EL TRÁGICO DESTINO DE LA GRAN ARMADA ESPAÑOLA EN LAS DUNAS (1639). Por Víctor Manuel Galán Tendero.

06.11.2015 15:05

                En 1638 el conde-duque de Olivares proyectó golpear decisivamente a las Provincias Unidas, los correosos enemigos de la Monarquía hispánica en muchos puntos del mundo. Las tropas del cardenal infante avanzarían desde los Países Bajos meridionales hacia el Norte del Mosa-Rin y una fuerza anfibia atacaría a la par el litoral holandés.

                España, unida a Portugal, había realizado desde 1617 un importante programa de construcción naval para reforzar su atlántica Armada del Mar Océano. Se invirtieron 2.600.000 ducados y en 1638 los españoles disponían de veintitrés galeones anclados en Cádiz y de dieciocho en Gibraltar. De Cádiz a La Habana patrullaba la Armada de Barlovento para proteger las flotas del tesoro indiano, cuando las flotas de las Provincias Unidas se mostraban especialmente activa.

                   

                En Dunquerque se mejoraron las instalaciones y se ordenó la construcción de veinte galeones más. Desde este puerto los corsarios de la Monarquía hispánica atacaron con fuerza los barcos pesqueros de las Provincias Unidas en el mar del Norte. Allí las dársenas comenzaron a construir muchas lanchas de poco calado con capacidad para 150 mosqueteros y 12 cañones, capaces de transportar unos 20.000 soldados.

                En julio de 1639 Olivares movilizó la mayor concentración de poder naval español desde la Gran Armada, la fallida Invencible. Veinticuatro galeones salieron desde Cádiz al mando del almirante Antonio Oquendo para unirse en La Coruña a los sesenta y tres navíos del vicealmirante Lope de Hoces. Además, treinta buques de transporte albergaron 8.500 soldados.

                

                Esta armada de setenta y siete buques de guerra y cincuenta y cinco de transporte era inferior en número a la de 1588, pero más marinera, con tripulaciones mejor adiestradas, más piezas de artillería y galeones más veloces. El 6 de septiembre se lanzó hacia su objetivo, las Provincias Unidas.

                Conscientes del grave peligro, los holandeses sitiaron el estratégico Dunquerque al mando del veterano vicealmirante Maarten Tromp. Sus naves se aventuraron al Oeste del canal de la Mancha para interceptar a los españoles.

                A la altura de Selsey Bill se encontraron los adversarios. Los españoles avanzaron en buena formación hasta la desembocadura del Somme y dispararon sus cañones con acierto.

                El almirante Oquendo había rodeado a sus rivales, pero ordenó a sus capitanes fondear en las inglesas Dunas para evitar daños a las tropas de infantería que iban a participar en el desembarco de la costa holandesa. Su buque insignia Santiago había acusado el bombardeo neerlandés.

                La decisión distó de ser acertada. Los teóricamente neutrales ingleses no simpatizaban con los españoles y no los avituallaron con celeridad, lo que permitió a los neerlandeses concentrar una fuerza de más de cien buques, que también vigilaría los movimientos de la flota inglesa.

                El 21 de octubre la niebla favoreció el ataque en formación vertical ordenado por Tromp. La artillería de sus más pequeñas naves causó terribles impactos en los más grandes buques españoles. Oquendo no supo reaccionar y se dejó acorralar en sus posiciones de mando. Los brulotes o las naves incendiarias de los neerlandeses completaron el desastre.

                

                Una vez más los españoles encajaron una fuerte derrota en el Atlántico Norte por culpa de un mando timorato y de una estrategia que con dificultad combinaba la batalla naval con la operación anfibia. Esta vez, sin embargo, una agotada España acusó el golpe con mayor contundencia que en 1588.