EL CISMA DE OCCIDENTE Y DON PEDRO DE LUNA.

15.05.2019 16:57

               

                A la muerte del Papa Gregorio XI, se convocó en 1378 para escoger a su sucesor un cónclave en Roma, preterida por Aviñón. El italiano Urbano VI salió vencedor, pero nueve cardenales franceses, tres italianos y el aragonés Pedro de Luna denunciaron que habían sido coaccionados por el pueblo romano, deseoso del retorno de la Santa Sede a su ciudad. Se retiraron, pues, a Fondi y escogieron nuevo pontífice al francés Roberto de Ginebra, que se estableció en Aviñón. Comenzaba el Cisma de Occidente, llamado a durar treinta y nueve largos años y a crear severas inquietudes en la Cristiandad latina. Por Roma se decantaron en los comienzos Portugal, Inglaterra, la mayoría de los Estados de Italia, el Sacro Imperio, Dinamarca, Noruega, Suecia, Polonia y Hungría, y por Aviñón lo hicieron Escocia, Francia, Navarra y Castilla. Los motivos eran tan políticos como teológicos.

                Pedro el Ceremonioso de Aragón no tomó partido por ninguno de los dos Papas. Se quedó con la administración de las rentas de la Cámara Apostólica y muchas dignidades eclesiásticas quedaron vacantes. Nombrado por el Papa de Aviñón en 1380 arzobispo de Tarragona, Íñigo de Vallterra no pudo tomar posesión de su dignidad hasta 1387, ya fallecido el rey don Pedro.

                Sin embargo, a excepción del obispo de Urgel y del abad de Montserrat, la clerecía de la Corona de Aragón se inclinaba por el pontífice de Aviñón, al igual que los infantes Juan y Martín. Si en 1387 el nuevo rey Juan I lo reconoció, en 1394 fue designado Papa un pariente de la reina María de Luna, la esposa de Martín I, el citado don Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII.

                Don Pedro había sido partidario de resolver el problema por medio de la cesión; es decir, renunciar tras ser elegido. Sin embargo, al acceder al solio pontificio no siguió tal proceder y se enfrentó a Francia, Inglaterra y Castilla desde 1397. Se afanó en el apoyo de la Corona de Aragón y consiguió que Martín I el Humano lo visitara en Aviñón, con gran inquietud de la ciudad de Barcelona, que temía que Benedicto XIII buscara cobijarse en los dominios de don Martín. Lo cierto es que los cardenales le retiraron la obediencia en 1398 y fue asediado durante cuatro años en su palacio aviñonés. Martín I envió en su socorro una flota, que no logró remontar el Ródano.

                Como en 1403 los partidarios del pontífice de Roma no habían seguido el camino de la cesión finalmente, algunos pensaron en volver a reconocer a Benedicto XIII, que aprovechó la mejora de la situación internacional para huir de su cerco aviñonés vestido de cartujano. Sus fieles pensaban llevarlo a los dominios provenzales de Luis II de Anjou. Francia y Castilla le rindieron nuevamente obediencia.

                Entonces se mostró conciliador Benedicto XIII, que intentó entrevistarse con el Papa de Roma para llegar a una solución en 1405. De tal esfuerzo surgió un acercamiento de los dos colegios cardenalicios, que en 1409 fructificaría en el concilio de Pisa, promovido por cardenales contrarios a ambos pontífices. Su escogido Alejandro V tampoco gozó del éxito y agravó el problema.

                Entre 1408 y 1409, Benedicto XIII celebró un concilio en Perpiñán, en el que se expuso su renuncia si el de Roma seguía su proceder. Pasado aquél, se instaló en el Palacio Real de Barcelona. Consciente de la importancia del apoyo de los reinos hispánicos, intervino activamente durante el Compromiso de Caspe, decantándose por Fernando de Antequera como nuevo rey de Aragón.

                Sus cálculos fallaron cuando Fernando I se entrevistó con el emperador Segismundo en 1415. Se le retiró la obediencia y San Vicente Ferrer así lo proclamó. Abandonado por sus anteriores aliados y amigos, se refugió en Peñíscola y censuró al rey de Aragón en duros términos. En Barcelona se levantaron serias discordias entre sus partidarios y los de la decisión del monarca.

                El concilio de Constanza intentó convencerlo para que renunciara, pero al no lograrlo le retiró la obediencia y nombró en 1417 Papa a Martín V, que fue aceptado a regañadientes por las dignidades nombradas por Benedicto XIII.

                Abandonado por cortesanos y cardenales, murió don Pedro de Luna en sus trece en 1422, pero antes nombró cuatro nuevos cardenales para que escogieran a su sucesor. El canónigo valenciano Gil Sanchis Muñoz se convirtió en Clemente VIII, pero el concilio de Tortosa cortó sus alas en 1429. Fue el también valenciano Alfonso de Borja, el futuro Papa Calixto III, el que negoció la renuncia de Clemente VIII a cambio del obispado de Mallorca. El Cisma había concluido tras una larga serie de maniobras y negociaciones, aunque el fuerte espíritu del Papa Luna pasaría a la Historia.

                Bibliografía.

                Álvarez Palenzuela, Vicente Ángel, El Cisma de Occidente, Madrid, 1982.

                Moxó, Francisco de, El Papa Luna: un imposible empeño: estudio político-económico, Zaragoza, 1986.

                Víctor Manuel Galán Tendero.

            

 

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