EL FRUTO DE UN DIÁLOGO MEDITERRÁNEO, IBERIA. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

12.11.2021 16:03

 

                Que la civilización ibera no fue la creación de un pueblo llegado del África del Norte a la Península, es a día de hoy un hecho incuestionable. Los pueblos iberos experimentaron un largo proceso de siglos, en el que sostuvieron un animado diálogo con otras gentes del concurrido Mediterráneo del primer milenio antes de Jesucristo.

                La historiografía ya no considera a fenicios o griegos como un bloque granítico, sin fisuras, sino como navegantes, comerciantes y emprendedores llenos de matices, bien capaces de unirse a otros en diversas circunstancias. Tampoco contempla a los iberos como gentes pasivas, meras piezas de los colonizadores, sino como astutos negociantes que supieron sacar provecho de sus ventajas, especialmente su aristocracia de guerreros-mercaderes.

                “Los fenicios habitaron primitivamente estos lugares. Desde aquí de nuevo se extienden las arenas del litoral y está la costa que ciñen ampliamente tres islas. Aquí estuvo en otro tiempo el límite de los tartesios. Aquí fue la ciudad de Herna.” En tales términos se expresaba en el siglo IV de nuestra era el historiador Rufo Festo Avieno, que han servido para asociar tal ciudad con el yacimiento de La Fonteta o Las Dunas de Guardamar. Tal asentamiento data del siglo –VIII, y fue frecuentado por los fenicios. Aunque contaba con una muralla dotada de torres, de estilo oriental, acogió a gentes de las tierras del Bajo Segura, pues desde allí se establecieron intensos contactos con poblados como el de la Peña Negra de Crevillente.

                En este ambiente se fraguó la cultura ibera. Los fenicios también tocaron las tierras de la actual Marina alicantina, como se evidencia en los descubrimientos arqueológicos del Montgó y de la bahía de Jávea. Interesados en la estratégica Ibiza, tan valiosa para el control de las rutas de la navegación del Mediterráneo Occidental, encontrarían en aquella ribera peninsular trabajadores y terrazgos para abastecerse, un verdadero punto de apoyo. Su navegación de cabotaje adquiriría desde aquí gran relevancia en dirección septentrional.

                En el siglo VII antes de Jesucristo, los intercambios entre lugareños y fenicios resultaron intensos en el Alt de Benimaquia y Coll de Pous, descubriéndose en el primer punto tres lagares y ánforas de estilo fenicio. Una muralla con sus torres albergaba un núcleo de calles estrechas y alargadas.

                Lejos de reducirse a la franja litoral, los productos fenicios viajaron hasta el interior, concretamente hacia las áreas donde florecerían las ciudades iberas de Edeta, Kili/Gili o Kelin.

                La declinación del comercio fenicio en el –VI no truncó los intercambios de las gentes peninsulares con otros pueblos mediterráneos, pues los griegos irrumpieron entonces con fuerza. En el 600 antes de Jesucristo, los focenses fundaron Massalia, que impulsó sobremanera su comercio, como se ha podido constatar en el puerto de Arse/Sagunto.

                En La Picola de Santa Pola se estableció en el siglo –V un punto de comercio fortificado a la griega, que acogió a gentes locales, lo que ha llevado a proponerlo como una ventana al mar de la cercana ciudad de La Alcudia de Elche, vigilando la cercana Tabarca. Algunos la han querido identificar con Alonis.

                Las gallinas y los asnos de los llamados colonizadores arraigaron bien en territorio peninsular. La viticultura y la elaboración de cerámica a torno recibieron entonces un fuerte impulso.

                Sería entre los siglos VI y V antes de Jesucristo cuando se gestaría el sistema ibero antiguo, cuando la mayor aplicación del hierro a los útiles favorecería la producción agrícola, en combinación con la introducción de nuevos cultivos. Los excedentes se almacenarían en ánforas hechas a torno, con la vista puesta en el mercado. El empleo de hornos con una cámara de alimentación del combustible y otra de cocción resultaría igualmente importante.

                En consonancia, la sociedad se transformó, como es perceptible en sus creencias en el más allá. Las urnas de orejetas recogían las cenizas de los difuntos, incinerados con sus fíbulas, hebillas de cinturón, brazaletes o colgantes. En las tumbas masculinas se han encontrado puntas de lanza, falcatas, cuchillos afalcatados, escudos o grebas. Algunas sepulturas no se limitan a simples hoyos donde deponer la urna, sino que cuentan con pilares-estela y monumentos en forma de torre. En Altea la Vella se ha encontrado una estela grabada con un hombre con túnica, un cuchillo afalcatado y espada de antenas.

                También el cambio afectó a las concepciones del más acá, lógicamente. En Kelin se pasó de casas de una sola estancia (separadas de sus vecinas por vías estrechas) a otras adosadas con compartimentos internos. También se ha apreciado el mismo fenómeno en la Seña de Villar del Arzobispo, el Tos Pelat de Moncada o el Oral de San Fulgencio, ejemplos de la fuerte emergencia una sociedad clientelar, dirigida por aristocráticos guerreros preocupados por el comercio. El refinamiento creciente se aprecia en la aparición en el ajuar de platos llanos y morteros, indicativo de nuevos gustos culinarios y gastronómicos. Del taller de la Dama de Elche procederían otras piezas, como la Dama de Cabezo Lucero, ejemplo claro de la relevancia adquirida por algunas mujeres en la sociedad ibera.

                Aunque los iberos no parece que fueran gentes navegantes, por razones que no conocemos bien, tomaron parte activa en los intercambios mediterráneos. En la Illeta dels Banyets de El Campello emergió en el siglo –V un centro de comercialización de vino. Una carta escrita en jonio de fines del –VI, encontrada en Emporion, ya nos habla de un posible ibero llamado Basped o Baspedas, encargado de almacenar y transportar vino. Los iberos darían fe de las operaciones mercantiles de griegos y otras gentes en más de una ocasión. Se ha sugerido, además, que las planchas de plomo fueran cartas comerciales. En la Kelin de la época de las grandes ciudades, a partir del siglo –IV, se ha localizado una casa con setenta ánforas fragmentadas, dentro de unas noventa y ocho piezas, que podían almacenar 7.460 litros de vino, lo que bebería una familia de cinco personas en tres años. Parece ser la estancia de un comerciante.

                A su modo, Iberia fue el fruto maduro del verdadero diálogo entre pueblos del Mediterráneo anterior a las guerras púnicas.

                Para saber más.

                AA. VV., La Gran Historia de la COMUNITAT Valenciana. De nómadas a ciudadanos. Tomo I, Valencia, 2007.

                                    

               

 

 

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