EL FORJADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO. Por Víctor Manuel Galán Tendero.

01.12.2019 11:43

                La disolución del imperio carolingio no siempre desembocó en reinos frágiles, divididos entre facciones rivales, en Estados fallidos según expresión muy actual. En el territorio de la actual Alemania, en parte conquistado por las huestes de Carlomagno, floreció en el siglo X un importante poder, capaz de lidiar con importantes problemas. La monarquía de la Francia Oriental pasó de los carolingios a los sajones. El hijo de Enrique I, Otón I (936-73), consiguió grandes realizaciones. Comenzó como un monarca reconocido por los duques y terminó como emperador aceptado a regañadientes por Bizancio. Entronizado en Aquisgrán, se coronó emperador en Roma en el 962. Su personalidad fue arrolladora, pero sin una base campesina sólida de poder nada hubiera conseguido.

                Aunque los duques aceptaron servirlo, según se simbolizó en su banquete de coronación, se alzaron varias veces contra él. En el 938 Eberardo de Franconia, tras renunciar a la soberanía eclesiástica, se sumó a una rebelión fallida, que concluyó con la misma Franconia incorporada a la corona. Los duques sumaron sus fuerzas a las de los húngaros en el 953-4, sin conseguir sus objetivos.

                Como las desposesiones de los duques no atajaron el problema, se benefició adrede a la Iglesia para lograr una fuerza fiel. Obispos y abades se convirtieron en servidores del monarca tanto desde el punto de vista financiero como militar. Su celibato evitaba la formación de una aristocracia hereditaria.

                La consolidación de este cesarismo eclesiástico vino acompañado de la expansión hacia el Este, donde además de organizarse distintas marcas o territorios defensivos se erigieron varias sedes episcopales, como la de Praga en el 973, dependiente de Maguncia. En el 950 se sometió al duque Boleslao de Bohemia, verdadera cuña entre las distintas marcas. En la batalla de Lech del 955 se derrotó a los húngaros y a los eslavos en la de Recknitz del mismo año. Las fuerzas campesinas establecidas alrededor de fortalezas aportaron solidez al despliegue militar, bien servido por unidades de caballería.

                El despliegue de poder de la Germania de Otón I también se proyectó contra Italia. La llamada de Adelaida de Borgoña en el 951 condujo al matrimonio y a la proclamación de Otón I como rey de francos y lombardos. Sin embargo, el dominio de Italia no estaba asegurado e hicieron falta varias campañas más, como las del 961-5 y las del 966-72, en las que los príncipes lombardos del Sur italiano terminaron rindiéndole pleitesía. Los bizantinos todavía estaban presentes allí y se libraron combates en Calabria y Apulia, que concluyeron con el matrimonio entre el hijo de Otón, también del mismo nombre, y la princesa bizantina Teofano.

                A su muerte, Otón I legó un poderoso imperio, en el que la Iglesia fue convertida en su servidora, aunque a la larga se transformó en una tenaz enemiga. Por el momento, Germania apareció como una realidad sólida, muy lejos de las divisiones de la Baja Edad Media.

                Bibliografía.

                Helmut Beumann, Die Ottonen, Colonia, 2000.

            

 

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