2017, ANTE NOSOTROS MISMOS. Por Antonio Parra García.

31.12.2017 10:57

                

                Cuando llegamos a San Silvestre, el último día del año, nos inclinamos a hacer balance de lo acontecido en los trescientos sesenta y cinco días transcurridos. A veces, demasiadas, la selección de los hechos que nos permiten calificar de positivo o de negativo un año depende más de nuestro criterio que de factores más objetivos. Algunos comentaristas del mundo anglosajón llegaron a considerar el pasado 2016 el peor año de la Historia, algo en verdad pintoresco si tenemos en cuenta que 1348 no fue precisamente muy halagüeño. Dejando aparte estos juegos ingenuos, aparentemente, el 2017 ha sido para España el del otoño catalán, con no escasos vaivenes. El tema viene de lejos y promete deparar nuevas noticias en el año entrante, como si del juego de la oca se tratara.

                Más allá de ello, la guerra civil en Siria ha sumado un año más. Ciudades como Alepo han sufrido un verdadero martirio. Los rusos, con la aquiescencia iraní, van imponiendo sus puntos de vista. A este respecto, los Estados Unidos no han opuesto resistencia a ello. El entendimiento entre Trump y Putin se ha mantenido, a pesar de los obuses. La presidencia estadounidense ha conseguido mantener unas relaciones fluidas con China, en contra de las sonoras declaraciones electorales, y ha encarado con firmeza la amenaza nuclear de Corea del Norte. La decisión de trasladar la sede de la embajada estadounidense a Jerusalén anuncia nuevas incertidumbres.

                El retroceso del Estado Islámico en el Próximo Oriente no ha evitado que el terrorismo prosiga golpeando con brutalidad Europa, desde Londres a Barcelona. La Unión Europea ha tenido un año comprometido. El triunfo de Macron en Francia ha sido un alivio para la causa europeísta, con las negociaciones del Brexit en curso. Frente a Estados Unidos, Rusia y China, la UE no termina de consolidarse como una de las grandes potencias mundiales.

                En Iberoamérica la situación de Venezuela no ha dejado de deparar titulares, con una violencia política notable. El caudillismo es endémico en esta región del mundo desde hace mucho tiempo, y no parece que el nuevo año traiga novedades al respecto. Tampoco parece que la situación vaya a mejorar en las aguas mediterráneas, marcadas por los dramas de aquellos que tratan de escapar de países desolados.

                Sobre toda la Humanidad se cierne la amenaza del calentamiento global. El 2017 ha sido un año cálido, batiéndose algunas marcas de temperatura. En la península Ibérica los incendios se ensañaron con Portugal, Galicia, etc. La sequía también ha sido particularmente intensa. En la opinión pública cala el mensaje de la necesidad de modificar hábitos de vida si queremos conservar el planeta, aunque a veces todo se quede en buenas intenciones.

                El 2017 deja no poco para la Historia, otro año más en el que se ha hecho presente la importancia de los medios de comunicación digitales, susceptibles de sufrir severos ataques, de manipular la realidad, y de transmitir noticias y opiniones. En el año 0 César Augusto carecía de una información directa e inmediata de gran parte de los dominios romanos. Las noticias que le pudieran llegar del Extremo Oriente serían como poco excepcionales, y por supuesto nada sabría de lo sucedido en el África Subsahariana, América u Oceanía. Por supuesto, la inmensa mayoría de sus gobernados dispondría de mucha menos información. El horizonte vital de aquellas gentes fue reducido, a despecho del auge del comercio y del tendido de las calzadas. No obstante, la Humanidad se ha empeñado en derribar los muros de tales horizontes y hoy podemos considerarnos habitantes de una aldea global. HISTORIARUM, habitante de la misma, les desea un feliz 2018, que también será apasionante para todo el mundo, cuando (según cantaba Labordeta) el futuro venga con nosotros a tomar café.  

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