ESPAÑA BUSCA UN ALIADO CONTRA CROMWELL. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

21.03.2021 10:38

               

                La revolución inglesa trastocó la vida política de la Europa del siglo XVII. En 1649 fue ejecutado el rey Carlos I, y en 1653 Oliver Cromwell fue proclamado Lord Protector tras la disolución del Parlamento. La Inglaterra puritana proclamó decididamente su fe religiosa y no ocultó en lo más mínimo sus aspiraciones de dominio, tanto en las islas Británicas como fuera de las mismas. Entró en guerra en 1652-54 con las también protestantes Provincias Unidas, por razones comerciales fundamentalmente, y mantuvo una relación de hostilidad con una Francia que no se avenía a reconocerla.

                España mantuvo una actitud más flexible y pragmática, pues se encontraba en una situación apurada. Con el fin de la guerra de los Treinta Años, había reconocido oficialmente a las Provincias Unidas tras ochenta años de combates. Se acarició la posibilidad de la asistencia holandesa contra los separados portugueses. Todavía en guerra con Francia, los problemas de la Fronda le habían ayudado a recuperar Barcelona en 1652 y mantener sus posiciones. Su habilidad diplomática le permitiría compensar el desgaste de sus recursos militares, forzando a los franceses a unas negociaciones favorables a sus intereses. La actitud que Inglaterra pudiera adoptar en el tablero europeo sería de enorme valor, ayudándola o perjudicándola irremediablemente.

                Entre los círculos dirigentes ingleses existía una clara hostilidad a los competidores holandeses y escasa simpatía hacia los franceses. Algunas voces se inclinaban por fomentar el comercio con una España que era señora de un importante imperio ultramarino, adelantándose a la competencia. Sin embargo, los españoles aparecían a ojos de muchos ingleses protestantes como los aborrecidos católicos, enemigos de su país y de su grandeza, por mucho que las relaciones anglo-españolas hubieran sido más apacibles en los reinados de Jacobo I y gran parte del de Carlos I que en el de Isabel I.

                El Consejo de Estado inglés se inclinó al final por acercarse a Francia y terminar oponiéndose a España. Cromwell albergaba por entonces su gran Designio Occidental, un plan para atacar a los españoles en América, juzgados como unos implacables tiranos según la Leyenda Negra, enseñoreándose de sus dominios y riquezas. Aunque la guerra no le fue declarada a España hasta octubre de 1655, en la Navidad del año anterior partió una gran armada inglesa contra La Española. La isla fue atacada sin éxito en abril de 1655, pero consiguieron dominar al final Jamaica, donde los españoles lanzaron a los montes a sus esclavos, devenidos en temibles cimarrones. En mayo, en aguas del Mediterráneo, el almirante Blake recibió la orden de dejar de hostilizar la navegación francesa para atacar a la española. Se dirigió hacia Cádiz con la intención de apoderarse de la flota de Indias.

                La diplomacia española esgrimió sus armas contra la Inglaterra puritana, y se acercó al exiliado hijo del decapitado Carlos I. El joven Carlos Estuardo había permanecido largos y difíciles años en Francia, las Provincias Unidas y los Países Bajos españoles, mientras Cromwell afirmaba su poder en las islas Británicas. Su protectorado levantaba no poco descontento, contenido con dureza, y existía la posibilidad que el pretendiente al trono inglés lo capitalizara.

                El embajador Alonso de Cárdenas y el conde de Fuensaldaña (gobernador de las armas españolas en los Países Bajos y gobernador de Milán) negociaron con los enviados del Estuardo, el marqués de Ormond y el conde de Rochester, bajo la mediación del archiduque Leopoldo de Austria, el gobernador de los Países Bajos españoles. En nombre de Felipe IV y de Carlos II firmaron entre los días 12 y 13 de abril de 1656 en Bruselas un tratado de alianza, con condiciones secretas.

                Los españoles reconocieron al Estuardo como rey de la Gran Bretaña, aceptando su cetro sobre Inglaterra, Escocia e Irlanda. Hasta que no se negociara un nuevo tratado, todo debía ajustarse al de paz de Madrid del 15 de noviembre de 1630 entre los súbditos de ambos monarcas.

                Al flamante Carlos II se le prometía un ejército de 4.000 soldados de infantería y 2.000 jinetes, además de medios de transporte y armas, en su futuro desembarco en tierras inglesas, aunque tal fuerza se le enviaría cuando su partido hubiera ganado el favor de varios condados, de parte del poderoso ejército revolucionario o del pueblo, elementos fundamentales de la Inglaterra revolucionaria, conocida por los diplomáticos españoles.

                Semejante ayuda no sería gratuita, y el nuevo monarca de la Gran Bretaña debería hacer importantes concesiones a la causa española. Auxiliaría a Felipe IV a recuperar Portugal, autorizando levas de soldados ingleses e irlandeses, además de aportar a un castigado poder naval español por cinco años una flota de doce navíos de guerra: dos con setenta piezas de artillería cada uno, dos con cincuenta, cuatro con cuarenta, y cuatro con treinta y seis. Cada cañón estaría servido por tres marineros, al menos, y cada navío guardado por cien soldados. Felipe IV les pagaría según las normas estipuladas en Inglaterra, y podía reanudar la asistencia naval por cinco años más.

                En vista de ello, Carlos II renunciaría a la amistad del rey de Portugal, el duque de Braganza, y de sus herederos, vedándose igualmente a sus súbditos también socorrer a los portugueses, antiguos aliados de los ingleses desde la Baja Edad Media.

                Por otra parte, el nuevo monarca debía abandonar todo nuevo establecimiento de plantaciones en las Indias occidentales, así como a la ocupación de islas o puntos de tierra firme. Lo conquistado a los españoles desde 1630, especialmente lo tomado por Cromwell, debía ser retornado, arrumbándose todo resquicio del gran Designio.

                También se exigió una cuestión especialmente delicada para la política interior de las islas Británicas, el de la tolerancia a los católicos, algo que despertaría la inquina años más tarde contra el hermano y sucesor de Carlos, Jacobo II. Con el máximo secreto, dada la naturaleza difícil de lo tratado, Carlos se comprometió a no perseguir a los católicos de sus reinos y a revocar las leyes contrarias a ellos. Debía, además, hacer buenos los acuerdos de la asamblea de Kilkenny del 17 de enero de 1648, del gobierno católico de la Irlanda contraria a Cromwell.

                Lo exigido a Carlos Estuardo era importante, reduciendo mucho su independencia como rey aceptable para gran parte de sus súbditos. El intento de desembarco no prosperó, y en marzo de 1657 se anudó la alianza anglo-francesa, que propinó a los españoles la derrota de Dunkerque. A la muerte de Cromwell en septiembre de 1658, el Protectorado se desmoronaría y Carlos lograría el trono, restaurándose por unas décadas la casa de los Estuardo. En septiembre de 1660 concertó formalmente la paz con su antiguo aliado español, pero ni dejó de apoyar a los portugueses (casándose en 1662 con Catalina de Braganza), ni devolvió nada de lo conquistado a los españoles, ni reconoció a los católicos. La situación había cambiado a su favor, y las promesas se convirtieron (como muchos otros tratos) en papel mojado.

                Fuentes.

                ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL.

                Estado, 2778, Parte 1ª, Expediente 12.

               

 

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