EL RESISTENTE PEÑÓN DE ALHUCEMAS (1560-1716).

09.03.2019 16:13

                El destino político del Norte de África no ha sido nada indiferente a los gobernantes hispanos desde la Edad Media. Tras la toma de Sevilla, Fernando III se planteó su conquista. A la caída de Granada, se volvieron a hacer planes de expansión norteafricana, muy parcialmente cumplidos a principios del siglo XVI. Los españoles dominaron una serie de plazas costeras, con una existencia difícil, que tuvieron que enfrentar la hostilidad de los turcos otomanos y de sus aliados. En 1560 el sultán de Marruecos también se consideró amenazado por el imperio otomano y entregó a España el peñón de Alhucemas para fortalecer sus defensas.

                Tal islote estaba protegido por las aguas mediterráneas de un ataque directo. De todos modos, al estar separado por unos cincuenta metros de tierra firme, los españoles alzaron en 1564 un fuerte allí. Su dispositivo defensivo se completaba de esta manera.

                Al igual que otras plazas o presidios españoles en el África septentrional, el peñón de Alhucemas padeció problemas de abastecimiento y de guarnición, hasta tal extremo que en 1647 su gobernador Pedro Palacio de Guevara se quejó amargamente a las autoridades de Málaga de la carencia de suministros. La línea de defensa norteafricana de España se aseguraba desde la Península, donde por entonces se estaba sufriendo una intensa crisis a todos los niveles, la del poder imperial español.

                La situación en el peñón se agravó con el hacinamiento de condenados por cuestiones menores, que convirtieron el presidio más en un punto de reclusión que fortificado de defensa. Faltaban los alimentos y las autoridades decidieron expulsar en 1662 a numerosos presidiarios a territorio musulmán, donde más de uno se puso al servicio de nuevos señores. Reforzados con estas gentes, conocedoras de la situación española, los rifeños lanzaron en 1672 un ataque contra el fuerte de tierra firme, sin resultados prácticos.

                La situación parecía insostenible y los españoles reaccionaron, a despecho de sus compromisos militares en otros puntos. En 1673 la escuadra del marqués de Monte Sacro ocupó la cercana Alhucemas. Los defensores del peñón pudieron tener, en teoría, de la misma ración de alimentos que los soldados del tercio de aquella armada. En 1677 volvieron a darse las quejas de desabastecimiento.

                El combativo sultán marroquí Muley Ismail puso en aprietos el presidio. Enemigo de los otomanos, también lo fue de españoles e ingleses, que llegaron a dominar temporalmente Tánger. En 1680 lanzó 14.000 soldados al ataque del fuerte de tierra firme, al mando del alférez Alfonso de Lara, que resistió con entereza la acometida. En años sucesivos, se reiterarían los ataques. La plaza fue dotada entonces con un veedor, al modo de Melilla, para la gestión de sus recursos. Se prescindió de muchos de sus gastadores y se empleó a los presidiarios en las obras defensivas. En 1687 el marqués de Alconchel atacó la vecina fortificación de Axdir, protegida por las dunas.

                Bajo la comandancia de Antonio López Gallardo, la resistencia fue particularmente briosa. El comandante había sido cautivo del mismo sultán, que accedió a liberarlo por haber negociado en su nombre con Luis XIV, al que le llegó a solicitar una esposa de su familia. Los franceses se coaligaron con los marroquíes, pero los españoles aguantaron en el peñón.

                En 1702, en los inicios de la guerra de Sucesión Española, el hijo del sultán, Muley Zidane, tomó el fuerte de tierra firme a los españoles y lo demolió. Los marroquíes hostigaron entonces el peñón de distintas formas. El sultán movió sus fuerzas, pero incitó especialmente a los Beni Urriaguel a atacarlo con pequeñas naves. Se impidió a los españoles tomar tierra firme para abastecerse de madera, cal y otros elementos necesarios. No obstante, los defensores aguantaron la acometida y en 1716 tuvieron la energía suficiente para atacar las trincheras y líneas de asedio enemigas de tierra firme. Los españoles no ampliaron sus dominios norteafricanos según ciertos designios, pero se mantuvieron con solidez en muchos de los puntos logrados.   

                Bibliografía.

                Autores varios, Historia de Marruecos, Madrid, 1996.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

                                 

               

 

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