´526 billones de dólares: tres veces la de los países en vías de desarrollo. La importación de capital ha hecho crecer la cotización del dólar en los mercados internacionales, lo que no ha favorecido sus exportaciones. Muchos economistas consideran este problema el cáncer de su vida material. En cierta medida, los Estados Unidos han sido víctimas de su propio éxito. Sin una acertada promoción política antisoviética de economías como la nipona y la europea tras la II Guerra Mundial no se explicaría la pérdida de cuotas de mercado. En 1960 las inversiones estadounidenses en Europa se encontraban equilibradas con las europeas en USA alrededor de los 18.000 millones de dólares respectivamente, pero las directas de empresas eran un tercio de las europeas y dos tercios de las estadounidenses: se buscaba ya un mercado sin ciertas limitaciones antimonopolio, con mano de obra cualificada pagada con salarios más bajos (factor especialmente atractivo en la industria del automóvil) y comprador de patentes, marcando distancias con las inversiones en el Tercer Mundo en busca de materias primas. Sin embargo, los gastos de las filiales europeas ya alcanzaban en 1966 los 8.800 millones de dólares, superando con creces a los 1.700 de beneficios y a los 3.600 de transferencias. La balanza de pagos, desde 1957 afectada, acusó el problema, agravado por la inflación y los efectos de la Guerra de Vietnam. En 1971 se suspendía la convertibilidad del dólar en oro.  Salvando las diferencias, la ayudada agricultura también ha sufrido el descenso de precios por la exitosa concurrencia de los protegidos productos europeos. Por otro lado, el déficit de este Estado Industrial presenta también orígenes políticos con factores como las rebajas impositivas de la Era Reagan a la par que se disparaban los gastos en materia militar. En 1995 se encontraban en paro técnico por impago 800.000 funcionarios federales. La contención del déficit resulta muy deseable si se pretenden evitar peores escenas. La voluntad política resulta esencial, atendiendo a que las potencialidades estadounidenses todavía resultan considerables en recursos naturales, economías de escala, infraestructuras, movilidad y capacidad de adaptación de su población activa, variedad de sus servicios, progreso científico y tecnológico, contactos empresariales y financieros, e influencia imperial. La reciente crisis económica en los USA ha tenido severísimas repercusiones en el resto del mundo, con la extensión de la crisis financiera desde las hipotecas subprime. Asimismo, la experiencia dicta que una guerra no es precisamente perjudicial para su economía, como atestiguan la Guerra de Secesión, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría.

                Los problemas económicos pasan factura social. Mucho se ha hablado sobre la fractura clasista y racial en un país esquivo al socialismo y declarado enemigo de la marea roja. Mientras la Nueva Inglaterra se ubica por encima de la media nacional de riqueza, el interior continental y el Profundo Sur lo hacen en los últimos peldaños. Su paisaje urbano ha sido pintado de densas ciudades de chocolate y extrarradios de vainilla. El consumismo pesa severamente: entre 1962 y 1966 la deuda de los hogares pasó de 27.400 millones de dólares a 41.700, un salto del 52% superior al 21% de incremento de renta disponible. Los créditos y la venta basada en los ingresos futuros se han consagrado plenamente como instrumentos de crecimiento económico, ocasionando riesgos de inflación y de déficit comercial, y perjudicando a las capas más modestas. En 1994 el 13´6% de sus hogares malvivían en la pobreza, el 25´8% se mantenía a flote con dificultades, el 30´5% lograba un sacrificado bienestar, el 16´5% conseguía un cierto éxito, y el 13´6% se alzaba con la verdadera riqueza. La Era Clinton profundizó este esquema de sufridas clases medias digno de un Pérez Galdós, con el portillo de la riqueza abierto a unos cuantos. Las minorías raciales acusan con más vigor los golpes de la fortuna. Las malas condiciones suburbiales de los guetos de las grandes ciudades han creado una terrible cultura de la pobreza, con funestos resultados. Las saturadas estadísticas carcelarias acreditan que el 46% de los presidiarios son negros, el 36% blancos y el 17´6% hispanos. La coexistencia racial se resiente habitualmente de ello, incluso bajo la presidencia de Obama. El tenso ambiente de los sesenta parecía anunciar un estallido de violencia social sin precedentes, barriendo obstáculos persistentes desde la Reconstrucción. En 1964 estalló la revuelta negra en el neoyorkino Harlem, en 1965 en Los Ángeles, y en el verano de 1967 de Newarck a Detroit. El Poder Negro se inclinaba hacia la guerrilla urbana, participando algunas personalidades en la Conferencia de La Habana de 1967. Para completar tan sombrío panorama, la criminalidad urbana amenazaba con convertir en anecdótica la brutalidad del Salvaje Oeste. Varios factores, algunos no confesables, se han conjugado para evitar lo peor. La tristemente célebre epidemia del crack enterró a muchos jóvenes problemáticos en los suburbios más duros: los más mordaces dijeron que había sido desatada por el maquiavélico gobierno en estrecha colaboración con el narcotráfico. Las acciones más estrictas de Tolerancia Cero en megalópolis como Nueva York se complementaban con otras no represivas favorables a las minorías, en línea con la polémica affirmative action. Los buenos resultados económicos de los noventa hicieron descender tensiones, y también contribuyeron al retroceso de la tasa de criminalidad del 10´2 por cada 100.000 habitantes de 1980 al 6 del 2000. Compartir unos valores democráticos comunes, asociados a la quintaesencia nacional, ha influido no poco. La no violencia del asesinado doctor King ha sido ampliamente apreciada y reconocida, proyectándose un monumento dedicado a su memoria en Washington, a la misma altura de los grandes hombres de su panteón histórico. Después de décadas de intenso debate y cambio sociológico, muchos hablaron de la sosegada tranquilidad aportada por la llamada Generación del Milenio, responsable y tolerante, tras la volcánica Generación de la explosión demográfica y la inquietante Generación X. La llegada de la presidencia de Obama en el 2009 fue acompañada de una gran expectativa de cambio, pero ocho años después el desengaño de muchos aupó a Trump. Estados Unidos conforma una sociedad más cohesionada de lo que habitualmente se reconoce, alrededor de unos valores políticos básicos que históricamente han suscitado consenso, pero el retroceso del bienestar de las clases medias, las tensiones alrededor de la inmigración y de la lógica económica de la globalización son problemas comunes a otras grandes naciones occidentales.

                Los fundamentos internos de su poder distan de la caducidad, a pesar de los pesares, y a nivel mundial todavía es la primera potencia. La intervención en Irak dio alas a sus adversarios regionales, sobrecargó a sus auxiliares y enfrió a sus aliados. Dañó por otra parte su posición en Naciones Unidas y ensombreció su imagen a nivel mundial. La presidencia de Obama pretendió subsanar tal merma. Sus operaciones en Afganistán se presentaron como acciones quirúrgicas, se saludó la Primavera Árabe, y se tendieron puentes hacia Cuba e Irán, pero la afirmación de Rusia en Crimea frente a Ucrania y en Siria, con una Unión Europea inerme prácticamente, ensombreció la situación. Corea del Norte también alzó el tono de sus declaraciones. Estados Unidos no parecía capaz de cabalgar sobre un mundo cada vez más multipolar, y la reacción de Trump ha comportado dos movimientos en apariencia contradictorios, el aislacionista y el más intervencionista. Su aislacionismo es claro, tanto en la cuestión de la frontera mexicana como en sus relaciones con los Estados de la Unión Europea en materia económica y de contribución militar. Sus relaciones con Rusia han sido muy controvertidas, con fuertes acusaciones de complicidad con el círculo de Putin, y se ha negociado con China a despecho de ciertas declaraciones electorales. Corea del Norte ha sido obligada a moderarse, se ha apoyado a Israel con más fuerza mientras se ha vuelto a tensar la relación con Irán, y se ha asistido a la degradación del régimen venezolano. La afirmación aislacionista ha venido acompañada de medidas pragmáticas en cada uno de los escenarios de la política mundial, con ribetes ideológicos siempre y cuando la situación lo permita. Hoy, como ayer otras grandes potencias, el poder de Estados Unidos está encadenado a las cuestiones de la apariencia de la fuerza para enfrentar a sus rivales y competidores en un mundo que no deja de cambiar.

                Bibliografía.

                Tindall, G. B., y Shi, D. E., America: A Narrative History, 2012, University textboock.

                Zinn, H., A People´s History of the United States, 2003, Harper Perennial Modern Classics.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

 

 

 

 

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