EL PODER ESTADOUNIDENSE, UN PELIGRO QUE MÉXICO HEREDÓ DE NUEVA ESPAÑA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

04.04.2021 11:56

                Durante la guerra contra Napoleón, la América española inició su lucha por la independencia, un proceso complejo como demostró lo sucedido en la extendida Nueva España. Sus territorios septentrionales, las llamadas Provincias Internas, se encontraban además expuestas a las ambiciones de su poderoso vecino, los nacientes Estados Unidos. El comandante del sector oeste, Alejo García Conde, expuso en 1818 ante las autoridades superiores españolas los riesgos frente a los estadounidenses. Nacido en Ceuta en 1751, era un veterano de las campañas de Argel y Gibraltar, antes de servir en América contra pueblos tan aguerridos como los apaches. Luchó desde las Provincias Internas contra los independentistas.

                Su análisis, informado, fue el de un ilustrado, atento a la observación geográfica y estadística de cuestiones que venían aconteciendo desde hacía tiempo. Demostró conocer bien la naturaleza de la sociedad y del gobierno de la joven República tras su última guerra con Gran Bretaña. El gobierno español debería de adoptar medidas para tranquilizar a aquellos países de la América del Norte, en estado de agitación, pues la actitud de las gentes del Oeste y Sur de Estados Unidos hacia Nuevo México y otros dominios españoles era preocupante.  

                García Conde describió unos estadounidenses llenos de energía y ambición. Por su pasado de guerra contra el imperio británico, del que se desgajaron, acogieron con gusto y orgullo a los inmigrantes mexicanos, y caracterizaron su causa como la de la emancipación, según su más querido pensamiento político. Este sentimiento popular coincidía con el del gobierno, atento a concordar con las gentes, aunque antes debían cicatrizarse las heridas de la última guerra con Gran Bretaña antes de iniciar otro conflicto. Las gacetas, la prensa, espolearon el afán de ganancia de comerciantes, fabricantes y otros hombres de negocios en tierras con buenos puertos y magníficas posibilidades como las dominadas por España.

                Políticamente, la oportunidad era propicia. Tras el abatimiento de los federalistas, ingleses de corazón en la pasada guerra con los británicos, los republicanos de Jefferson y otras figuras tenían la oportunidad de afirmarse como el partido dominante de la política estadounidense. Eran muy atentos con las demandas populares de expansión continental.

                No en balde, desde la recién adquirida Luisiana, el propio gobierno estadounidense asistía a los exiliados políticos de México, y animaba la misma expansión. El reconocimiento claro de las fronteras de  Luisiana impulsó expediciones como las de 1806, que se adentraron por el Colorado. Con el pretexto de haberse perdido, los expedicionarios averiguaban la situación del territorio, incluyendo las de los pueblos amerindios. Desde Jefferson, los estadounidenses establecían fuerzas en las fronteras, a diferencia del gobierno español, pero a distancia prudencial para no ser acusados de ambición, por el momento no al Oeste del Misisipi. Los que allí llegaban carecían de la disciplina social de la que gustaban las autoridades españolas.

                Los recursos a su disposición eran más que tentadores: salinas y la plantación de la cotizada caña de azúcar, añil, algodón, tabaco, maíz o patatas, productos muy gratos al Sur agrario de la joven República. Supo ver con claridad el comandante García Conde que el hambre de nuevas tierras de los Estados del Este serviría de señuelo para atraer a los aventureros de toda Europa, entonces en plena Restauración.

                Sus temores también alcanzaron a las delicadas relaciones con los pueblos amerindios, con los que el gobierno español observaba una conducta muy atenta a las dificultades. La marcha hacia el Oeste de los anglo-americanos desplazaba hacia allí a muchos de aquéllos, pues no se pretendía ninguna manera su filantrópica civilización. La crítica de la colonización estadounidense ya se encuentra bien presente en el informe de García Conde. Además, cambiaban con gentes tan bravas como los apaches caballos por armas de fuego, bridas y sillas de montar, lo que aumentaba su potencial militar. Sería un peligro, como es bien sabido, que en el futuro tendrían que enfrentar los mismos estadounidenses.

                Los tipos fronterizos del lado estadounidense eran hombres endurecidos, en tratos con los amerindios y afanosos cazadores de animales como el castor, bien capaces de emprender nuevas empresas. Se aprecia la admiración del comandante por ellos, casi como una nueva versión de los antiguos conquistadores. Previno ya en 1818 que uno de los puntos que codiciaban era Texas y que contemplaban México como los judíos la Tierra Prometida, avanzándose a ciertas formulaciones del Destino manifiesto de 1845.

                Semejante empuje sería la vanguardia de una fuerza que no haría sino crecer cada vez más, según se había observado en Kentucky. La población de Estados Unidos había aumentado de 1782 a 1812, y pronosticaba García Conde que en 1836 alcanzaría los veinte millones. Lo cierto es que entonces solamente rondó los diecisiete, pero su apreciación de fuerzas no se encontraba nada errado.

                Ante semejante oponente, tan bien descrito por el experto comandante, se propusieron remedios tan puntuales como insuficientes, como el despliegue de más establecimientos militares (los presidios) que se encargarían de yugular los movimientos de los aventureros y sus comunicaciones con los amerindios, algo que en el pasado no había fructificado en la medida de lo apetecido. Se dolió de la amabilidad de los gobiernos de Francia y España en el pasado en la concesión de tierras, sin los debidos títulos, lo que auspiciaba más de una desposesión de los anglo-americanos. No obstante, pensaba embridar a semejantes tigres con las supuestas virtudes patriarcales del católico gobierno español.

                Eran propuestas más propias del Despotismo Ilustrado de otros tiempos que de las que por entonces se requerían para vivificar un tambaleante poder español, más cercanas al liberalismo expansivo practicado por los Estados Unidos. En la España de 1818 Fernando VII gobernaba como rey absoluto, que condecoró a García Conde. Más tarde, cuando en España se repuso temporalmente la Constitución de 1812, secundó el Plan de Iguala desde Chihuahua en 1821. Falleció en 1826 como oficial del naciente México aquel militar español que describió con agudeza a unos Estados Unidos llamados a dominar la América Septentrional. México, la heredera del virreinato novohispano, lo sufrió amargamente en la guerra de 1846-48, perdiendo los territorios que un día comandara don Alejo.  

                Fuente.

                ARCHIVO GENERAL DE INDIAS.

                Estado, 32, N. 41.

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