DE AQUÍ A LA ETERNIDAD, EL MALESTAR NO TAN OCULTO DE ESTADOS UNIDOS.

02.10.2018 13:58

                Hay películas que forman parte de la historia de una generación. ¿Quién de una edad no recuerda la tórrida escena de Burt Lancaster y Deborah Kerr besándose en la orilla de la playa mientras la ola golpea sus abrazados cuerpos? En 1953 se estrenó De aquí a la eternidad, cuando todavía se podía apreciar y sufrir el impacto de la II Guerra Mundial, se acababa de salir de lo más cruento de la de Corea y se contenía la respiración ante la posibilidad de una III Guerra Mundial, que se anunciaba atómica. Estados Unidos por razones estratégicas pactó con la España de Franco, donde la moral del nacional-catolicismo no se mostraba precisamente indulgente con muchos de los puntos abordados por aquella película.

                Aquel cine adulto del Hollywood clásico, de efectiva y elegante puesta en escena, planteó cuestiones ciertamente peliagudas para su encorsetado tiempo, bajo el imperativo del restrictivo qué dirán de la respetabilidad. De aquí a la eternidad apunta contra tal hipocresía: no la de una timorata comunidad victoriana de Inglaterra, sino la de una unidad militar estadounidense en el Hawaii poco antes del ataque japonés del 7 de diciembre de 1941. Los varones son tipos duros acostumbrados a la vida del cuartel, y las féminas saben cómo tratarlos. Algunas son chicas de alterne que deben de tratar con deferencia los sábados por la noche a tipos pendencieros dados al alcohol.

                Tal cuartel, tal isla en medio del Pacífico, es un verdadero microcosmos de la sociedad estadounidense, sin atisbo de idealización. Los japoneses están a punto de caer sobre una Babilonia, dirían en una primera lectura los puritanos.

                El honor y la fidelidad no se prodigan. Se reducen a la terca actitud de unos inadaptados, que se niegan a comulgar con ruedas de molino, como el Montgomery Clift que no quiere boxear una vez más para dar gusto al capitán de su unidad, por mucho que le prometan comodidades y lo amenacen con hacerle la vida imposible. Todo un héroe. En el ejército de los democráticos Estados Unidos se abusa de la autoridad, sometiendo a castigo al que se niega a obedecer un capricho. Muchos se encogen de hombros y acusan de estupidez al que se resiste. La adaptación pasa por la sumisión, sin más. Pocos se acercan al apestado. En las prisiones militares, tipos patibularios no administran justicia. Gozan con la venganza.

                La vida matrimonial y las relaciones de pareja no presentan un estado de salud más halagüeño. Aparecen marcadas por la necesidad de la maternidad, la infidelidad y el deseo de aparentar respetabilidad. El divorcio, por muy legal que sea, es considerado un fracaso capaz de minar la carrera profesional de quienes tratan de aparentar. En la infidelidad y en las citas ocasionales de fin de semana se encuentra lo más cercano al amor, como la explosión de afecto en la noche de playa.

                A comienzos de los cincuenta se hizo balance en los Estados Unidos de lo acontecido. Sus gentes habían emprendido una dura guerra por valores de libertad, en teoría, pero la realidad era otra para los soldados que retornaban del frente y las mujeres que se habían incorporado a las tareas industriales. Basada en la novela de James Jones (veterano de guerra que sabía crear personajes singulares), la película captaba la desazón de muchos, por mucho que el triunfalismo oficial y la potencia económica trataran de ocultarlo. Estados Unidos había superado la Gran Depresión y se había erigido en la mayor potencia del momento junto con la Unión Soviética, que había encajado durante la II Guerra Mundial grandes destrucciones. Algunos panegiristas la contemplaron como la nueva Roma, donde el pan y circo funcionaba con mayor efectividad que en tiempos de los Césares. Las familias bien provistas de los nuevos electrodomésticos se aprestaban a rendir culto a sus héroes de guerra, y los días felices de la Gran Barbacoa podían dar comienzo.

                ¿Un mundo feliz? Los paraísos del hombre son artificiales, se acostumbra a decir con bastante razón, pues los estadounidenses no se encontraban amenazados por codiciosos alienígenas de los de las películas de serie B, sino por sus propios defectos. De aquí a la eternidad anuncia algo que se hará visible en los sesenta, el hartazgo contra una vida impostada.

                ¿Surge la rabia de la Contracultura estadounidense de este poso de amargura? Las luchas por los derechos civiles y el malestar por la guerra de Vietnam ayudaron a que aflorara poderosamente, pero venía de atrás. El siglo XX presenció un cambio social sin precedentes, el de la aparición de las masas compuestas por personas corrientes, que reclamaban su lugar bajo el sol. Su promesa de liberación había estado acompañada de fuertes opresiones, terrible paradoja. Estados Unidos, ufanos de su liberalismo, no habían experimentado la terrible experiencia del totalitarismo, por muchos poderes que fuera acumulando el nuevo Estado industrial. La coacción de la caza de brujas anticomunista y la pervivencia de varias lacras sociales favorecieron una sociedad hipócrita, poco de fiar, como los oficiales para el honrado sargento interpretado por Burt Lancaster. Tal estado de cosas chocaba con su idealismo originado durante su guerra de independencia. La cuestión tiene, pues, hondas raíces.

                ¿Qué camino seguir? Según De aquí a la eternidad los buenos deseos de cambiar no se materializan, y aparecen con nitidez las vías del amor y del compromiso. La primera no solo se manifiesta hacia otra persona, sino también hacia una idea. El soldado interpretado por Clift muere por honrar a su deber, por ser fiel a sí mismo, igual que el de su amigo Sinatra. La honestidad es la patria de los valientes, la roca contra la que se estrellan todos los enemigos. Los japoneses sacarán a relucir tal verdad, pero también la mentira de la respetabilidad, la del compromiso con la hipocresía. Al final, la mujer interpretada por Donna Reed se enorgullece en su partida de su prometido caído en combate, un joven piloto procedente de un bondadoso hogar del Sur. Es la reconstrucción del rebelde Clift para consumo de los honorables que se empeñan en mantener la farsa. La eternidad se muestra difícil entre la fidelidad hacia uno mismo o hacia la comunidad, pero tan apasionante como esta soberbia película que nos continúa gustando tanto como cuando éramos jóvenes.

                Antonio Parra García.

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